Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.
Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión
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capitulo 02
El salón de baile del Hotel Metropole era una oda al exceso. Arañas de cristal de Bohemia colgaban del techo, proyectando destellos fracturados sobre las joyas de la élite de la ciudad. El aire olía a champán caro, perfumes franceses y a la hipocresía que solo el dinero viejo puede comprar. Pero para Madelyn Moral, ese lugar no era más que un campo de batalla decorado con terciopelo.
Madelyn estaba de pie cerca de una columna de mármol, sosteniendo una copa de vino tinto que no tenía intención de beber. Su vestido era de un negro medianoche, con una apertura lateral que revelaba lo justo para ser peligroso y un escote en la espalda que llegaba hasta la curva de su cintura. No llevaba collar; su cuello, largo y elegante, no necesitaba adornos para atraer las miradas. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño bajo, tan perfecto que parecía una escultura.
La llamaban la "Princesa Letal", y no era solo por su linaje en el Grupo Moral. Era por esa mirada. Sus ojos eran oscuros, profundos como un pozo sin fondo, y poseían una frialdad que advertía a cualquiera que se acercara que ella no era una presa, sino el depredador más astuto de la sala.
—Madelyn, querida, estás radiante —dijo una voz melosa a sus espaldas.
Ella no se giró de inmediato. Se tomó un segundo para cerrar los ojos y exhalar un suspiro de puro tedio antes de enfrentar a Julián Varga, el heredero de una cadena de hoteles de lujo y un hombre cuya arrogancia solo era superada por su falta de inteligencia.
—Julián —respondió ella, girándose con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Veo que tu sastre finalmente aprendió a ocultar tu falta de hombros. Felicidades.
Julián se tensó, pero intentó mantener la compostura. Se acercó un paso más de lo que el protocolo permitía, invadiendo el espacio personal de Madelyn. Ella no retrocedió. Se quedó inmóvil, observándolo con una curiosidad clínica.
—Siempre tan afilada, Madelyn. Es lo que más me gusta de ti —Julián extendió una mano para rozar el hombro de ella—. Mi padre y el tuyo han estado hablando. Sabes que nuestras familias serían imparables juntas. Yo podría darte la estabilidad que una mujer como tú necesita. Dejar de jugar a los negocios de hombres y...
Madelyn dejó caer la copa. No fue un accidente. La soltó justo cuando él iba a tocarla. El cristal estalló contra el suelo de mármol, salpicando el vino tinto sobre los zapatos de charol de Julián y el bajo de su pantalón gris claro.
El ruido atrajo la atención de los invitados cercanos. Julián dio un salto atrás, mirando con horror la mancha roja que parecía sangre.
—¡Oh, lo siento mucho, Julián! —dijo Madelyn, aunque su voz era tan plana como el horizonte—. Parece que mi mano se rebeló ante la idea de tu contacto. Es un reflejo involuntario, mi cuerpo suele rechazar la mediocridad.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? —siseó Julián, rojo de la vergüenza—. Este traje vale más que...
—Vale menos que el tiempo que me haces perder —lo cortó ella, dando un paso hacia adelante. Ahora era ella quien invadía su espacio, obligándolo a retroceder hasta chocar con la columna—. Escúchame bien, Julián. No eres un hombre, eres un accesorio que tu padre intenta colgarme al cuello. Y yo no uso bisutería. Si vuelves a mencionar "negocios de hombres" en mi presencia, me aseguraré de que la próxima mancha en tu traje no sea de vino, sino de algo mucho más difícil de lavar.
Madelyn le dedicó una última mirada de desprecio y se dio la vuelta, dejando a Julián balbuceando en medio del salón. Caminó con pasos decididos hacia las puertas dobles, ignorando los susurros y las miradas de reproche.
Sin embargo, en cuanto cruzó el umbral hacia el pasillo desierto, su expresión cambió. La fachada de la heredera orgullosa se desvaneció, dejando paso a una concentración feroz. Se llevó la mano a la oreja, ajustando un pequeño audífono oculto bajo un mechón de cabello.
—Posición —susurró.
—En el muelle de carga, jefa —respondió una voz masculina a través del audífono—. El equipo de seguridad del Grupo Moral está distraído con la fiesta. Tenemos diez minutos antes de que cambien el código de la caja fuerte del despacho principal.
—Entendido. Voy hacia allá.
Madelyn no se dirigió a la salida principal. Se deslizó por una puerta de servicio que conducía a las cocinas. En un pasillo lateral, donde el aire ya no olía a flores sino a desinfectante, la esperaba su asistenta de confianza con un maletín.
En menos de tres minutos, Madelyn se despojó del vestido de seda. Debajo llevaba un traje táctico de kevlar fino, flexible y negro como el azabache. Se calzó las botas de combate y ajustó su cinturón de herramientas. El cambio fue total: de la joya de la corona de la mafia a un arma de precisión.
—¿El dispositivo de hackeo? —preguntó Madelyn mientras se recogía el cabello en una trenza apretada.
—Aquí tiene. Recuerde, jefa, si la encuentran ahí dentro, su padre no podrá encubrirlo. Sería visto como una traición al consejo del grupo.
Madelyn revisó su pistola, una Glock silenciada, y la enfundó en su muslo. Sus manos no temblaban. Sus sentimientos estaban bajo llave, enterrados bajo capas de pólvora y una sed de justicia que nadie conocía.
—Mi padre ya me traicionó el día que decidió que yo era una moneda de cambio para sus deudas —dijo Madelyn, con la voz cargada de un rencor antiguo—. Esas carpetas contienen las pruebas de quién dio la orden de quemar la casa de mi madre. Si el Grupo Moral protege a asesinos, entonces el grupo debe arder.
Salió por la puerta trasera del hotel y se fundió con las sombras. Se movió por los callejones con la agilidad de un gato, evitando las cámaras de seguridad que ella misma había ayudado a instalar meses atrás.
El edificio del Grupo Moral se alzaba como una fortaleza de acero a unas pocas calles. Madelyn no entró por la puerta principal. Usó un gancho de anclaje para subir hasta el balcón del quinto piso, el nivel donde se encontraba la oficina de su padre.
Sus movimientos eran fluidos, impulsados por la adrenalina y una rabia contenida que le daba una fuerza sobrehumana. Una vez en el balcón, usó un cortador de diamante láser para hacer un agujero perfecto en el cristal. Se deslizó dentro de la oficina, donde el silencio era sepulcral.
El despacho olía a tabaco y a poder rancio. Madelyn se dirigió directamente al cuadro que ocultaba la caja fuerte. Sus dedos volaron sobre el teclado digital, conectando el dispositivo de hackeo. Los números empezaron a correr en la pantalla.
60%... 80%... 95%...
Click.
La puerta de acero se abrió. Madelyn buscó entre los fajos de dinero y los documentos legales hasta que encontró una carpeta de cuero roja con el sello de "Confidencial - Nivel Omega". Al abrirla, sus ojos recorrieron las páginas rápidamente.
Sintió un nudo en el estómago. Ahí estaban los nombres. Pero había algo más. Un nombre que no esperaba ver asociado a la tragedia de su familia. El apellido Valerius.
—No puede ser... —susurró Madelyn, su respiración volviéndose errática por primera vez en toda la noche.
Un ruido fuera de la oficina la puso en alerta. Pasos pesados y el crujido de radios.
—¡Revisen el despacho! ¡Hemos detectado una brecha en el sensor del balcón! —gritó una voz desde el pasillo.
Madelyn guardó la carpeta en su mochila táctica. No había tiempo para salir por donde había entrado. Los guardias ya estaban golpeando la puerta.
Se dirigió a la ventana del lado opuesto, la que daba a un callejón estrecho. La abrió de par en par justo cuando la puerta de la oficina volaba por los aires.
—¡Ahí está! ¡Fuego! —ordenó el jefe de seguridad.
Madelyn no esperó. Se lanzó al vacío. Durante un segundo, sintió la ingravidez total, el viento golpeando su rostro y el olor a pólvora de los disparos que pasaban rozándola. Desplegó su capa de descenso —una tela de polímero que actuaba como un paracaídas de emergencia— y aterrizó sobre el techo de una camioneta en el callejón.
El impacto le recorrió las piernas, pero se puso en pie de inmediato. Corrió hacia su motocicleta, oculta bajo una lona, y arrancó el motor con un rugido ensordecedor.
Mientras aceleraba por las calles desiertas, las luces de la ciudad se volvían borrosas a su alrededor. Su corazón martilleaba contra sus costillas, no por el escape, sino por lo que había leído.
Si Alan Valerius estaba implicado en la muerte de su madre, el matrimonio arreglado ya no era solo una jaula. Era una oportunidad.
Regresó al hotel por la misma ruta secreta. Se cambió de ropa a toda prisa, volviendo a ponerse el vestido negro, aunque ahora sus manos tenían pequeños rasguños y sus mejillas estaban encendidas por el esfuerzo. Se retocó el maquillaje, asegurándose de ocultar cualquier rastro de la "Princesa Letal" bajo la máscara de la heredera perfecta.
Cuando volvió a entrar al salón de baile, la orquesta estaba tocando una pieza lenta. Julián Varga ya no estaba, pero alguien más ocupaba el centro de la atención.
Alan Valerius estaba de pie cerca de la barra, hablando con su padre. Alan se giró y sus ojos se encontraron con los de ella. Fue como un choque eléctrico. Él la observó de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en su trenza ligeramente desordenada y en la mirada de fuego que ella no podía ocultar.
Alan sonrió ligeramente, una expresión que le dijo a Madelyn que él sabía que ella no había estado "retocándose el maquillaje".
Madelyn sostuvo la mirada. Su orgullo estaba herido, su pasado estaba manchado de sangre, pero ahora tenía un plan. Si Alan quería poseerla, ella dejaría que se acercara. Dejaría que creyera que la tenía bajo control. Y cuando estuviera lo suficientemente cerca, usaría la información de esa carpeta para quemar su mundo desde los cimientos.
Caminó hacia él, con la barbilla en alto y la elegancia de una reina que acaba de declarar la guerra. La pólvora todavía impregnaba su piel, pero el champán en su mano nunca supo tan dulce. La Princesa Letal había regresado al baile, y esta vez, ella era la que tenía el as bajo la manga.