El agua no solo está subiendo… está “vivo” de alguna forma.
A veces no ataca directamente, pero se comporta de manera antinatural, como si siguiera a las personas, como si eligiera y empezará a crear consciencia.
Nadie sabe si es un fenómeno natural… o algo más, algo que se esconde en lo más profundo.
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¿qué hay bajo el agua?
El silencio que siguió a sus palabras fue tan denso que parecía que el aire se había vuelto más pesado dentro del edificio. Nadie se atrevió a hablar de inmediato. Nadie quiso ser el primero en preguntar, en confirmar lo que todos empezaban a temer.
El hombre se apoyó contra la pared, intentando recuperar el aliento. El agua le escurría por la ropa, formando pequeños charcos debajo de él, que parecían mezclarse con la humedad del suelo, como si todo, incluso dentro del edificio, terminara conectado.
Valeria no apartó la mirada de él. Había algo en su expresión, en la forma en que observaba a su alrededor, como si midiera cada rincón, cada sombra, cada reflejo. No era solo miedo. Era experiencia.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó finalmente el hombre mayor, con la voz más baja de lo habitual.
El recién llegado levantó la mirada lentamente, recorriendo los rostros que lo rodeaban. Se detuvo un segundo en Tomás, que lo observaba fijamente, y luego volvió a los adultos.
—Que no es una inundación —respondió—. O no solamente eso...
Algunas personas negaron de inmediato, como si rechazarlo fuera suficiente para que dejara de ser cierto.
—Eso no tiene sentido —dijo el joven del teléfono—. El agua viene de algún lado.
—Sí —respondió él sin alterarse—. Pero no se está comportando como debería.
Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda, aún así se animó a decir...
—¿Quién eres? —preguntó ella.
El hombre dudó un instante antes de responder.
—Mateo.
—¿De dónde vienes? —insistió alguien más.
Mateo pasó una mano por su rostro mojado, como si intentara ordenar sus pensamientos antes de hablar.
—Estaba en la zona del centro trabajando cuando empezó todo a ponerse… raro. Al principio era como esto. Agua subiendo, gente confundida. Pero después… —se quedó en silencio un segundo, como si las palabras pesaran— después empezó a llevarse a la gente.
Un murmullo incómodo recorrió el grupo. Valeria apretó más a Tomás contra ella.
—Eso ya lo vimos —dijo alguien, recordando al hombre que había desaparecido en la calle.
Valeria lo miró, al menos sabía que no solo ella había visto lo sucedido. Mateo a su vez negó lentamente.
—No. No lo han visto todo.
El ambiente cambió en ese instante. Ya no era solo miedo. Era anticipación.
—Entonces habla —dijo el hombre mayor, con firmeza.
Mateo bajó la mirada un momento, como si reviviera algo que no quería recordar.
—El agua no solo arrastra… reacciona. Se mueve hacia donde hay gente. Se acumula en ciertos lugares sin razón. Y a veces… —tragó saliva— a veces parece que te observa.
Nadie se rió, nadie dijo que estaba loco. Porque todos, en el fondo, ya lo habían sentido.
—Vi a un hombre —continuó—. Estaba parado sobre un coche, tratando de no caer. El agua no llegaba ni a la mitad de la rueda… pero empezó a subir justo alrededor de él. Solo alrededor de él. Como si lo rodeara.
Valeria sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Y qué pasó? —preguntó alguien en voz baja.
Mateo levantó la mirada.
—Algo lo jaló.
El silencio se rompió en respiraciones tensas y entrecortadas.
—¿Algo como qué? —insistió el joven.
Mateo negó lentamente.
—No lo sé. No lo vi… completamente. Pero el agua no se comporta así. No hace eso. No decide.
Fue entonces cuando Tomás se movió ligeramente.
—Sí decide —susurró.
Mateo lo miró otra vez, esta vez con más atención.
—¿Tú también lo notaste?
Valeria sintió que el corazón le latía más rápido.
—Es un niño —intervino rápidamente—. Está asustado.
Pero Mateo no apartó la mirada de Tomás.
—A veces ellos entienden antes que nosotros —dijo en voz baja.
Valeria no respondió, no le gustaba esa idea, Pero era algo en lo que ya había pensado.
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Luego de unos minutos el sonido del agua en la entrada volvió a hacerse presente, más constante ahora, más cercano. El nivel había subido lo suficiente como para cubrir completamente el primer escalón.
El hombre mayor miró hacia abajo y luego hacia los demás.
—No podemos quedarnos aquí.
Esa frase cayó como una verdad inevitable, ya a la mayoría se le podía ver el miedo en los ojos.
—¿Y a dónde vamos? —preguntó alguien—. Todo está igual afuera.
—No —dijo Mateo—. No todo.
Las miradas volvieron a él.
—¿Qué quieres decir?— pregunto el jóven del teléfono.
—Las zonas altas —respondió—. Mientras más arriba, más lento sube. Lo vi. Hay lugares donde el agua tarda más en llegar.
—¿Como qué? —preguntó Valeria.
—Colinas, edificios grandes… pero no va a ser suficiente por mucho tiempo —añadió—. Si esto sigue así, lo único seguro… son las montañas.
La palabra quedó flotando en el aire. Montañas... Eso solo significa una cosa, algo lejos y difícil, pero posible.
—Eso está muy lejos —dijo una mujer, negando con la cabeza—. No podemos llegar hasta allá con niños, sin comida, con esto subiendo.
—Entonces quédate —respondió uno de los hombres que antes revisaban mochilas—. Pero yo no pienso esperar aquí a que eso suba más.
—No sabemos qué hay en el camino —intervino otro.
—Y sabemos perfectamente qué hay aquí —replicó el primero, señalando el agua.
El conflicto volvió a encenderse.
—No podemos salir sin plan —dijo el hombre mayor—. Necesitamos organizarnos.
—Organizarnos para morir más lento —murmuró alguien.
Valeria cerró los ojos un segundo, no podían quedarse, eso lo sabía, lo sentía, miró a Tomás, su hijo estaba observando el agua otra vez, pero esta vez no había solo miedo en su expresión.
Había algo más, como si estuviera escuchando.
—¿Qué piensas? —le preguntó en voz baja.
Tomás tardó en responder.
—Que si nos quedamos… nos va a encontrar.
Valeria sintió un nudo en la garganta, levantó la mirada hacia Mateo, quien también había escuchado las palabras del niño.
—Si salimos —dijo—, ¿sabes hacia donde ir?
Mateo asintió lentamente.
—Hay una vía que todavía no está completamente cubierta. Va hacia las afueras. Si avanzamos lo suficiente, podemos llegar a terreno más alto.
—¿Y cuánto tiempo tenemos? —preguntó el hombre mayor.
Mateo miró hacia la entrada, el agua subió otro centímetro a modo de respuesta.
—No mucho.
La decisión no fue inmediata, pero comenzó a tomar forma. Los murmullos cambiaron, las discusiones se transformaron en planes improvisados, en preguntas más concretas, en intentos de organización.
Algunos se negaban a irse, otros ya estaban listos para salir, el grupo comenzaba a dividirse. Valeria lo notó y supo que eso solo iba a empeorar.
Mientras todos seguían debatiendo... Desde abajo, el agua hizo un sonido distinto.
No como un golpe, no como un movimiento, era algo más profundo, más amplio. Como si algo grande se desplazara lentamente. Todos se quedaron en silencio, mirando, esperando, el agua en la entrada se agitó suavemente y por un instante… Valeria juró ver una forma moverse bajo la superficie.
No definida, no clara, pero imposible de ignorar. Tomás apretó su mano.
—Ya sabe que vamos a irnos.
Valeria tragó saliva.
—¿Quién?
Pero en lo más profundo de su ser ya conocía la respuesta, el niño no apartó la mirada del agua.
—Lo que está dentro.
Y abajo, en la entrada… El nivel volvió a subir, como si respondiera, como si escuchara.