**Una promesa sellada con sangre y eternidad.**
Tras la traición de su prometido, Cecil intenta concentrarse en lo único que siempre le ha dado sentido a su vida: la medicina. Como parte de una comisión médica de Oxford, viaja al reino de Kratos, sin imaginar que aquel viaje cambiará su destino para siempre.
Desde su llegada, extraños sueños y recuerdos que no le pertenecen comienzan a atormentarla. Al mismo tiempo, se siente inexplicablemente atraída por el rey Azharel, un hombre tan poderoso como enigmático, cuyos ojos parecen guardar el dolor de siglos enteros.
Lo que Cecil ignora es que su historia con Azharel comenzó mil años atrás, cuando él era un príncipe vampiro que renunció a todo por amor. Separados por la tragedia y la muerte, una promesa sellada con sangre y eternidad los mantuvo unidos a través del tiempo.
Ahora, mientras los secretos del pasado resurgen y antiguos peligros vuelven a despertar, Cecil deberá descubrir quién fue realmente y por qué el rey vampiro la mira como si hubiera esperado mil años para volver a verla.
Una apasionante historia de amor, destino y reencarnación, donde ni siquiera la muerte puede romper los lazos de un amor eterno.
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Tráiganme vino.
Azharel llevaba a Merida sobre su hombro, mientras que en una de sus manos sostenía a Mi Lord, tomado de la piel de la parte trasera del cuello. El pequeño león albino pataleaba en el aire, moviendo sus pequeñas patas y soltando pequeños rugidos de protesta.
Imelda caminaba delante de ellos.
A medida que avanzaban por las torres, las brujas que trabajaban en los jardines, preparaban hierbas y transportaban frascos se detenían a observar la extraña escena.
La bruja mayor les lanzó una mirada severa.
—¿Qué miran? Vuelvan a sus labores.
Todas reaccionaron de inmediato.
—Sí, señora Imelda.
Las jóvenes regresaron a sus tareas, aunque algunas seguían mirando de reojo al príncipe vampiro.
Finalmente llegaron a la torre donde dormía Merida.
Era una torre destinada a las brujas más jóvenes, aquellas que todavía no habían desarrollado por completo sus poderes.
Al entrar, varias muchachas se quedaron inmóviles observando la escena.
Imelda habló con rapidez.
—Se desmayó. Traigan algo.
Las jóvenes se movieron de inmediato.
—Sí, señora.
Imelda abrió la puerta de la habitación de Merida y le hizo una seña a Azharel para que entrara.
Azharel cruzó la puerta y se quedó observando el lugar.
Era una habitación sencilla y acogedora.
Había flores secas decorando algunas paredes, una pequeña estantería llena de libros, varios frascos de cristal y algunas plantas colgando cerca de la ventana.
La cama era amplia y estaba cubierta con una colcha clara bordada con pequeñas flores.
Azharel caminó hasta ella y depositó a Merida con cuidado.
Imelda la acomodó sobre las almohadas.
Entonces Azharel soltó a Mi Lord.
El pequeño león cayó al suelo y, sin perder un segundo, corrió hacia la cama.
Trepo por las cobijas, luego por el pecho de Merida y escondió la cabeza en su cuello.
En ese momento, varias jóvenes entraron cargando algunos frascos.
Imelda tomó uno de ellos, roció un pañuelo y lo colocó sobre la nariz de Merida.
Otra joven empapó un pañuelo con una poción diferente y lo puso sobre su frente.
Una tercera intentó tomar a Mi Lord.
—Vamos, Mi Lord, déjala descansar.
Lo colocó en el suelo.
Pero apenas tocó el piso, el pequeño felino volvió a subir a la cama y se pegó a Merida.
Otra muchacha intentó bajarlo.
—Basta, Mi Lord, déjala.
Pero él regresó otra vez.
Azharel observó la escena durante unos segundos y luego se acercó.
Tomó al cachorro por la piel del cuello.
Mi Lord volvió a patalear en el aire.
—Grrrr.
Movía las patas, lanzando pequeños zarpazos al vacío.
Las jóvenes lo miraban divertidas.
—Es muy travieso.
—Demasiado.
—Pero quiere mucho a Merida.
Azharel lo observó un instante.
—Eso ya lo noté.
Poco a poco, Merida comenzó a abrir los ojos.
Parpadeó varias veces.
Lo primero que vio fue a Imelda.
—Mi señora... tuve un sueño...
Luego levantó la mirada.
Sus ojos se fijaron al frente.
Vio a Azharel.
Y su rostro perdió todo el color.
—No es un sueño...
Sus ojos se cerraron nuevamente.
Y se volvió a desmayar.
Toda la habitación quedó en silencio.
Las jóvenes se quedaron inmóviles.
Imelda cerró los ojos y suspiró.
Azharel la miró unos segundos.
Luego habló.
—¿Siempre hace eso?
Imelda suspiró de nuevo.
—No.
Miró a Merida.
—Solo cuando el susto es demasiado grande.
En ese momento, Mi Lord volvió a patalear.
—Grrrr.
Azharel bajó la mirada.
El pequeño león seguía suspendido en el aire, moviendo las patas con indignación.
—Y este gato no deja de pelear.
Mi Lord respondió inmediatamente.
—¡Grrrr!
Una de las jóvenes soltó una pequeña risa.
—Príncipe, no le diga gato.
Azharel levantó una ceja.
—¿Y cómo se llama?
Todas respondieron al mismo tiempo.
—Mi Lord.
Azharel se quedó en silencio unos segundos.
Miró al pequeño león.
Luego miró a Merida desmayada.
Y, por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Claro... Mi Lord.
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Imelda siguió revisando a Merida.
Le tomó el pulso, observó su respiración y acomodó una de las almohadas detrás de su cabeza.
Luego suspiró.
—Necesita descansar. La dejaremos un momento.
La mirada de Azharel seguía fija en Merida.
Imelda lo observó unos segundos.
Había notado que, desde que la había llevado hasta la habitación, el príncipe apenas había apartado la vista de ella.
La bruja mayor se levantó de la cama y habló.
—Vamos, príncipe. Gracias por su ayuda y me disculpo por su ofensa. Cuando despierte me aseguraré de corregir su mal comportamiento y, además, le ofrecerá una disculpa.
Azharel no respondió de inmediato.
Continuó mirando a Merida.
La joven estaba profundamente dormida, con el cabello castaño extendido sobre la almohada.
Unos segundos después, desvió la mirada hacia Imelda.
—Que vaya a mi torre. Quiero escuchar sus disculpas en persona.
Hizo una pequeña pausa.
—Y en silencio.
Luego miró al pequeño león, que seguía pataleando en el aire.
—Y en cuanto al gato...
Mi Lord respondió enseguida.
—¡Grrrr!
Azharel levantó una ceja.
—Si su disculpa me convence, se lo devolveré.
Miró al pequeño felino.
—O lo haré tapete.
—¡Grrrr!
Las jóvenes brujas abrieron los ojos.
Una incluso llevó sus manos a la boca.
Mi Lord pataleaba furioso, lanzando pequeños zarpazos al aire.
Azharel, sin embargo, parecía completamente indiferente.
Dicho eso, salió de la habitación.
El pequeño león seguía rugiendo con indignación mientras colgaba de su mano.
—¡Grrrr!
—¡Grrrr!
Imelda observó cómo desaparecía por el pasillo.
Luego cerró la puerta.
Las jóvenes la miraron.
La bruja mayor suspiró profundamente.
—Tráiganme vino.
Las muchachas se quedaron inmóviles.
Imelda comenzó a masajearse las sienes.
—El más fuerte que tengan.
Una de las chicas preguntó con timidez.
—¿El de las celebraciones?
—Más fuerte.
—¿El de las reuniones de invierno?
—Más fuerte.
Otra joven abrió los ojos.
—¿El que guardamos para emergencias?
Imelda la señaló.
—Ese mismo.
Las muchachas salieron corriendo.
Imelda volvió a mirar a Merida.
La joven seguía profundamente dormida.
—Por todos los espíritus del bosque...
Se llevó una mano al rostro.
—¿Cómo es posible que, en un solo día, hayas llamado idiota al príncipe vampiro, lo hayas golpeado, lo hayas besado y luego hayas vuelto a llamarlo idiota?
Las demás jóvenes abrieron los ojos.
—¿Lo besó?
—¿Merida?
—¿Al príncipe?
Imelda levantó una mano.
—Silencio.
Todas guardaron silencio de inmediato.
La bruja mayor volvió a suspirar.
—No sé qué es peor, que lo haya besado o que se haya enterado hace cinco minutos de que era un príncipe.
Las jóvenes comenzaron a mirarse unas a otras.
Una susurró.
—Ahora entiendo por qué se desmayó.
Otra respondió.
—Yo también me habría desmayado.
Imelda volvió a masajearse las sienes.
—Y ahora tendré que explicarle que el príncipe vampiro tiene secuestrado a su león.
Las chicas guardaron silencio.
Una de ellas habló.
—¿Y si se enoja?
Imelda soltó una pequeña risa cansada.
—Merida ya estaba enojada.
Otra preguntó.
—¿Y si vuelve a insultarlo?
Imelda cerró los ojos.
—Entonces necesitaré otra botella de vino.
Las jóvenes no pudieron evitar reír.
Mientras tanto, Merida seguía profundamente dormida, completamente ajena al hecho de que el príncipe vampiro se había llevado a Mi Lord y estaba esperando una disculpa en su torre.
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Azharel llegó a su torre y cerró la puerta detrás de él.
Luego soltó a Mi Lord.
El pequeño león albino cayó sobre sus cuatro patas y, sin perder un segundo, salió corriendo hacia la puerta.
Se puso en dos patas.
Empujó.
Nada.
Volvió a empujar.
Nada.
—Grrr.
Azharel caminó hasta una silla y se sentó.
Apoyó un brazo sobre el reposabrazos y se quedó observándolo.
—Tranquilo, gato.
Mi Lord se detuvo.
Volteó lentamente.
Lo miró.
Su pequeño pelaje se erizó.
—¡Grrrr!
Le lanzó un pequeño zarpazo al aire.
Azharel levantó una ceja.
—Qué carácter.
Entonces el pequeño salió corriendo.
Buscó un lugar donde esconderse y encontró un mueble.
Metió la cabeza.
Luego las patas delanteras.
Pero su pancita no pasó.
Las patas traseras comenzaron a moverse desesperadamente.
—¡Grr! ¡Grr!
Azharel lo observó unos segundos.
Luego negó con la cabeza.
—¿Cómo sobrevives tú solo?
Se levantó.
Caminó hasta el mueble.
Lo levantó un poco.
Mi Lord salió disparado.
Corrió hacia el otro lado de la habitación.
En su huida tiró un pergamino.
Luego un pequeño libro.
Después una caja de madera.
Todo cayó al suelo.
—¡Grrrr!
Azharel soltó un suspiro.
—Eres un desastre.
El cachorro no lo escuchó.
Siguió buscando dónde esconderse.
Esta vez se metió detrás de una silla.
Pero dejó la mitad del cuerpo afuera.
Azharel lo miró.
—Te veo.
Mi Lord se movió más.
Ahora solo dejó la cola afuera.
—Y sigo viéndote.
La cola desapareció.
Pasaron unos segundos.
Una oreja apareció.
Desapareció.
Luego apareció un ojo.
Y volvió a esconderse.
Azharel soltó una pequeña risa.
—No eres muy bueno ocultándote.
—¡Grrrr!
La respuesta fue inmediata.
Mi Lord salió corriendo otra vez.
Esta vez encontró la enorme alfombra negra.
Metió la cabeza debajo de ella.
Luego el cuerpo entero.
La alfombra quedó ligeramente levantada y un pequeño bulto se movía debajo.
Azharel lo observó.
Pudo ver perfectamente dónde estaba.
Pero decidió seguirle el juego.
Cruzó los brazos.
—Vaya...
La habitación está vacía.
La alfombra se movió.
—Qué extraño.
La alfombra volvió a moverse.
—Juraría que había un gato por aquí.
La alfombra dio un pequeño salto.
Azharel sonrió.
—Pero no lo veo.
Debajo de la alfombra, Mi Lord permaneció inmóvil.
Solo la punta de su cola blanca sobresalía.
Azharel la observó.
Y sonrió un poco más.
—No, definitivamente no lo veo.
La cola desapareció de golpe.
Entonces el príncipe se recostó en la silla.
Y murmuró para sí mismo.
—Ya entiendo por qué eres importante para ella.
La alfombra se movió un poco.
Mi Lord seguía ahí debajo.
Escondido.
Asustado.
Esperando que Merida apareciera en cualquier momento para rescatarlo.
Azharel lo observó unos segundos y sonrió.
—Está bien, gato.
Quédate ahí.
No voy a sacarte.
Debajo de la alfombra se escuchó un pequeño y desconfiado:
—Grrr.
………………………………………………………………………………………
Merida abrió los ojos lentamente.
Miró el techo durante unos segundos.
Todo volvió a su mente de golpe.
El príncipe.
El cachorro.
El beso.
El desmayo.
Entonces levantó la cabeza.
Frente a ella estaba Imelda, sentada en una silla, sosteniendo una botella.
Merida se incorporó de golpe.
Pero el mareo la hizo tambalearse.
Se sostuvo de la cama y, poco a poco, recuperó el equilibrio.
Imelda se levantó de la silla.
Caminó hasta la cama y se sentó a su lado.
Luego la miró fijamente.
—Cuéntame todo.
Merida abrió la boca.
—Mi señora, yo...
Imelda levantó una mano para detenerla.
—Empieza a contarme todo desde el principio.
Hizo una pausa.
—Porque el príncipe Azharel quiere que vayas a su torre a ofrecerle una disculpa.
Merida tragó saliva.
Imelda continuó.
—Y espera que sea una disculpa convincente.
Merida abrió los ojos.
—¿Qué pasa si no lo es?
Imelda tomó un pequeño sorbo de la botella.
—Convertirá a tu querido Mi Lord en un tapete.
Merida abrió los ojos de golpe.
Miró toda la habitación.
—¿Dónde está Mi Lord?
Imelda sonrió.
—Se lo llevó.
Merida iba a levantarse de inmediato.
Pero Imelda la detuvo, sujetándola del brazo.
—Primero me vas a contar todo.
Merida se volvió a sentar.
Asintió.
Y comenzó a relatar todo.
Le contó sobre la aldea.
La niña perdida.
La búsqueda en el bosque.
El hombre herido.
La flecha.
La cueva del dragón.
Cómo lo ayudó a sacar la flecha.
La lluvia.
El establo.
Y el beso.
Imelda abrió los ojos.
Luego apoyó la botella sobre una pequeña mesa.
Permaneció unos segundos en silencio.
Finalmente habló.
—Lo de la aldea fue el destino.
Merida la miró.
Imelda suspiró.
—Y lo de hoy...
Cerró los ojos unos segundos.
—Ese maldito peludo.
Merida bajó la mirada.
Imelda continuó.
—Cuando te lo regalé, pensé que al crecer podría protegerte siempre.
La señaló con el dedo.
—Siempre estás yendo a la aldea, metiéndote en el bosque y poniendo a los demás por encima de ti.
Merida bajó un poco más la cabeza.
—Con un león grande, nadie pensaría en lastimarte.
Hizo una pausa.
—Pero mira, terminó metiéndote en problemas.
Merida negó rápidamente.
—No fue su culpa.
Imelda la miró.
Y le dio un pequeño golpe en la cabeza.
—¡Ay!
—Niña, ¿cómo se te ocurre besar a un vampiro?
Merida se llevó una mano a la cabeza.
—No sabía quién era.
Imelda suspiró.
—Aunque solo hubiera sido un hombre cualquiera, no puedes besarlo así.
Merida la miró.
Imelda continuó.
—Las personas pensarán que eres una mujer fácil.
Merida bajó la mirada.
—Lo siento.
Sus dedos comenzaron a jugar nerviosamente con la tela de su vestido.
—Aceptaré cualquier castigo.
Imelda la observó unos segundos.
Luego soltó un suspiro.
—Claro que habrá un castigo.
Merida levantó la cabeza.
Imelda señaló la mesa.
—Ahora vas a comer algo.
—Pero...
—Nada de peros.
Tomó la botella y la dejó a un lado.
—No has comido en toda la mañana.
Merida suspiró.
—Sí, señora.
Imelda se levantó.
—Comerás.
—Sí, señora.
—Y después iremos a la torre del príncipe.
Merida se puso pálida.
—Sí... señora.
Imelda comenzó a caminar hacia la puerta.
Pero se detuvo.
Sin voltearse, habló.
—Y, Merida...
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
Imelda soltó un pequeño suspiro.
—La próxima vez que quieras besar a alguien...
Merida abrió mucho los ojos.
—¡Mi señora!
Imelda la miró de reojo.
—Asegúrate primero de saber quién es.
Merida se tapó el rostro con ambas manos.
—¡Qué vergüenza!
Imelda soltó una pequeña risa.
—Sí, bastante.
Merida se dejó caer sobre la cama.
—No quiero ir a la torre del príncipe.
Imelda sonrió.
—Pues tendrás que ir.
Merida suspiró profundamente.
Y entonces recordó algo.
—Mi Lord...
Imelda la miró.
—Sí, ve a rescatar a tu hijo.
Merida abrió los ojos.
—No es mi hijo.
Imelda sonrió.
—Entonces deja de preocuparte como si lo fuera.
Merida volvió a suspirar.
Porque sabía dos cosas.
La primera: debía recuperar a Mi Lord.
Y la segunda, mucho peor.
Debía volver a ver al príncipe vampiro al que había llamado idiota... y había besado.
y el no cae en cuenta como es manipulado por ella , ciego por no querer ser menos en un mundo donde las bestias tienen poder y eso le va a jugar en contra 🤔
y el rey segado por el dolor tomando malas decisiones😡😡