Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 3
Desperté con una sensación extraña en el pecho.
No era tristeza…
todavía no.
Era algo peor.
Era saber que ese día… iba a cambiarlo todo.
Bajé a desayunar intentando actuar normal.
Como si fuera un día cualquiera.
Como si no me estuviera despidiendo de mi vida.
Al entrar a la cocina, me detuve.
Mi papá estaba abrazando a mi mamá.
Fuerte.
En silencio.
Como si no quisieran soltarse.
—¿Interrumpo algo? —pregunté, intentando sonar ligera.
Ambos se separaron de inmediato.
Demasiado rápido.
—No, hija —respondió mi mamá, sonriendo… pero no con los ojos—. Ya entenderás en México.
Esa respuesta no me gustó.
Pero no insistí.
Porque hoy…
no quería pelear.
Desayuné en silencio.
Escuchando el sonido de los cubiertos, el reloj, mi propia respiración.
Todo se sentía… más fuerte.
Más presente.
Como si mi mente quisiera grabarlo todo.
Después subí a mi cuarto.
Y ahí empezó lo real.
Las maletas.
Doblar ropa nunca había dolido tanto.
Cada prenda que guardaba era como aceptar que sí…
que me iba.
Que no era un “tal vez”.
Era un hecho.
Tomé la ropa que usaría en la despedida.
La misma que elegí con mis amigas.
La misma que me hizo sentir… yo.
Sonreí un poco.
Pero duró poco.
—A las cuatro salimos —escuché la voz de mi papá.
—Sí…
Faltaban horas.
Pero se sentían como segundos.
Me senté en la cama.
Miré mis manos.
Y sin querer…
recordé.
—Antes de los quince te voy a enseñar a manejar —había dicho mi papá.
Y cumplió.
Cada sábado.
Cada domingo.
Paciencia.
Reglas.
Disciplina.
—Si alguien maneja borracho… ¿qué pasa?
—Multa —respondí segura.
—Correcto.
—¿Y si atropellas a alguien sin querer?
Esa pregunta siempre me incomodó.
—Te quedas… —respondí—. Porque huir te hace culpable.
Mi papá me miró con orgullo.
—Exacto.
Pero había algo que él no sabía.
Algo que nunca le dije.
—¿Y tú cómo sabes tanto? —me preguntó un día.
Tragué saliva.
No tenía opción.
—Porque… pagué clases de manejo con mis ahorros.
Su sorpresa fue inmediata.
—¿Cuándo pensabas decirnos?
—Cuando terminara…
No era mentira.
Solo no era toda la verdad.
La verdad era otra.
La verdad tenía nombre.
Robert.
Él fue quien me enseñó a no tener miedo.
A confiar.
A intentarlo otra vez cuando fallaba.
A quedarse… cuando lo fácil era huir.
—Te veo a las cinco en el lugar de siempre —me había dicho.
—Ok… amor.
Esa palabra siempre me hacía sentir algo diferente.
Más real.
Más peligroso.
Ese día llevé dos libretas.
Una era mi diario.
La otra…
era para nosotros.
Mi mamá pensó que iba a escribir.
Pero no.
Iba a verlo.
El parque estaba tranquilo.
Como siempre.
Como nosotros.
Robert extendió una sábana en el pasto.
Me senté a su lado.
Sonreí.
—¿Me trajiste aquí para estudiar?
Él levantó una ceja.
—¿Tú qué creías?
—No sé… algo más romántico.
Se acercó un poco.
—Esto es romántico… si lo haces conmigo.
Mi corazón hizo lo de siempre.
Latir más rápido de lo necesario.
Sacó los apuntes.
Las reglas.
Las señales.
Y durante tres horas…
no fui la chica que se iba.
Fui la chica que aprendía.
La que soñaba.
La que se quedaba.
—Vas a ser buena conductora —dijo.
—Solo si tú sigues enseñándome.
Silencio.
Luego una sonrisa triste.
—Ojalá pudiera.
Ese “ojalá” dolió más que cualquier otra cosa.
Cuando terminamos…
no hablamos.
No hacía falta.
Me acerqué.
Lo besé.
Lento.
Profundo.
Como si en ese beso…
pudiera guardar todo lo que no iba a poder llevarme.
Porque amar así…
no era ligero.
Era intenso.
Real.
Y peligrosamente inolvidable.
La secundaria nunca se había visto así.
Demasiado silencio.
Demasiada calma.
Como si todo estuviera… esperando.
Caminé junto a mis papás por el pasillo principal.
Mis pasos sonaban más de lo normal.
Mi corazón… también.
—¿Por qué está tan vacío? —pregunté en voz baja.
—Ya verás —respondió mi papá.
Esa frase otra vez.
“Ya verás”.
Abrí la puerta del patio.
Y por un segundo…
pensé que no había nadie.
Hasta que lo vi.
Robert.
De pie.
Esperándome.
Pero no estaba solo.
—¿Qué…?
No terminé la frase.
Porque se movió.
Y entonces lo vi.
Dos pequeños bultos en sus brazos.
Se acercó despacio.
Como si supiera que ese momento… era importante.
—Para que no te sientas sola allá —dijo suavemente.
Y me los mostró.
Dos cachorros.
Dálmatas.
Pequeños.
Temblorosos.
Perfectos.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.
Pero no era dolor.
Era demasiado amor junto.
—Robert…
Mi voz no salió completa.
Las lágrimas sí.
—Uno para ti… —dijo— y uno para que siempre recuerdes que aquí… también tienes hogar.
Ya no pude más.
Corrí hacia él.
Lo abracé.
Fuerte.
Como si el mundo se estuviera acabando y él fuera lo único estable.
—Gracias… —susurré— no tenías que…
—Sí tenía.
Se separó un poco.
Lo suficiente para mirarme a los ojos.
—No puedo ir contigo… pero quiero que algo mío sí lo haga.
Ahí fue cuando lo besé.
Sin pensar.
Sin medir.
Sin importar quién estuviera viendo.
Porque ese beso…
no era solo un beso.
Era una promesa que sabíamos que no podíamos cumplir.
Y entonces…
salieron todos.
Gritos.
Aplausos.
Risas.
Llantos.
Mis amigas.
Mis compañeros.
Mis maestros.
Todos.
Me rodearon.
Me abrazaron.
Me rompieron un poco más.
—¿Dónde están las locas? —pregunté entre risas y lágrimas.
—Llegando… —respondieron.
Y entonces…
la música empezó.
No lo podía creer.
De verdad no.
—No me digas…
—Sí —respondió Robert, sonriendo—.
Y cuando vi entrar a las bandas…
grité.
Literalmente grité.
La emoción me golpeó tan fuerte que por un segundo…
todo dio vueltas.
—Respira, Cris —dijeron mis amigas riendo—. ¡Nos vas a dejar sordos!
Las abracé a todas.
—Las odio… —dije entre risas— pero las amo más.
La música llenó el lugar.
Mi lugar.
Mi historia.
Mi despedida.
Bailé.
Reí.
Canté.
Pero también lloré.
Porque cada canción…
era un recuerdo.
Y cada recuerdo…
dolía un poco más.
En un momento, me alejé con Robert al patio trasero.
Nos acostamos en el pasto.
Mirando el cielo.
Como siempre.
—Esto sí lo voy a extrañar —dije.
—¿El cielo?
Negué.
—A ti.
Silencio.
Pesado.
Real.
—Cris…
—No digas nada.
Porque si hablábamos…
íbamos a rompernos.
—¡Vengan! —gritaron desde dentro.
Nos miramos.
Y supimos…
que el tiempo se estaba acabando.
La comida fue ruido.
Risas.
Intentos de normalidad.
Pero por dentro…
nadie estaba bien.
Después…
los regalos.
Abrí uno.
Y otro.
Y otro.
Pero entonces llegó el de él.
Una patineta.
Pero no era cualquiera.
Estaba llena de fotos nuestras.
Momentos.
Risas.
Miradas.
Nosotros.
Y en el centro…
una frase:
“Un amor bonito. Gracias por ayudarme a cambiar y ser quien soy. Te amo.”
Se me rompió la voz.
—Eres un idiota…
—Lo sé.
—Pero eres mi idiota.
Sonrió.
Y yo lloré.
—Aún no termino —dijo.
Y entonces…
se subió al escenario.
La música empezó.
Pero esta vez…
era él.
Cantando.
Para mí.
Su voz no era perfecta.
Pero era real.
Y eso lo hacía… imposible de ignorar.
Todos guardaron silencio.
Y yo…
dejé de respirar.
Porque nunca nadie…
había hecho algo así por mí.
Cuando terminó…
ya no podía ver bien.
Las lágrimas no me dejaban.
Corrí hacia él.
Lo besé.
Otra vez.
Más fuerte.
Más desesperado.
Como si quisiera detener el tiempo con mis labios.
—No sabía que cantabas así…
—No lo hacía… hasta que valió la pena intentarlo.
El tiempo se acabó.
Literalmente.
—Tenemos que irnos —dijo mi papá.
Y ahí…
todo se rompió.
Me entregó un último regalo.
Un CD.
—Para que no me olvides.
Lo miré.
—Nunca podría.
Nos abrazamos.
Y esta vez…
no hubo palabras.
Solo silencio.
Respiraciones entrecortadas.
Y un adiós que ninguno quería decir.
—Te amo —susurró.
Cerré los ojos.
—Yo también.
Me subí al coche.
Pero mi corazón…
se quedó atrás.
Miré por la ventana.
Mis amigas llorando.
Él… quieto.
Viéndome ir.
—Papá… pon el disco.
—Claro, hija.
La canción empezó.
Y cuando reconocí la voz…
me quebré.
“No sé olvidar…”
Sonreí entre lágrimas.
Porque entendí algo demasiado tarde:
No todos los amores son para siempre…
pero algunos…
son imposibles de borrar.
El coche arrancó.
Y con él…
todo lo que conocía empezó a quedarse atrás.
No volteé de inmediato.
No podía.
Porque sabía que en el momento en que lo hiciera…
ya no habría forma de sostenerme.
—¿Estás bien, hija? —preguntó mi mamá con suavidad.
Mentí.
—Sí.
Siempre era más fácil así.
Pero no lo estaba.
Cuando por fin reuní el valor…
miré por la ventana.
Ahí estaban.
Mis amigas.
Llorando.
Abrazadas entre ellas.
Y él…
Robert no se movía.
No corría.
No gritaba.
Solo estaba ahí.
Mirándome.
Como si quisiera grabarme en su memoria…
igual que yo lo estaba haciendo con él.
Levantó la mano.
Lento.
Sin dejar de mirarme.
Y ese gesto…
dolió más que cualquier despedida.
Le respondí igual.
Pero mi mano temblaba.
Mi corazón también.
Y entonces…
desapareció.
No porque se fuera.
Sino porque la distancia…
lo borró.
Y ahí fue cuando entendí algo que nunca quise aceptar:
Esta vez…
sí era un adiós.
—Papá… el disco —susurré.
No confiaba en mi voz.
La música empezó.
Su voz no.
Pero era como si estuviera ahí.
Cada canción…
era un recuerdo.
Cada letra…
una herida abierta.
Cerré los ojos.
Y lo vi.
En el parque.
En la pista.
En el patio.
Sonriendo.
Abrazándome.
Diciéndome “amor” como si fuera lo más natural del mundo.
—No sé olvidar…
La letra me atravesó.
Directo.
Sin aviso.
Una lágrima cayó.
Luego otra.
Luego todas.
Porque no…
no iba a olvidarlo.
No importaba la distancia.
El tiempo.
Ni lo que pasara después.
Había amores…
que no se iban.
Se quedaban.
Aquí.
—en el pecho—
donde más dolían.
Apoyé la cabeza contra la ventana.
El paisaje cambiaba.
Pero dentro de mí…
todo seguía igual.
Vacío.
Pesado.
Incompleto.
Saqué el CD.
Lo sostuve entre mis manos.
Como si fuera algo frágil.
Como si dentro de ese objeto…
estuviera él.
—No puedo perderte también —susurré.
Mi mamá me miró por el retrovisor.
No dijo nada.
Pero lo entendió todo.
—A veces crecer duele —dijo mi papá después de un rato.
No respondí.
Porque esto…
no se sentía como crecer.
Se sentía como perder.
La noche cayó poco a poco.
Y con ella…
el silencio.
Pero no era un silencio tranquilo.
Era uno que gritaba.
Que recordaba.
Que insistía.
Cerré los ojos.
Intentando dormir.
Intentando escapar.
Pero en lugar de descanso…
lo soñé.
Sus manos.
Su voz.
Su forma de decir mi nombre.
Desperté de golpe.
El corazón acelerado.
La respiración rota.
Y lo primero que hice…
fue tocar el asiento a mi lado.
Vacío.
Ahí fue cuando dolió de verdad.
Porque ya no era un recuerdo.
Ni un pensamiento.
Ni una canción.
Era realidad.
Ya no estaba.
Miré por la ventana una vez más.
La carretera era larga.
Desconocida.
Como mi vida a partir de ahora.
Respiré hondo.
Intentando ser fuerte.
Intentando no romperme otra vez.
Pero antes de cerrar los ojos…
susurré algo que solo yo escuché:
—Si esto es un final…
entonces prométeme que también será un comienzo.
Porque en el fondo…
muy en el fondo…
todavía quería creer…
que nuestra historia no había terminado.
Solo…
había cambiado de capítulo.