Novela+18
La graduación debía ser el inicio de una nueva etapa.
Para despedirse antes de tomar caminos distintos, Rei y sus amigos viajan a una cabaña aislada en medio de un bosque. Pero una violenta tormenta de nieve los deja atrapados, incomunicados y lejos de cualquier ayuda.
Rei, un joven que ha aprendido a vivir con la ceguera de su ojo derecho, pronto comienza a notar que algo no encaja en aquel lugar.
Extraños sucesos se acumulan, la tensión crece y la desconfianza empieza a dividir al grupo.
El miedo se apodera de la cabaña.
Y lo que comenzó como un viaje entre amigos pronto se transformará en una pesadilla de la que tal vez no todos regresen con vida.
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CAPÍTULO 3 — EL DESCONOCIDO
Aquellos ojos oscuros parecían examinarlo como si fuera algo delicioso.
—Qué lindo Omeguita.
La sonrisa que apareció en su rostro fue perturbadora.
No había calidez en ella.
Ni amabilidad.
Solo algo extraño.
Algo que provocó un escalofrío en todos los presentes.
Haru reaccionó de inmediato.
—¡Oye! ¡Aléjate de él!
El ambiente se volvió tenso.
Muy tenso.
Sin embargo, el hombre ni siquiera pareció alterarse.
Simplemente soltó a Rei y observó al grupo.
—Mocosos.
—Bajen las herramientas para cambiar el neumático y luego lárguense de aquí.
—Esta propiedad pertenece a mi familia —dijo Yoru con frialdad.
El hombre caminó hacia la rueda dañada.
—Entonces deberían conocer mejor sus propios bosques.
Su tono era tan gélido que incluso Akira prefirió guardar silencio.
Luego añadió sin volver la vista atrás:
—Y si no me traen las cosas ahora mismo, los dejaré aquí esperando a que oscurezca.
El viento volvió a recorrer el bosque, haciendo crujir las ramas de los árboles que rodeaban el camino.
Durante unos instantes nadie dijo nada.
La presencia de aquel hombre imponía una tensión difícil de explicar. Había algo en él que resultaba inquietante. No era únicamente su aspecto descuidado ni las manchas rojizas que parecían salpicar parte de su rostro. Era su mirada.
Una mirada demasiado fija.
Demasiado intensa.
Como si estuviera observando algo más allá de ellos.
Fue Aoi quien rompió finalmente el silencio.
—Chicos... denle las cosas al hombre.
Su voz sonó más nerviosa de lo que habría querido admitir.
El desconocido giró lentamente la cabeza hacia ella.
Sus ojos se detuvieron sobre la joven.
Una sonrisa apareció bajo su barba.
—Qué hermosa señorita.
Aoi sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Instintivamente se encogió un poco en su asiento.
No había nada amable en aquella sonrisa.
Nada que inspirara confianza.
Akira frunció el ceño inmediatamente.
—Oye...
La molestia era evidente en su voz.
Pero antes de que pudiera decir algo más, Haru abrió la batea de la camioneta y tomó las herramientas necesarias.
Lo único que quería era que aquel sujeto terminara su trabajo y se marchara cuanto antes.
Sin discutir, se las entregó.
El hombre las recibió y se dirigió hacia el neumático averiado.
Entonces comenzó a trabajar.
Y lo hizo con una rapidez sorprendente.
Sus movimientos eran precisos.
Prácticamente profesionales.
Como si hubiera realizado aquella tarea cientos de veces.
Mientras aflojaba los tornillos soltó una breve carcajada.
—Me llamo Eduardo.
Nadie respondió.
—Y no me digan señor. Me hacen sentir viejo.
Su tono era relajado.
Pero algo en él seguía resultando desagradable.
Rei observó cómo levantaba la camioneta con el gato hidráulico.
Aquel hombre era increíblemente fuerte.
Ni siquiera parecía esforzarse.
Mientras colocaba la llanta de repuesto, Eduardo volvió a levantar la mirada.
Primero observó a Aoi.
Luego a Rei.
Sus ojos se detuvieron unos segundos más de lo necesario.
Y entonces preguntó:
—Por cierto, chicos... ¿vienen a hacer una orgía aquí o qué los trae por estos lados?
El silencio fue absoluto.
Durante un segundo nadie pareció procesar lo que acababan de escuchar.
—¿Qué? —exclamó Akira.
—¡¿Perdón?! —añadió Haru.
Aoi se puso completamente roja.
Incluso Yoru apartó la vista del neumático para observar con desagrado al hombre.
Rei sintió que le ardían las mejillas.
Aun así conservó la compostura.
—Señor Eduardo, por favor le pido respeto.
Eduardo arqueó una ceja.
—¿Eh?
—Acabamos de salir de la universidad. Solo venimos a pasar unos días juntos como amigos.
El hombre permaneció observándolo unos segundos.
Después soltó una pequeña carcajada.
—Ohh...
No añadió nada más.
Simplemente continuó trabajando.
Sin embargo, Rei tuvo la desagradable sensación de que aquella mirada seguía clavada en él de vez en cuando.
El sonido metálico de las herramientas resonó entre los árboles.
La luz del día continuó apagándose lentamente.
Y el bosque parecía volverse cada vez más oscuro.
Finalmente, Eduardo dio un último ajuste al neumático y se puso de pie.
Se limpió las manos contra sus pantalones.
—Listo, chicos.
Yoru se acercó inmediatamente.
Sacó una chequera del bolsillo interior de su abrigo y escribió una cifra considerable.
La cantidad habría sido suficiente para que cualquier persona aceptara sin pensarlo dos veces.
—No se preocupe por la paga. Le daré una compensación adecuada.
Eduardo observó el cheque.
Luego soltó una carcajada grave.
—Niños pendejos.
Yoru frunció el ceño.
Eduardo no tomó el cheque.
Ni siquiera intentó acercarse a él.
Simplemente dio media vuelta.
—Guarden su dinero.
Entonces abrió la puerta de su camioneta.
Antes de entrar, volvió a mirar al grupo.
La sonrisa burlona había desaparecido.
Por primera vez desde que había llegado parecía completamente serio.
Sus ojos recorrieron lentamente el bosque que los rodeaba.
Y luego regresaron a ellos.
—Será mejor que no salgan por la noche.
Nadie habló.
La advertencia cayó sobre el grupo como una piedra.
Incluso el viento pareció detenerse durante un instante.
—¿Por qué? —preguntó Akira.
Eduardo sonrió.
Una sonrisa oscura.
Difícil de interpretar.
—Porque hay cosas en este bosque que no les gustará encontrar.
Nadie supo si estaba bromeando.
O si hablaba completamente en serio.
El hombre subió a su camioneta.
Encendió el motor.
Después puso reversa lentamente y comenzó a alejarse por el mismo camino por el que había aparecido.
Hasta que las luces desaparecieron entre los árboles.
Durante varios segundos nadie dijo nada.
Fue Haru quien finalmente rompió el silencio.
—Qué tipo tan raro.
—Subamos las herramientas —dijo Rei mirando el cielo cada vez más oscuro—. Pronto va a anochecer.
Los demás asintieron.
Poco a poco comenzaron a guardar todo nuevamente en la camioneta.
Sin embargo, Yoru permaneció inmóvil.
Sus ojos seguían fijos en el camino vacío.
Algo no encajaba.
Algo relacionado con aquel hombre le producía una profunda desconfianza.
Y mientras observaba el lugar por donde Eduardo había desaparecido, tomó una decisión silenciosa.
Cuando regresaran a la ciudad, investigaría quién era realmente ese sujeto.
Porque estaba seguro de una cosa.
Aquel encuentro no había sido normal.
......................
La camioneta volvió a ponerse en marcha.
El neumático nuevo avanzaba sin problemas sobre el camino de tierra mientras las últimas luces del atardecer desaparecían lentamente detrás de las montañas.
Nadie hablaba demasiado.
La aparición de Eduardo había dejado una extraña sensación en el ambiente.
No era miedo exactamente.
Pero tampoco tranquilidad.
Era una incomodidad silenciosa que ninguno parecía dispuesto a mencionar.