Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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Capítulo 3: Un novio peligrosamente posesivo
La cena había sido perfecta. Los sabores se mezclaban en su paladar mientras Dylan se recostaba contra el asiento del acompañante, una sonrisa de satisfacción dibujada en su rostro. Se estiró como un gato después de una larga siesta, sintiendo cada músculo protestar y relajarse al mismo tiempo.
—Dios, estoy lleno. Creo que no voy a poder ni moverme mañana —dijo Dylan, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—Todo un gato glotón—respondió Nathan, sacando la billetera para pagar la cuenta.
—Tú no tienes que mantener la figura para la cámara, señor Liu. Yo sí.
Nathan levantó una ceja, una sonrisa burlona asomando en sus labios.
—Tu figura está perfecta. Créeme.
Dylan sintió el calor subir a sus mejillas, maldiciendo internamente por cómo ese hombre lograba desarmarlo con una simple frase. Se giró hacia la ventana para ocultar el sonrojo, fingiendo interés en el paisaje nocturno.
—Vámonos —murmuró—. Mañana tengo una gala antes de la competencia y necesito dormir bien.
—¿La gala de los patrocinadores? —preguntó Nathan, levantándose de la mesa.
—Esa misma. No veo la hora.
—Iré contigo.
Dylan se giró, sorprendido.
—¿En serio? Pensé que tenías reuniones.
—Las cancelare. O las pospondre. —Nathan se encogió de hombros con naturalidad mientras caminaban hacia la salida—. No voy a dejar que mi gatito asista solo a un evento lleno de tiburones disfrazados de ejecutivos.
—Qué caballeroso —bromeó Dylan, aunque por dentro el gesto le calentaba el pecho.
Salieron del restaurante, caminando por el sendero iluminado por faroles hasta llegar al estacionamiento. Dylan se subió al auto sin pensarlo dos veces, acomodándose en el asiento de cuero mientras buscaba el cinturón de seguridad. El sueño ya comenzaba a pesar sobre sus párpados.
Nathan rodeó el auto, pero justo antes de abrir la puerta del conductor, algo llamó su atención.
Una silueta.
Al final de la calle, casi oculta entre las sombras que proyectaban los árboles, había una figura. Una persona. No podía distinguir su rostro, no con la poca luz, pero podía sentir su mirada fija en ellos. O más precisamente, fija en el auto. En Dylan.
Nathan frunció el ceño, su mandíbula apretándose instintivamente. Dio un paso hacia adelante, como si fuera a encarar a la figura, pero en ese momento escuchó la voz de Dylan desde el interior del auto.
—¿Nathan? ¿Pasa algo?
Nathan se detuvo. Parpadeó. Volvió a mirar hacia el final de la calle.
Ya no había nadie.
La silueta había desaparecido tan silenciosamente como había aparecido. Como si nunca hubiera estado allí.
—...No —respondió finalmente, su voz más baja de lo habitual—. No pasa nada.
Se subió al auto, cerrando la puerta con un golpe seco. Sus manos encontraron el volante, pero su mirada se desvió hacia el espejo retrovisor, escudriñando la oscuridad detrás de ellos.
—¿Seguro? —insistió Dylan, notando la tensión en los hombros de Nathan—. Pusiste cara de que habías visto un fantasma.
—Solo imaginé cosas —respondió Nathan, encendiendo el motor—. Cansancio.
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.
Mientras el auto avanzaba por las calles de España, Nathan no podía sacudirse la sensación de que alguien los había estado observando.
El camino hacia el departamento transcurrió en un silencio parcial, roto solo por el sonido del motor y la música suave de la radio. Dylan, ajeno a los pensamientos de Nathan, pronto cayó en un sueño ligero, su cabeza inclinándose hacia un lado mientras respiraba profundamente.
Nathan lo miró de reojo, y por un momento, la tensión en su pecho se disipó. Verlo dormir tranquilo, seguro, a su lado, era suficiente para recordarle por qué hacía todo lo que hacía.
Llegaron al departamento, un ático de lujo en el corazón de la ciudad, con vistas panorámicas que durante el día eran impresionantes. Nathan estacionó el auto y rodeó hasta el lado del acompañante, abriendo la puerta con cuidado.
—Dylan, llegamos.
Dylan murmuró algo ininteligible, parpadeando lentamente mientras se desperezaba.
—¿Ya? —preguntó con voz ronca por el sueño.
—Ya.
—Bien... —Dylan se estiró una vez más antes de salir del auto, tambaleándose ligeramente—. Necesito una cama.
—La tienes esperándote.
___
Las puertas del ascensor se cerraron detrás de ellos, y el departamento los recibió con su amplitud silenciosa. Luces tenues se encendieron automáticamente al detectar su presencia, bañando el espacio en una luz cálida y acogedora. Dylan no perdió tiempo. Se dirigió directamente hacia la habitación principal, arrastrando los pies con cansancio, y se dejó caer sobre la cama tamaño king con un suspiro de satisfacción.
—Me voy a dormir —anunció, aunque el bostezo que le siguió lo decía todo.
Se dejó caer sobre la cama, hundiéndose en el colchón de plumas con un suspiro de satisfacción. Los ojos se le cerraban solos, el cuerpo pidiendo a gritos el descanso merecido.
Nathan lo observó desde la entrada de la habitación, una sonrisa sutil curvando sus labios. Se quitó el saco del traje con movimientos lentos, deliberados, dejándolo caer sobre una silla cercana. Luego comenzó a desabrochar los botones de su camisa, uno por uno, revelando lentamente la piel morena de su pecho.
Se acercó a la cama con pasos silenciosos, como un depredador acercándose a su presa. Se subió sobre Dylan, apoyando una rodilla a cada lado de su cadera, colocando su peso sobre él.
—¿Qué haces...? —murmuró Dylan, entre sueños.
—Nada —respondió Nathan, inclinándose para rozar sus labios contra el lóbulo de la oreja de Dylan—. Solo disfruto de la vista.
Dylan abrió un ojo, y al ver la expresión lasciva de Nathan, su instinto de supervivencia se activó de inmediato.
—Oh no. Ni lo pienses.
En un movimiento rápido, Dylan rodó hacia un lado, escurriéndose debajo de Nathan como una anguila, y corrió hacia el baño. Cerró la puerta de un golpe, pero antes de que pudiera girar el seguro, una mano fuerte se interpuso.
Nathan sonrió desde el otro lado, empujando la puerta lentamente.
—¿Creías que iba a dejar que te escaparas tan fácil, gatito?
—¡Necesito dormir! ¡Mañana tengo la gala!
—La gala es en la noche. Tienes todo el día para dormir.
—¡Nathan!
Pero ya era demasiado tarde. Nathan había cruzado el umbral del baño, y el espacio reducido se llenó con su presencia imponente. Dylan retrocedió hasta toparse con el lavamanos, atrapado.
—Vamos —dijo Nathan, su voz un ronroneo profundo—. Una ducha rápida. Los dos. Para ahorrar agua.
—Eres un mentiroso —acusó Dylan, aunque la sonrisa que se formaba en sus labios lo traicionaba.
—Nunca dije que fuera honesto.
El vapor comenzó a llenar el baño cuando Nathan abrió la llave de la ducha, ajustando la temperatura. El agua golpeó el azulejo con un sonido rítmico, creando una atmósfera cálida y húmeda que envolvía ambos cuerpos.
Nathan se quitó la camisa por completo, dejando al descubierto su torso tonificado, las líneas marcadas de sus abdominales, la V que desaparecía bajo el cinturón. Dylan tragó saliva, sintiendo cómo su propia resistencia se desmoronaba.
—Nathan...
—¿Mm?
—Vas a hacer que me duerma en la ducha.
—Eso espero. Pero antes...
Empujó la puerta, abriéndola por completo, y sus ojos se encontraron. El ambiente cambió en un instante. Las bromas, las risas, todo se desvaneció, dejando solo esa electricidad que siempre existía entre ellos cuando estaban a solas.
Nathan entró al baño, cerrando la puerta detrás de sí con un clic final. El sonido del pestillo al encajarse resonó en el espacio reducido.
—No voy a dejarte escapar esta noche —dijo Nathan, su voz baja, ronca, cargada de intención.
Dylan tragó saliva, sintiendo el pulso acelerarse en su garganta.
—¿Y quién dice que quiero escapar?
Esa fue la única confirmación que Nathan necesitó.
morí olvidada reviví intocable 🤭