⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
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La cuenta regresiva había comenzado
Habían pasado exactamente veintiún días desde que Zen y Hendrik cruzaron el umbral de la residencia de la frontera. Tres semanas de vivir en un simulacro de odio durante el día y una pasión clandestina durante la noche. Tres semanas de ser vigilados por Joel y de mover millones de dólares en las sombras.
Pero el tiempo, en un espacio tan reducido, es un ácido que lo corroe todo.
El aire en la casa se sentía viciado, a pesar de los purificadores de alta tecnología. Zen estaba sentado en el salón, mirando un informe impreso, pero no leía. Sus ojos estaban fijos en un punto de la pared. Sentía que las paredes de cristal se cerraban sobre él. Para un Alfa, el territorio es libertad, y estar confinado en una jaula de oro, por muy lujosa que fuera, estaba empezando a despertar una irritabilidad animal que su máscara de hielo no podía contener.
Hendrik no estaba mejor. Llevaba horas en el gimnasio privado, golpeando el saco de boxeo hasta que sus nudillos sangraban. El olor a sudor y a abedul alquitranado impregnaba el piso inferior. Su Alfa estaba inquieto; la falta de espacio y la constante vigilancia lo tenían al borde de un estallido de violencia.
—Llevas una hora mirando la misma página, Zen —dijo Hendrik, entrando al salón con una toalla al hombro y el torso desnudo, brillando por el sudor.
Zen ni siquiera levantó la vista.
—Y tú llevas tres horas intentando matar a un saco de arena. Supongo que cada uno maneja la desesperación como puede.
—No es desesperación, es energía acumulada —gruñó Hendrik, acercándose demasiado. El calor que emanaba su cuerpo chocó contra el aura fría de Zen—. Necesito salir. Necesito correr, cazar, hacer algo que no sea fingir que te odio frente a una cámara.
—No podemos salir —respondió Zen, finalmente cerrando la carpeta con un golpe seco—. Mi padre ha reforzado la guardia exterior después del incidente con Travis. Hay hombres con sensores térmicos en el bosque. Si ponemos un pie fuera del perímetro, se activará una alarma silenciosa en la oficina central.
Joel apareció en el umbral, con su habitual paso silencioso.
—El señor Grimhand tiene razón. La vigilancia externa ha aumentado un cuarenta por ciento. Sus padres no están tranquilos. Sienten que algo se les escapa, aunque no puedan probarlo.
Hendrik se giró hacia Joel, con los ojos inyectados en sangre.
—¿Y cuánto tiempo más vamos a estar así, Joel? Nos estamos volviendo locos aquí dentro.
—El contrato dice seis meses —respondió Joel con una calma exasperante—. Apenas llevan tres semanas. Sugiero que encuentren una forma de liberar la tensión que no implique romper el mobiliario.
Joel se retiró, pero su advertencia quedó flotando. La tensión entre Zen y Hendrik cambió de forma. Ya no era solo deseo; era una chispa peligrosa de dominancia. Cuando Joel cerró la puerta de la cocina, Hendrik se lanzó sobre Zen, atrapándolo contra el respaldo del sofá.
—Me vas a volver loco, Zen —susurró Hendrik, hundiendo la nariz en el cuello del rubio, inhalando con una desesperación que rozaba la violencia—. Hueles a miedo y a control, y yo solo quiero que huelas a mí.
Zen intentó empujarlo, pero sus propias manos se aferraron a los hombros sudados de Hendrik.
—Aquí no... las cámaras...
—Me importa un bledo las cámaras —gruñó Hendrik, mordiendo el lóbulo de la oreja de Zen—. Que vean cómo trato a su heredero perfecto. Que vean que no te posees ni a ti mismo.
Estaban a punto de perder el control en pleno salón cuando el sistema de intercomunicación de la casa emitió un pitido agudo y estridente. Era una señal de prioridad máxima.
Zen se zafó de Hendrik, arreglándose la camisa con manos temblorosas. Hendrik se quedó de pie, jadeando, con los puños cerrados.
La pantalla del salón se encendió automáticamente. Pero no era Arthur Grimhand. Era Viktor De Vries, el padre de Hendrik. Su rostro, endurecido por años de mando militar y empresarial, llenaba la pantalla. Detrás de él, Zen pudo ver el interior de un helicóptero en movimiento.
—Hendrik. Zen —dijo Viktor, y su voz tenía un tono de urgencia que nunca habían escuchado—. Escuchen bien. El consejo de administración ha convocado una votación de emergencia para mañana por la mañana. Hay rumores de una OPA hostil (una compra forzada de acciones) por parte de una entidad desconocida.
Zen y Hendrik intercambiaron una mirada de pánico absoluto. Aura. Su empresa secreta había sido detectada por los radares financieros antes de lo previsto.
—Creemos que alguien está intentando sabotear la fusión desde adentro —continuó Viktor—. Arthur y yo vamos hacia la residencia ahora mismo. Llegaremos en dos horas. Queremos revisar todos los servidores locales y sus registros personales. Si hay un traidor, lo encontraremos esta noche.
La pantalla se apagó.
El silencio que siguió fue aterrador. Joel entró corriendo al salón, con su tableta de seguridad en la mano.
—Tienen dos horas —dijo Joel, y por primera vez, su voz tenía un rastro de miedo—. Si encuentran los rastros de "Aura" en los servidores de esta casa, están muertos. Y yo con ustedes.
—¡No podemos borrarlo todo en dos horas! —gritó Zen, corriendo hacia la oficina—. Los registros encriptados dejan huellas de borrado que un experto notará de inmediato.
—Entonces no los borres —dijo Hendrik, recuperando la claridad de combate—. Ocúltalos bajo una montaña de basura. Joel, necesito que inundes el sistema con virus falsos, ataques externos simulados. Haz que parezca que la casa está bajo un hackeo masivo desde el extranjero. Zen, tú mueve el núcleo de Aura a un dispositivo físico.
—¿Un dispositivo físico? —preguntó Zen, deteniéndose en la puerta de la oficina.
—Sí —respondió Hendrik, mirándolo con una determinación feroz—. Lo sacaremos de aquí.
—¿Cómo? —intervino Joel—. Hay guardias afuera. Los van a revisar de pies a cabeza en cuanto lleguen sus padres.
Hendrik miró a Zen, y luego bajó la vista hacia el cuerpo del rubio. Una idea peligrosa y desesperada cruzó su mente.
—Solo hay un lugar donde no van a revisar —dijo Hendrik, su voz bajando a un susurro—. Un lugar que ningún Alfa respetable se atrevería a inspeccionar en otro Alfa por puro orgullo y asco.
Zen palideció al entender lo que Hendrik sugería.
—No estarás hablando de...
—Es la única forma, Zen —sentenció Hendrik—. El dispositivo es del tamaño de una cápsula. Si lo llevas dentro de ti... en tu entrada... nadie lo sabrá. El escáner térmico lo detectará como parte de tu calor corporal.
El Príncipe de Hielo sintió que el mundo se desmoronaba. La humillación era total, pero el riesgo de ser descubiertos era la muerte profesional y personal. Fuera, en la distancia, el sonido rítmico de las hélices de un helicóptero empezaba a romper la paz del bosque.
—Hazlo —dijo Zen, apretando los dientes—. Prepáralo, Hendrik. No tenemos otra opción.
La cuenta regresiva había comenzado. Los padres venían por ellos, y la única forma de salvar su futuro era esconder su mayor secreto en el lugar más íntimo y vulnerable de Zen. La tensión era insoportable, y el tiempo se agotaba segundo a segundo.
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