Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
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Decisión de sangre
La rabia no se va.
No se disuelve.
No se enfría.
Se queda ahí, clavada en el pecho como una espina que no puedes arrancar sin desgarrarte más.
Mis pasos resuenan por el pasillo mientras avanzo directo al estudio de mi padre. No toco la puerta.
Nunca lo hago.
La abro de golpe.
Los hombres dentro se giran de inmediato. Tres. Todos armados. Todos en medio de una conversación que claramente no estaba destinada a mí.
No me importa.
-Fuera.
No levanto la voz.
No hace falta.
Uno duda.
Error.
Clavo mis ojos en él.
-¿Tengo que repetirlo?
El silencio se vuelve denso.
Mi padre, desde su asiento, no dice nada. Solo observa.
Y eso es suficiente.
Los hombres salen uno a uno, sin discutir, sin mirar atrás. Cuando la puerta se cierra, el aire cambia.
Más pesado.
Más real.
Avanzo unos pasos, sin quitarle la mirada a mi padre.
Él está sentado como siempre: impecable, controlado, como si nada en este mundo pudiera desestabilizarlo.
Pero yo no soy "nada".
Soy su hija.
Y en este momento...
Soy un problema.
-Huyó.
No es una pregunta.
Es una sentencia.
Él asiente levemente.
Eso es todo.
Eso es lo único que tiene que decir.
Mi risa sale sola. Seca. Vacía.
-¿Eso es todo? -mi voz se tensa-. ¿Eso es lo único que tienes que decir?
Él entrelaza los dedos sobre el escritorio.
-Estoy evaluando las consecuencias.
-¿Consecuencias? -repito, avanzando un paso más-. ¡Me dejó plantada frente a todas las familias! ¡Frente a nuestros aliados! ¡Frente a nuestros enemigos!
Mi voz se eleva. No puedo evitarlo.
-¡Nos escupió en la cara!
Silencio.
Mi pecho sube y baja con fuerza.
-Lo quiero muerto.
Las palabras salen claras. Frías. Decididas.
No es una amenaza.
Es una orden.
Mi padre no reacciona de inmediato. Solo me observa, como si estuviera midiendo cada fragmento de mi rabia.
-No es tan sencillo.
Aprieto la mandíbula.
-Claro que lo es.
-No -su voz se mantiene firme-. Si lo tocamos, rompemos el acuerdo con su familia. Y eso no es solo un insulto, Rachell... es una declaración de guerra.
Doy un paso más hacia el escritorio.
-¿Guerra?
Inclino ligeramente la cabeza.
-Él ya la declaró cuando huyó.
El silencio que sigue es pesado.
Denso.
Peligroso.
-Nos debilitó -continúo, más baja, más controlada-. Nos expuso. Y tú estás pensando en "consecuencias".
Mi padre entrecierra los ojos.
-Estoy pensando en el panorama completo.
-Yo también -respondo sin dudar-. Y en mi panorama... ese hombre está muerto.
Nuestros ojos se sostienen.
Choque.
Poder contra poder.
Sangre contra sangre.
-Te dejas llevar por la emoción -dice finalmente.
Sonrío.
Pero no hay humor en ello.
-Y tú te estás quedando corto.
Un segundo.
Dos.
Luego, él se reclina ligeramente en su asiento.
Y cambia el rumbo de la conversación.
-Habrá otra boda.
Parpadeo.
No por sorpresa.
Por incredulidad.
-¿Qué?
-Pronto -continúa, como si estuviera hablando de negocios menores-. Muy pronto.
Lo observo fijamente.
-¿Hablas en serio?
-Nunca hablo en broma.
El aire se vuelve más frío.
-¿Con quién?
Mi padre gira ligeramente la tablet sobre el escritorio, pero no me la entrega aún.
-Tenemos múltiples opciones -dice con calma-. Más de las que crees. Lo de hoy no nos debilitó... nos hizo visibles.
Frunzo el ceño.
-Explícate.
-Muchas familias quieren alinearse con nosotros -continúa-. Lo que ocurrió hoy dejó claro que estamos dispuestos a actuar rápido. Eso atrae... o intimida.
Cruzo los brazos.
-El anterior acuerdo era con Europa.
-Correcto.
-Entonces ahora... ¿qué? ¿África? ¿Medio Oriente?
Mi padre niega levemente.
-América.
El silencio cae.
-¿América?
-Toda.
Eso me hace detenerme.
-¿Quién?
Finalmente, desliza la tablet hacia mí.
-Un hombre que ha estado creciendo en las sombras durante años. Inteligente. Discreto. Letal.
La tomo.
La pantalla se ilumina bajo mis dedos.
Un nombre.
Una imagen.
Mis ojos recorren cada detalle: postura, expresión, mirada.
Fría.
Calculadora.
Peligrosa.
No dice mucho.
Pero dice suficiente.
-Su padre -continúa el mío-... siempre fue un obstáculo. Intenté hacer negocios con él en el pasado.
Levanto la mirada.
-¿Y?
-Me ignoró.
Eso ya dice bastante.
-Pero el hijo... -mi padre se inclina ligeramente hacia adelante- no es igual.
Vuelvo a mirar la pantalla.
-Está más fuerte ahora -añade-. Más ambicioso. Y esta situación... -hace un pequeño gesto con la mano- es la excusa perfecta para unir fuerzas.
Analizo la información en silencio.
No hay emoción.
No hay duda.
Solo lógica.
Un nuevo acuerdo.
Un nuevo aliado.
Un nuevo riesgo.
-¿Nombre? -pregunto, aunque ya lo estoy viendo.
-Damien Bloodworth.
El nombre pesa.
Se siente.
Lo memorizo sin esfuerzo.
-¿Y él acepta?
-Ya mostró interés.
Eso me arranca una leve sonrisa.
-Rápido.
-Como nosotros.
Silencio.
Vuelvo a mirar la pantalla una última vez.
Luego, sin decir nada más, dejo la tablet sobre el escritorio.
No hago preguntas.
No protesto.
No me niego.
Porque esto no es una elección.
Nunca lo ha sido.
-Organiza la boda -digo finalmente, con la misma calma con la que decidiría una ejecución.
Mi padre asiente.
-Sabía que entenderías.
Me giro.
Camino hacia la puerta.
Pero antes de salir, me detengo un segundo.
Sin mirarlo.
-Esta vez... no habrá errores.
-No los habrá -responde él con seguridad.
Abro la puerta.
Y salgo.
El pasillo vuelve a recibirme, pero ya no soy la misma que entró.
La rabia sigue ahí.
Pero ahora tiene dirección.
Un nuevo nombre.
Un nuevo rostro.
Un nuevo destino.
Damien Bloodworth.
No sé quién eres.
No sé qué quieres.
Pero hay algo que sí sé con certeza absoluta.
Esta vez...
Nadie va a huir.