Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 4: La chica que no sonríe
El problema no era que Allegra no quisiera obedecer.
Era que obedecer… le parecía profundamente aburrido.
—No puedo creer que estés considerando cambiarte —dijo Maeve, cruzada de brazos, apoyada contra la pared como si estuviera presenciando un evento histórico.
Allegra sostenía la corbata entre dos dedos, mirándola como si fuera un concepto filosófico complejo.
—No lo estoy considerando —respondió—. Estoy evaluando el nivel de tragedia que implicaría.
—Es solo una corbata.
—Es el principio del fin, Maeve.
Maeve rodó los ojos.
—El principio del fin fue cuando llegaste.
—Gracias por el apoyo emocional.
Allegra suspiró y, con una expresión de sacrificio exagerado, ajustó la corbata… más o menos.
—Listo.
Maeve la observó.
—Eso sigue estando mal.
—Eso sigue siendo intencional.
—Te van a ver.
—Ese es el objetivo.
Maeve negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.
—Eres imposible.
—Y aún así aquí estoy.
—Sí, ese es el problema.
La primera clase fue… peor de lo esperado.
No por el contenido.
Por el ambiente.
Aula grande, ventanas altas, profesor con voz monótona que parecía llevar enseñando desde la invención del papel. Los estudiantes tomaban apuntes como si sus vidas dependieran de ello.
Allegra duró exactamente siete minutos.
Siete.
En el minuto ocho, ya estaba dibujando líneas sin sentido en el borde de su cuaderno.
En el minuto diez, estaba observando cómo una gota de lluvia descendía por la ventana.
En el minuto doce…
—Señorita Vance.
Allegra levantó la mirada con una calma impecable.
—¿Sí?
El profesor la observaba por encima de sus lentes.
—Quizá le gustaría compartir con la clase lo que le resulta tan interesante.
Allegra bajó la mirada a su cuaderno. Luego volvió a levantarla.
—La lluvia.
Silencio.
Maeve, a su lado, dejó de respirar.
—¿La lluvia? —repitió el profesor.
—Sí. Es sorprendentemente constante.
Un par de estudiantes intentaron no reír.
El profesor no era uno de ellos.
—Tal vez le gustaría concentrarse en algo igual de constante: la lección.
—Lo intentaré —respondió Allegra, con una leve sonrisa.
—Hágalo.
El profesor volvió a la pizarra.
Maeve se inclinó ligeramente hacia ella.
—Vas a morir —susurró.
—Al menos no de aburrimiento.
El recreo fue una mezcla entre supervivencia social y espectáculo.
Allegra caminaba junto a Maeve por el patio, ignorando —o fingiendo ignorar— las miradas constantes.
—¿Siempre es así? —preguntó.
—¿Así cómo?
—Como si todos estuvieran esperando que haga algo mal.
Maeve dudó.
—Sí.
—Perfecto.
—No lo decía como algo bueno.
—Yo sí.
Maeve suspiró.
—De verdad no entiendo cómo funciona tu mente.
—Ni yo. Es emocionante.
Antes de que pudiera responder, una figura apareció frente a ellas.
Thornbridge.
Por supuesto.
—Señorita Vance.
Allegra sonrió.
—La chica que no sonríe.
Maeve hizo un pequeño sonido ahogado.
Thornbridge no reaccionó.
—Su uniforme.
Allegra miró hacia abajo, como si se sorprendiera.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
—Estoy empezando a pensar que tienes una fijación.
Un par de estudiantes cercanos se giraron discretamente.
Thornbridge dio un paso más cerca.
—Estoy empezando a pensar que no entiendes cómo funciona este lugar.
—Oh, lo entiendo perfectamente.
—Entonces explícame por qué sigues ignorando las normas.
Allegra inclinó la cabeza.
—Porque puedo.
Silencio.
Maeve miró al suelo, como si quisiera desaparecer.
Thornbridge sostuvo la mirada de Allegra durante unos segundos.
—Eso se puede corregir.
—Me gustan los desafíos.
—Esto no es uno.
—Todo lo es.
Thornbridge respiró hondo, con una paciencia que parecía entrenada.
—El director quiere verte.
Maeve levantó la cabeza de golpe.
—¿Ahora?
—Ahora.
Allegra sonrió, lenta.
—Qué eficiente.
—No lo tomes como un cumplido.
—Nunca lo hago.
Thornbridge se giró.
—Sígueme.
Allegra miró a Maeve.
—Si no vuelvo, dile a mi padre que tenía razón.
—No es gracioso —susurró Maeve.
—Un poco sí.
Y la siguió.
La oficina del director era exactamente lo que esperaba.
Oscura. Ordenada. Intimidante.
El tipo de lugar donde el aire parece más pesado solo por existir.
El hombre detrás del escritorio no levantó la mirada de inmediato.
Allegra esperó.
Uno, dos, tres segundos.
Finalmente, él habló.
—Señorita Vance.
Su voz era baja. Controlada.
—Director —respondió ella.
Él levantó la vista.
Ojos grises. Fríos. Evaluadores.
—¿Sabe por qué está aquí?
Allegra cruzó las manos frente a ella.
—Tengo una ligera sospecha.
—Ilústreme.
—Mi interpretación creativa del uniforme.
Silencio.
El director la observó unos segundos más.
—No es creativa.
—Eso es subjetivo.
—No lo es.
Allegra contuvo una sonrisa.
—Empiezo a notar un patrón.
El director se recostó ligeramente en su silla.
—Este lugar no funciona bajo sus reglas.
—Eso sería un alivio, considerando que no tengo ninguna.
—Tiene demasiadas.
Touché.
Allegra sostuvo su mirada.
—Entonces supongo que tendremos que encontrar un punto medio.
—No.
Directo.
—Usted se adaptará.
—O…
—No hay “o”.
Silencio.
Allegra inclinó ligeramente la cabeza.
—Entiendo.
—Me alegra.
—No dije que fuera a hacerlo.
El aire cambió.
Apenas.
Pero lo suficiente.
El director entrelazó las manos.
—Entonces aprenderá por las malas.
Allegra sonrió.
—Suelen ser las mejores.
Un segundo de silencio.
—Está castigada.
—Qué sorpresa.
—Después de clases.
—Perfecto. Tenía planes aburridos.
—Los cambiará.
Allegra asintió, como si todo fuera parte de un acuerdo elegante.
—¿Algo más?
El director la observó un último momento.
—Sí.
Ella levantó una ceja.
—Esto no es California.
Allegra sonrió, apenas.
—Lo noté por el clima.
No hubo respuesta.
Solo una mirada.
Una de esas que prometen problemas futuros.
Allegra giró y salió de la oficina sin esperar ser despedida.
Cuando volvió al pasillo, Maeve la estaba esperando.
—¿Sigues viva? —preguntó de inmediato.
—Apenas.
—¿Qué pasó?
Allegra caminó a su lado.
—Digamos que tengo una cita esta tarde.
—¿Con quién?
Allegra sonrió.
—Con mi castigo.
Maeve cerró los ojos un segundo.
—Sabía que esto iba a pasar.
—Relájate.
—¿Cómo quieres que me relaje?
—Podría ser peor.
—¿Cómo?
Allegra se encogió de hombros.
—Podría haberme caído bien.
Maeve la miró.
—Eres un desastre.
Allegra sonrió.
—Pero uno entretenido.
Y por primera vez desde que había llegado, Maeve no pudo evitar reír.
Aunque, en el fondo, ambas sabían que esto… apenas estaba empezando.