Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 19: Lo que no están diciendo
El nuevo director nuevo, es serio nunca sonríe.
Ni cuando habla.
Ni cuando observa.
Ni cuando finge tranquilidad.
Y eso… pone nerviosa a la gente.
Porque los hombres tranquilos son peligrosos.
Pero los hombres que observan demasiado…
son peores.
El día de clase avanzada, dentro de lo normal, lo que nadie sabe que se ha levantado un plan, de investigación, esta vez... esta vez si dará resultados.
Los profesores hablan en los pasillos.
Las clases siguen.
Como si nada hubiera pasado.
Como si la muerte pudiera barrerse igual que el polvo.... pero no
Las paredes recuerdan.
Los pasillos recuerdan.
Y entre ellos también, el director mira desde su oficina.
El patio, los alumnos, los maestros y luego…
A don Eusebio.
Siempre lo está mirando de lejos, sus gestos, sus pasos, todo lo que hace...
Esa complicadad entre el y la psicóloga, ni cerca ni lejos.
Eso le molesta, siente que se taren algo, que no demuestras ni dicen con palabras, pero las miradas no mienten.
No entiende por qué.
Solo siente que algo no encaja.
—No se miran…
Piensa.
—Pero se sienten, tienen esa conexión, que no se como explicar.
Silencio.
—Y eso no es normal.
La carpeta frente a él está llena.
Fechas, reportes, nombres, fotos y uno en particular… Daniela.
Otra vez.
Siempre Daniela.
Por que se repite ese nombre en mi cabeza.
Aprieta la mandíbula.
Decide seguir, llama a Eusebio.
La oficina se siente fría.
Más de lo normal.
Eusebio entra lento.
Con las manos detrás.
Mirada cansada.
Vieja, pero los ojos… los ojos no.
Los ojos observan demasiado.
—Siéntese.
Dice el director.
Eusebio obedece, sin decir nada.
Un silencio, largo, hace eco en la oficina
El director no tiene prisa.
Quiere incomodarlo.
Quiere que hable de más.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
—Mucho.
Respuesta corta y seca.
—¿Cuánto exactamente?
—Años.
El director anota.
No insiste, todavía no.
—Conoció a la antigua directora.
—Sí.
—¿Se llevaban bien?
—Normal.
—¿Normal?
—Sí.
Silencio.
—¿Y la psicóloga?
Ahí está.
La pregunta real.
Eusebio no responde enseguida.
Solo lo mira.
—¿Qué pasa con ella?
—Eso pregunto yo.
Dice el director.
El director cambia el tono.
Más serio y más directo.
—¿Qué relación tienen?
—Ninguna.
Una mentira limpia y perfecta
—¿Nunca hablan?
—No.
—¿Nunca coinciden?
—Trabajo aquí, a veces nos cruzamos en los pasillos.
—Eso no responde.
—Es suficiente.
Un silencio, pesado.
El director se inclina hacia adelante.
—Curioso.
—¿Qué?
—Porque ella respondió igual.
Eusebio no reacciona, pero dentro…
algo se mueve.
Daniela le susurra, - te dije que ella iba hacer un problema, ahora bien, cuida tu respuesta, el se le ve muy astuto, está buscando.
—Lo sé.
—Miente mejor.
—¿Conoce a Daniela?
El nombre cae.
Seco.
Eusebio aprieta apenas los dedos.
Solo un poco.
—No.
Mentira.
—¿Seguro?
—Sí.
—Su nombre aparece varias veces cerca del suyo.
—Trabajo aquí.
Otra vez.
Siempre lo mismo.
El director lo nota.
—También aparece cerca de las muertes.
Silencio.
—Mucha coincidencia.
—Las coincidencias existen.
—No tantas.
- Trabajo limpiando siempre ando en los pasillos.
Silencio.
El director lo observa.
Fijo.
Buscando algo, un error, un gesto, una grieta.
Pero Eusebio no se rompe... No afuera.
—Puede retirarse.
Eusebio se levanta.
Camina lento hacia la puerta.
Pero antes de salir…
el director habla.
—Don Eusebio.
Se detiene.
—Sí.
—Usted me da mala espina.
Silencio.
La frase queda suspendida.
Pesada.
Peligrosa.
Eusebio sonríe apenas.
Pero no es amable.
—Y usted pregunta demasiado.
Le dice Eusebio.
Cierra la puerta.
En el pasillo… el aire cambia.
—Quiere descubrirnos… fice Daniela.
—Sí.
—Hay que matarlo.
Eusebio sigue caminando.
—No aún.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sabe suficiente.
Silencio.
—Pero está cerca.
—Lo sé.
- Sería muy evidente hacerlo ahora.
Y eso…
le gusta un poco.
La adrenalina.
El riesgo.
El juego.
El ambiente cambia cuando ella sale.
Porque él está ahí.
Esperándola.
Como si ya supiera.
Como si pudiera sentirla.
Ella camina por el pasillo, levanta la mirada ve a eusebio, que tambien la mira a ella.
Y por un segundo…
todo el pasillo desaparece.
Como si solo estuvieran ellos dos.
No suenan las voces.
Esa conexión inexplicable, cuando ellos se ven a los ojos.
—Tenemos que hablar.
Eusebio rompe el silencio
Bajo, serio.
Ella lo nota.
Algo está mal.
La voz en la cabeza le dice: - te dije, ya él nos descubrió, sabe que yo existo.
Ella le dice.
—¿Ahora?
—Hoy.
Pausa.
—En tu casa.
Silencio.
La voz dentro de ella se mueve.
—No me gusta…
—A mí tampoco.
Responde ella internamente.
—¿Qué pasa?
Pregunta.
Eusebio da un paso más cerca.
No demasiado.
Solo lo suficiente.
—Le dijiste demasiado.
El golpe llega directo.
Ella frunce apenas el ceño.
—Tú también.
—No como tú.
Silencio.
—El está sospechando.
Dice él.
—Ya sospechaba.
—Ahora más.
—No importa.
—Sí importa.
El tono cambia.
Más duro.
Más personal.
Dentro de Eusebio… daniela sonríe.
—Ella cometió un error…
—Sí.
—Y los errores se pagan.
Silencio.
La psicóloga lo observa.
Y por primera vez…
siente algo raro.
No miedo, peor, duda.
—¿Confías en mí?
Pregunta ella.
Eusebio tarda unos minutos en responder.
—No lo sé.
Silencio, pesado y frío.
La frase duele más de lo esperado.
La voz dentro de ella susurra:
—Te va a traicionar.
Pausa.
—Todos lo hacen.
Pero otra parte…
más pequeña…
más humana…
susurra algo distinto.
—No quiero perderlo.
Y eso…
eso sí le da miedo.
Eusebio se acerca apenas.
La mira fijo.
—Esta noche hablamos.
Pausa.
—Y más te vale decirme toda la verdad.
Silencio.
Ella sostiene la mirada.
Firme.
Pero dentro…
algo empieza a romperse.
Porque por primera vez… ya no sabe si el peligro es el director o él.
Y desde la oficina…
el director los observa a través del vidrio.
Serio.
Quieto.
Pensando.
—Sabía que mentían…
Susurra.
Pausa.
—Y ahora lo confirmé.
El aire se vuelve pesado.
—¿Qué esconden ustedes dos?
Silencio.
Largo.
Oscuro.
Pero nadie imagina… que lo peor… todavía no empieza.