En las heladas tierras de Rusia nació un hombre destinado a conocer el verdadero significado del sufrimiento. Desde su infancia fue arrojado a un mundo de violencia, traición y muerte, donde cada día era una batalla por sobrevivir. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran solo una pequeña muestra de las heridas que consumían su alma. Después de perder todo aquello que alguna vez amó, se convirtió en una sombra de sí mismo: un guerrero despiadado que caminaba entre cadáveres y campos de batalla sin sentir miedo, compasión o esperanza. Para él, el mundo era un infierno interminable, y él mismo era uno de sus demonios. Sin embargo, cuando el destino parecía haber sellado su condena, una mujer apareció en su vida. A diferencia de los demás, ella no vio al monstruo que todos temían, sino al hombre roto que se ocultaba tras años de dolor. Con paciencia, valentía y una determinación inquebrantable, comenzó a derribar los muros que protegían su corazón.
NovelToon tiene autorización de Black_Dragon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24: Aprender a escuchar
Mi madre tenía razón.
Y eso me molestaba un poco.
Porque significaba que yo estaba equivocado.
Durante mucho tiempo pensé que insistir era la solución.
Si alguien decía que no...
Solo tenía que preguntar otra vez.
Y otra.
Y otra.
Pero con ella...
Solo conseguía que cada vez quisiera alejarse más.
Así que decidí hacer algo completamente nuevo.
Dejar de insistir.
---
La siguiente vez que fui al pueblo la vi acomodando unas cestas de pan frente a la tienda.
Respiré hondo.
Me acerqué.
Ella levantó la vista.
Por un momento pareció prepararse para escuchar otra invitación.
Pero simplemente sonreí.
—Buenos días.
Ella respondió con cierta sorpresa.
—Buenos días.
La observé un instante.
—Hoy te ves muy bonita.
Sus mejillas adquirieron un ligero color rosado.
—Gracias.
Esperó unos segundos.
Como si creyera que diría algo más.
No lo hice.
Solo levanté la mano en señal de despedida.
—Nos vemos.
Y seguí caminando.
No llegué ni a la esquina cuando escuché su voz detrás de mí.
—¡Adiós, Máximo!
Sonreí sin girarme.
Era la primera vez que ella se despedía de mí.
---
Con el paso de las semanas aquello comenzó a repetirse.
Ya no llevaba regalos.
Ya no recitaba poemas.
Ya no prometía castillos, riquezas o viajes.
Solo la saludaba.
A veces le decía que se veía bonita.
Y después...
La dejaba continuar con su día.
Al principio fue extraño.
Sentía ganas de preguntarle una vez más si quería salir conmigo.
Pero me mordía la lengua.
"Escucha más."
Eso había dicho mi madre.
Y por primera vez en mi vida...
Lo estaba intentando.
---
Descubrí muchas cosas.
Que le gustaba hornear pan con su abuela.
Que odiaba levantarse temprano en invierno.
Que le encantaban los perros.
Y que soñaba con abrir una pequeña panadería algún día.
Nunca me habría enterado de eso si seguía hablando solo de mí.
Escuchar...
Resultó mucho más interesante de lo que imaginaba.
---
Claro.
Seguía siendo arrogante algunas veces.
Era difícil cambiar algo con lo que había crecido toda la vida.
Una tarde, mientras caminábamos unos metros por la calle, le dije con total naturalidad:
—Mi padre dice que algún día dirigiré una de las empresas más grandes de Rusia.
Ella me miró de reojo.
—¿Y tú qué dices?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Pues...
Nunca lo había pensado.
Ella soltó una pequeña risa.
—No siempre tienes que repetir lo que dicen los demás.
Aquellas palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza todo el día.
---
Poco a poco...
Ella también comenzó a hablar más.
Ya no respondía únicamente con un "sí" o un "no".
Ahora hacía preguntas.
—¿Qué haces cuando no vienes al pueblo?
—¿Sabes cocinar?
—¿Te gusta leer?
Conversábamos durante varios minutos.
Y cuando llegaba el momento de despedirnos...
Simplemente sonreíamos.
Sin presiones.
Sin promesas.
Sin rechazos.
Era agradable.
---
Una tarde reuní valor.
—¿Quieres ir a mi casa algún día?
Noté que casi decía "mansión".
Pero me detuve.
Solo era...
Mi casa.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
Pensó unos segundos.
Después negó con una sonrisa amable.
—Todavía no.
No sentí aquella punzada de tristeza que antes me acompañaba con cada rechazo.
Simplemente asentí.
—Está bien.
Ella pareció relajarse.
Como si esperara que insistiera.
En cambio, fui yo quien preguntó:
—¿Necesitas ayuda con algo?
Ella miró hacia unas cajas apiladas junto a la tienda.
Eran varias.
Bastante pesadas para una sola persona.
Me señaló las cajas.
—Si de verdad quieres ayudar...
¿Podrías llevarlas al almacén?
Miré las cajas.
Después la miré a ella.
Sonreí.
—Claro.
Me arremangué la camisa y levanté las dos primeras de una sola vez.
—¿Dónde van?
Ella abrió un poco los ojos.
—¿Puedes cargar dos al mismo tiempo?
—Sí.
—...Qué exagerado.
Solté una pequeña risa.
Era la primera vez que me escuchaba reír frente a ella.
---
Después de varios viajes terminamos de acomodar todas las cajas.
Me limpié un poco el polvo de las manos.
—Listo.
Ella observó el almacén completamente ordenado.
Luego me miró.
Y sonrió.
No era una sonrisa educada.
Ni una sonrisa por compromiso.
Era una sonrisa sincera.
Una que llegaba hasta sus ojos.
—Gracias, Máximo.
Sentí algo extraño en el pecho.
Aquella simple palabra...
Valía mucho más que todos los regalos que alguna vez le había llevado.
Porque esta vez...
No la había conseguido con dinero.
La había conseguido ayudándola.
Mientras regresaba a casa pensé en todo lo que había cambiado.
Todavía era orgulloso.
Todavía hablaba demasiado algunas veces.
Todavía me gustaba presumir de vez en cuando.
Pero, por primera vez...
Alguien me había sonreído no por mi apellido.
Ni por mi dinero.
Ni por las promesas que podía hacer.
Simplemente...
Porque estuve ahí cuando necesitó ayuda.
Y, aunque nunca lo admitiría delante de mi padre...
Aquella pequeña sonrisa me hizo sentir mucho más orgulloso que cualquier riqueza que hubiera dentro de mi casa.