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IMPERIO DE CRISTAL " LA REYNA DE MAXIMILIAN"

IMPERIO DE CRISTAL " LA REYNA DE MAXIMILIAN"

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."

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Capítulo 4: El Voto de Piedra y Oro

Las campanas de la Gran Catedral de San Marcos repicaban con una fuerza que hacía vibrar los cristales de los rascacielos circundantes. No era una boda común; era un evento de estado. La fachada del templo antiguo estaba adornada con cascadas de flores blancas y drones de seguridad que sobrevolaban la zona, vigilando que ningún curioso perturbara la entrada del hombre más rico del mundo.

Maximilian esperaba en el altar. Bajo los techos abovedados y los frescos que narraban historias de mártires, su figura se veía titánica. Vestía su bisht de seda blanca con bordados de oro, una prenda que contrastaba con la piedra fría de la catedral. Sus manos grandes estaban entrelazadas al frente, y sus ojos café escaneaban el pasillo central con una mezcla de impaciencia y una posesividad que no podía ocultar. No estaba allí por fe; estaba allí para que Dios y los hombres fueran testigos de que Amara ahora le pertenecía.

Cuando las puertas pesadas de roble se abrieron, el aroma a incienso se mezcló con el perfume de las miles de orquídeas que adornaban los bancos. Amara entró del brazo de su padre. El velo de encaje finísimo cubría su rostro, pero no podía ocultar la rigidez de sus hombros. Su vestido, una joya de seda y cuentas de oro, pesaba tanto que cada paso parecía un esfuerzo sobrehumano.

Al llegar al altar, Maximilian tomó su mano. Sus dedos eran largos y cálidos, envolviendo los de ella con una firmeza que Amara sintió como un grillete. Durante toda la misa, ella no lo miró ni una vez. Sus labios pronunciaron los votos de manera mecánica, una mentira sagrada que resonaba en las paredes de piedra.

—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre —sentenció el sacerdote.

Maximilian levantó el velo de Amara. Sus ojos se encontraron: los de él, llenos de un fuego oscuro; los de ella, empañados por un odio silencioso. El beso frente al altar fue breve, pero Maximilian la sujetó por la nuca con tal fuerza que ella supo, en ese instante, que el contrato era absoluto.

La Traición en la Cumbre

La recepción se celebró en el piso cien de la Torre Ra, donde el lujo tecnológico se encontraba con la opulencia egipcia. Mientras los invitados celebraban la unión, Amara buscaba desesperadamente una salida. El peso de la corona de oro que llevaba en la cabeza empezaba a darle jaqueca.

—No te apartes de mi lado, esposa —le susurró Maximilian al oído, su aliento rozando su piel canela—. El mundo está mirando.

Pero el destino quiso que Maximilian fuera llamado por un grupo de inversores extranjeros. Fue en esos diez minutos de descuido cuando Amara se escabulló hacia el área de los ascensores de servicio en el nivel 40.

Allí estaba Dario. El joven empleado temblaba, mirando hacia todos lados.

—¡Amara! Pensé que no vendrías después de la iglesia… —dijo él, abrazándola con desesperación.

—Vámonos, Dario. Sácame de aquí —suplicó ella, besándolo con una angustia que sabía a lágrimas.

Ese beso, el plan de huida, las palabras de amor… todo fue visto por Khalid, el mejor amigo y jefe de seguridad de Maximilian. Khalid no intervino; simplemente grabó la escena y se la envió directamente al dispositivo de su jefe.

El Despertar de la Furia

La puerta de la suite nupcial en la mansión de Maximilian se abrió con una violencia que hizo que Amara saltara del sofá. Maximilian entró con el rostro transformado por una rabia que ella nunca había visto. En su mano, estrujaba el teléfono donde acababa de ver la traición.

—¿Así es como me agradeces, Amara? —su voz era un rugido contenido—. ¿En la misma noche de nuestra boda, con el incienso de la iglesia aún en tu cabello, te besas con un empleado?

—¡Él me ama! ¡Tú solo me compraste! —gritó ella, retrocediendo hacia la recámara principal.

Maximilian la tomó por el brazo con una fuerza bruta y la arrastró hacia la habitación. Amara luchó, arañando sus manos grandes, pero él era una fuerza imparable. La arrojó sobre la cama inmensa, y antes de que ella pudiera levantarse, la mano de Maximilian impactó contra su mejilla en una bofetada seca que la dejó aturdida.

—¡Cállate! —gritó él, su pecho subiendo y bajando con una respiración agitada—. Me humillaste frente a mi mejor amigo. Me pagaste con la traición más barata el haber salvado a tu familia de la ruina.

Amara lloraba, tocándose la mejilla que ardía. Maximilian se despojó del bisht de oro, revelando sus hombros anchos y sus brazos marcados. Amara le pregunto, - que haces- el Se lanzó sobre ella con una posesividad ciega, movido por el orgullo herido y un deseo que se había podrido por la rabia. Ella le dijo _ No estoy preparada_ Maximilian se burlo, le dijo te compré eres mercancía usada pero ahora serás mía esta noche.

La toma fue violenta, un acto de dominio donde él quería borrar el rastro de cualquier otro hombre. En su furia, Maximilian no escuchaba las súplicas de ella, solo su propio latido acelerado. Pero de repente, sintió la resistencia, el dolor real de ella y el rastro de sangre en las sábanas de seda blanca.

Se detuvo en seco, con el corazón martilleando contra sus costillas. La miró a los ojos, que estaban nublados por el llanto y el terror. Maximilian se dio cuenta en ese instante de la verdad: ella era virgen. Ni el viejo Kedar ni el empleado la habían tocado. Él era el primero, y lo había hecho en medio de una tormenta de odio.

Se quedó sobre ella, inmóvil, sintiendo el calor de su cuerpo y la sangre que manchaba su propia piel. La bofetada, la fuerza, la traición… todo pesaba ahora como el plomo. Maximilian, el hombre que creía poseerlo todo, acababa de descubrir que el cuerpo de su reina era suyo, pero que después de esa noche, su corazón probablemente nunca lo sería.

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