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En Busca De Tu Alma

En Busca De Tu Alma

Status: Terminada
Genre:Romance / Mundo mágico / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:351
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Seré tu cuarto escudo

El calor de las Tierras Calientes no se parecía en nada al frío místico del norte. Aquí, el sol del mediodía caía sobre el desierto como un manto de plomo derretido, haciendo que el horizonte vibrara y las rocas blancas de la meseta profunda parecieran derretirse. Las cuatro monturas avanzaban a paso lento, con las cabezas bajas y las pezuñas levantadas, levantando una estela de polvo fino que el viento de la tarde esparcía por el desfiladero seco.

Estaban lejos. Muy lejos de su destino. El mapa que el ermitaño Toivo les había entregado con sus líneas de tinta roja y estrellas de cuarzo no era el dibujo de un viaje corto; era la ruta hacia el fin del mundo conocido, un laberinto de cañones ciegos, llanuras de sal y riscos olvidados que debían cruzar antes de siquiera divisar las fronteras místicas del Altar. Pero ninguno se quejaba. Cada legua recorrida bajo el sol abrasador, cada noche durmiendo sobre la piedra dura y cada ración de pan seco valía la pena si al final del camino la recompensa era volver a escuchar la risa ruidosa del hechicero rubio.

Lin cabalgaba a la vanguardia, con la túnica de lino abierta en el cuello y el chaleco de cuero cubierto de polvo. Bajo la tela, el diario de Norman descansaba contra su pecho, una presencia pesada y constante que le recordaba por qué seguía empuñando el acero.

—¿Cómo vamos con esa línea, príncipe? —preguntó Lin, sin girar la cabeza, manteniendo sus ojos fijos en el sendero de piedra.

Vetmi espoleó ligeramente a su caballo del Este para colocarse a su lado. El joven príncipe de Yalnizlik sostenía elpergamino de Toivo entre sus manos, frunciendo el ceño mientras comparaba los dibujos místicos con las formaciones de roca rojiza que tenían enfrente.

—El mapa dice que debemos seguir la veta de cuarzo blanco que corta el risco de la izquierda, capitán —respondió Vetmi, apuntando con el dedo hacia una grieta alta—. Toivo marcó este camino como Lizard. Es estrecho, pero nos mantendrá ocultos de las torres de vigilancia que mi padre tiene en el llano principal. Si seguimos este ritmo, cruzaremos la primera llanura de sal antes del anochecer.

Lin asintió con solemnidad, dedicándole una mirada de aprobación al chico.

—Buen trabajo, Vetmi. Tu lectura de los archivos reales nos está ahorrando horas de desvíos. ¿Cómo sientes los brazos?

Vetmi dejó escapar una sonrisa pequeña pero orgullosa, acomodándose el chaleco de cuero viejo que Ettore le había prestado.

—Me duelen, capitán. No voy a mentir. Los ejercicios con la espada pesada que Marcos me puso ayer me dejaron los hombros como si me hubiera pasado una carreta por encima. Pero no me voy a rendir. Quiero estar listo. Si la guardia de mi padre nos alcanza, quiero ser un escudo, no un estorbo.

Ettore se adelantó por la izquierda, haciendo girar una saeta entre los dedos con esa agilidad pícara que siempre aligeraba la pesadez de la marcha.

—No te preocupes por el dolor, príncipe de barro —bromeó el joven arquero—. Marcos es un instructor rudo, es cierto, pero sus golpes enseñan más rápido que los discursos de los sacerdotes. Al menos ya no dejas caer la guardia cada vez que el viento sopla fuerte. Si sigues así, el capitán Lin te dejará llevar una de nuestras capas grises cuando volvamos al norte.

Marcos soltó un bufido corto desde la retaguardia, manteniendo sus ojos analíticos fijos en las laderas superiores del cañón.

—No le infles la cabeza, Ettore. El chico está aprendiendo a pararse, todavía le falta mucho para saber cortar el hierro. Pero tienes razón en algo: su pulso es frío. No se congela cuando el acero viene de frente. Eso no se aprende en los manuales, se lleva en la sangre.

Vetmi se sonrojó levemente por los elogios, pero mantuvo su fijeza real, mirando a Lin de reojo.

—Capitán… ¿puedo hacerle una pregunta? —dijo el joven en voz baja, asegurándose de que su voz no se perdiera con el viento.

—Habla, Vetmi —respondió Lin.

—He estado pensando en lo que nos contó en la cueva, sobre el hechicero Norman. Sobre cómo se convirtió en un pilar de luz para salvar al Rey Lucien y a todos. Usted habla de él con una fuerza que… bueno, en el palacio de mi padre nadie habla de nadie de esa forma. En Yalnizlik el amor es una transacción, una cadena. Pero usted… usted suspira cada vez que toca ese cuaderno. ¿Cómo es él en realidad? Tengo mucha curiosidad por conocer al hombre que logró ablandar el acero de un capitán.

Ettore soltó una carcajada ruidosa que hizo que unos cuervos lejanos volaran desde los riscos.

—¡Te lo dije, Marcos! ¡Hasta el chico se ha dado cuenta! El capitán se convierte en un poeta de taberna cada vez que abre ese diario.

Lin sintió que el calor le subía por el cuello, poniéndose rojo hasta las orejas, pero no regañó al joven arquero. Miró hacia las colinas grises que se extendían en la distancia y su semblante rígido se suavizó por completo, adoptando esa ternura involuntaria que Norman había sembrado en su pecho de soldado.

—Norman es… diferente a todo lo que conoces, Vetmi —dijo Lin, y su voz profunda sonó con una solemnidad dulce—. No es un príncipe de modales finos ni un guerrero que busque la gloria del acero. Es rudo, tiene las manos sucias por el trabajo de la tierra y habla de forma sencilla, sin protocolos. Le encanta contar chistes malos sobre las vacas de su aldea, se queja de la comida de campaña y hace trucos de manos con piedras comunes para hacer reír a los niños refugiados. Él es la luz, Vetmi. Sencilla, pura y terca. Estar cerca de él es como sentir que la primavera está cerca. No es que yo sea blando; es que él me dio una razón para entender por qué vale la pena defender este mundo.

Vetmi escuchaba con los ojos muy abiertos, completamente cautivado por la cadencia de las palabras del capitán.

—Suena a una leyenda, Lin.

—No es una leyenda, es mi hechicero —sentenció Lin, introduciendo la mano bajo su chaleco para rozar el cuaderno—. Y voy a traerlo de vuelta aunque tenga que arrancar ese Faro con mis propias manos.

Marcos detuvo su caballo por un segundo en un recodo del camino, agachándose para examinar el suelo de tierra suelta antes de reanudar la marcha. Su rostro curtido se volvió serio de golpe.

—Lin… tenemos huellas frescas de herraduras pesadas en el desfiladero derecho. No son de comerciantes locales. El hierro es grueso y profundo. La guardia de Yalnizlik estuvo aquí hace menos de un día.

La tensión regresó al grupo en un parpadeo. Ettore guardó la saeta en su aljaba y tomó la ballesta pesada con firmeza, mientras Vetmi apretaba los dientes, sintiendo el peso de la realidad sobre sus hombros.

—Armoton —dijo Lin, y su voz recuperó la frialdad —. El Verdugo sabe que burlamos su primera emboscada y está movilizando a sus jinetes de hierro en un perímetro más amplio. ¿A qué distancia estimas que están, Marcos?

El cazador veterano miró hacia los riscos del sur, analizando la dirección del viento y el estado del polvo.

—Dos días, tal vez tres. Armoton es un gigante con maza pesada, pero sus jinetes de hierro cargan armaduras completas que hacen que sus caballos se cansen rápido en esta arena. Nosotros tenemos la mayor ventaja en monturas; son más ligeras y rápidas. Si seguimos el mapa de Toivo por los senderos ciegos, podremos mantener la distancia, pero no podemos permitirnos un solo error en el camino. Si nos detenemos a descansar más de la cuenta, el Verdugo nos tendrá acorralados contra las piedras de la meseta.

—No nos vamos a detener —sentenció Lin con una firmeza que infundió seguridad en el joven príncipe—. Vetmi, sigue guiando la línea. Marcos, mantén el rastreo en la retaguardia. Ettore, vigila las alturas. Cruzaremos la llanura de sal antes de que la noche caiga.

Los días empezaban a hacerse cada vez más largos en el sur. El sol parecía congelarse en lo alto del cielo, castigando sus cuerpos cansados con una luz abrasadora que no daba tregua. La caminata por la arena y las piedras era una tortura de catorce horas diarias sobre la silla de montar, pero el frente unido de la pequeña unidad se mantenía intacto. Al caer la noche, la temperatura de la meseta profunda se desplomó de golpe, trayendo un frío que congelaba el agua de las vasijas de barro.

Se refugiaron en una pequeña grieta natural de la roca rojiza, un rincón estrecho que apenas los protegía del viento del sur que silbaba con fuerza entre los riscos. No encendieron fuego; el humo del desierto delataría su posición ante los exploradores de Armoton que patrullaban las colinas lejanas. Compartieron unos trozos de carne ahumada, pan duro y agua clara que Marcos había filtrado.

Vetmi se quedó dormido casi de inmediato en su jergón de mantas viejas, agotado por las horas de cabalgata y los ejercicios de espada. Ettore y Marcos se colocaron cerca de la entrada de la grieta, con las ballestas listas, iniciando el primer turno de vigilia de la noche en un silencio tenso y profesional.

Lin se acomodó en el rincón más oscuro de la cueva. Se sentó en el suelo de piedra dura, apoyando la espalda contra la roca fría. Sacó el diario chamuscado de Norman de su pechera de cuero civil, tomó la pluma de ganso y el tintero de piedra, y abrió el cuaderno bajo la luz tenue de las estrellas que se filtraba por la abertura superior de la grieta.

Empezó a escribir la entrada de esa noche de vigilia:

“Marcha hacia el sur. Hemos dejado atrás la Garganta del Cuervo. El desierto es inmenso, Norman, lleno de piedras blancas que huelen a sal antigua y cañones oscuros donde el viento no deja de rugir. El hermano de Vetmi, Armoton, nos sigue los pasos con sus jinetes de hierro. Marcos dice que están a tres días de distancia, pero no les tengo miedo. Nos hemos mimetizado con ropas de tejedores y pastores, y el joven príncipe nos está ayudando a leer el mapa místico que el viejo Toivo nos dio. El chico quiere aprender a pelear; ayer le enseñé las primeras posiciones de la guardia y hoy ha mantenido el acero firme contra mi tajo. Le he hablado de ti, rubio. Le dije que eras un tonto terco que hacía reír a las piedras  y que tu sonrisa era el único lugar donde mi alma podía descansar. Los días se hacen largos y el sol quema la piel, pero cada legua de esta arena es una legua menos que me separa de tu Faro. Sigo sintiendo el calor de tu marca en mi palma, un latido constante que me dice que tu luz no me ha abandonado en medio de esta inmensidad muerta. Duerme tranquilo en tu Manantial; tu caballero sigue en el camino, y no voy a detenerme hasta que tus ojos se abran frente al sol de nuestro reino”.

Lin sopló la tinta negra para secarla con una delicadeza extrema. Cerró el cuaderno, lo guardó con cuidado contra su pecho bajo su chaleco de cuero viejo y se cruzó de brazos, cerrando los ojos para intentar descansar unas horas antes del amanecer. El cansancio acumulado de días de marcha forzada finalmente lo arrastró hacia las profundidades del sueño.

Pero este sueño fue diferente a todos los anteriores. El silencio de la cueva desapareció de golpe, y Lin sintió que ya no estaba en la meseta profunda de Yalnizlik.

Se encontraba caminando por un pasillo infinito hecho de una luz dorada y plateada, un lugar que no tenía paredes ni suelo, sino una neblina densa y templada que olía a flores silvestres y a lluvia de verano. Era el plano astral. El Mar del que Alma le había hablado en la gruta. Lin caminaba despacio, sintiendo que su cuerpo estaba ligero, desprovisto del peso de la armadura y del chaleco de cuero.

De entre la neblina dorada que flotaba en el aire, una figura apareció caminando hacia él.

Era Norman.

El hechicero no vestía su ropa habitual; llevaba una túnica de lino blanco inmaculado que flotaba con un viento invisible, y sus cabellos rubios brillaban como hilos de oro puro bajo una claridad que no pertenecía a este mundo. Sus mejillas estaban sonrosadas, sus labios delgados tenían un tono vivo y sus ojos brillaban con esa misma intensidad pícara y terca que Lin recordaba.

Norman se detuvo a un paso de él. Le dedicó esa sonrisa ruidosa y fácil que siempre desarmaba la rigidez del capitán, rompiendo todo el protocolo militar del universo con un solo gesto.

—Te has tardado un poco, ¿no crees, capitán? —dijo Norman, y su voz resonó en la cabeza de Lin como una melodía suave, limpia de todo el dolor del sacrificio—. Te escucho escribir en ese cuaderno todas las noches. Tus informes militares son los poemas más extraños que he oído, pero me gusta que me cuentes cómo cambian los árboles a medida que vas hacia el sur.

Lin sintió que un nudo de emoción pura le cerraba la garganta. Dio un paso rápido, acortando la distancia entre ambos, extendiendo sus manos grandes para tocar el rostro del hechicero, temeroso de que fuera solo una alucinación del desierto. Al contacto, la piel de Norman estaba templada, viva, cargada de una energía eléctrica que sacudió el plano espiritual.

—Norman… —susurró Lin, con la voz rota—. He venido por ti. No voy a dejar que te quedes en este mar.

—Lo sé, Lin —respondió Norman, su mirada volviéndose profunda, cargada de una devoción eterna que Lin nunca antes había visto en él de forma—. Sé que estás cruzando el infierno entero por mí. Siento tu marca en mi palma cada vez que aprietas el puño en el camino. Por eso he venido a buscarte en esta vigilia. Necesito darte la fuerza para el final del viaje.

Norman no esperó a que Lin respondiera. Con esa valentía impulsiva que lo caracterizaba, el hechicero de luz dio un paso decisivo, eliminando la última distancia que los separaba. Levantó sus manos y tomó a Lin por el cuello de su túnica invisible, atrayéndolo hacia sí con una fuerza descomunal que desarmó al soldado.

El beso comenzó con una ternura infinita. Los labios de Norman se presionaron contra los de Lin en un contacto suave, templado, un roce de lino y flores que pareció borrar de golpe el cansancio de la marcha por la arena. Era el beso que Lin había guardado en su pecho en el fondo de la gruta del Manantial, el beso que se había prometido entregar frente al sol del norte. Norman lo estaba reclamando en medio del Mar astral.

Pero la ternura duró solo un segundo.

La pasión acumulada por el sacrificio, el miedo a la distancia eterna y el hambre de dos almas que se sabían unidas por el destino estallaron en medio del contacto. El beso se volvió salvaje, feroz, desesperado. Norman abrió los labios con una urgencia primitiva, buscando la lengua de Lin en una batalla de deseo puro que amenazó con consumir el plano astral entero. Sus lenguas se encontraron con una fricción eléctrica, saboreándose con la sed de quienes han cruzado un desierto de siglos solo para volver a respirar juntos.

Norman enredó sus dedos en el cabello de Lin, tirando con fuerza, obligando al capitán a profundizar el contacto, mientras Lin rodeaba la cintura del hechicero con sus brazos poderosos, pegando el cuerpo de Norman contra el suyo con una posesividad salvaje. El calor que emanaba de Norman era un incendio real que quemaba las venas del guerrero; ya no era el granjero tímido que se sonrojaba por un cumplido en el campamento de las hogueras. Aquí, en la intimidad de la vigilia, el Hechicero del Sol reclamaba a su caballero con una intensidad dominante que hizo que Lin dejara escapar un gemido ahogado en su boca.

Se devoraban mutuamente, sus respiraciones mezclándose en el aire de luz, sellando un pacto de fuego que ninguna ley de los hombres o de los dioses podría volver a apagar con sus cadenas de hierro frío. El placer fue una ráfaga cegadora que recorrió el alma de Lin, que le devolvió toda la vida a sus músculos cansados.

Lin se despertó de un salto, incorporándose de golpe en la penumbra de la grieta de piedra gris.

Tenía el cuerpo empapado en sudor frío y la respiración entrecortada, como si hubiera estado corriendo una jornada entera por las colinas. El sonido del viento del sur seguía silbando en las rocas exteriores, y el frío gélido de la noche de Yalnizlik llenaba la cueva, pero dentro de su cuerpo, el incendio del beso de Norman seguía ardiendo con una fuerza brutal. Instintivamente se llevó la mano derecha a los labios, sintiendo todavía el rastro de la humedad y el calor abrasador del hechicero de luz.

De repente, una vibración intensa recorrió su mano derecha. Al bajar la vista en la penumbra, Lin vio cómo la marca dorada de su palma estaba brillando con una intensidad cegadora, una luz dorada pura que traspasaba la tela de su guante de cuero. La marca vibraba con fuerza, pura energía mística que parecía empujarlo físicamente hacia las fronteras del sur profundo. No era una advertencia de peligro; era una llamada de urgencia. El Altar estaba reaccionando al beso de la vigilia, exigiendo su presencia.

Ettore y Marcos se giraron hacia él de golpe desde la entrada de la grieta, alertados por el movimiento brusco de su líder. Marcos tenía el machete desenvainado y Ettore ya apuntaba su ballesta pesada hacia las sombras del camino inferior.

—¡Lin! ¡¿Qué pasa?! —preguntó Marcos en un susurro alarmado, con sus ojos buscando un enemigo que no existía—. ¿Viste a los jinetes de Armoton?

Lin se puso en pie de un solo movimiento, ajustando el diario de Norman contra su pecho con una fuerza decidida que hizo que su chaleco de cuero viejo crujiera. Sus ojos brillaban en la oscuridad de la cueva con una determinación feroz que asombró a sus dos compañeros de armas. Ya no había rastro del cansancio del viaje en sus músculos; la energía del hechicero de luz lo había curado por completo.

—No hay enemigos en la entrada, Marcos —dijo Lin, y su voz profunda resonó con una autoridad de acero—. Preparen las monturas ahora mismo. Nos vamos de esta grieta antes de que el sol empiece a salir.

Ettore alzó una ceja, bajando la ballesta con una sonrisa pícara que regresó a sus labios de golpe, notando el brillo dorado que emanaba de la palma del capitán.

—Vaya… El "pastor de ovejas" ha tenido un sueño intenso con el rubio, Marcos. Parece que la primavera del norte le ha dado una patada en la guardia. Capitán, todavía faltan dos horas para el amanecer y los caballos necesitan descansar las patas si queremos mantener la distancia con la Guardia de Hierro.

—Los caballos aguantarán la marcha, Ettore —sentenció Lin, caminando hacia la entrada con el paso firme de un general—. Norman me ha llamado en la vigilia. Su espíritu está esperándome en el Mar astral, y la marca de mi palma me está dando la ruta exacta de los senderos ciegos. Cada minuto que pasemos sentados en esta piedra es un minuto que mi hechicero pasa perdido en la oscuridad. No vamos a esperar al sol de la mañana; nos moveremos bajo la luna.

Vetmi se despertó por el ruido de las voces, frotándose los ojos mientras se incorporaba en las mantas viejas. Al ver la luz dorada que brotaba de la mano de Lin y la firmeza imponente de su postura de soldado, el joven príncipe sintió un respeto inquebrantable que eliminó cualquier rastro de sueño en sus facciones. Se puso el chaleco de un salto y tomó su espada de repuesto con una rapidez profesional.

—Estoy listo, capitán Lin —dijo Vetmi, con una fijeza que conmovió a Marcos—. Si el hechicero que te quita los suspiros te está llamando desde el Altar, Yalnizlik no será el muro que te detenga. Guíame a través de las rocas; seré tu cuarto escudo en el desierto profundo.

Lin le dedicó un asentimiento firme, palmeándole el hombro con fuerza.

—Bien dicho, príncipe. Prepara tu montura. Hoy aprenderás a marchar en la noche.

Marcos y Ettore intercambiaron una mirada de profunda satisfacción, viendo que el lazo del grupo era cada vez más fuerte y que la presencia de Vetmi se estaba convirtiendo en un arma de valor incalculable para su travesía. En menos de diez minutos, las cuatro monturas estaban listas en la entrada de la grieta de piedra gris, limpias y con las provisiones aseguradas en los petates.

Lin montó su semental negro, sintiendo cómo el diario de Norman contra su pecho emitía un calor dulce y constante que le devolvía toda la confianza a su alma de guerrero proscrito. Miró hacia las montañas del sur que se recortaban contra el cielo violeta de la noche profunda, sabiendo que el General Armoton y sus jinetes de hierro seguían marchando detrás de sus pasos con el hambre de la maza, pero con la certeza absoluta de que el acero libre de su pequeña unidad no se rompería ante el dinero o las mentiras.

—¡Cabalguen, muchachos! —ordenó Lin, y su voz profunda cortó el silbido del viento del desierto—. La Ruta del Sol está abierta, y ninguna ley de Erke va a apagar el fuego que llevamos en la sangre. ¡Al sur profundo!

Las cuatro monturas partieron a toda velocidad por el sendero ciego de la meseta, levantando una nube de polvo que la luna del sur esparció sobre las rocas de Yalnizlik, avanzando con un príncipe adiestrado, un cuaderno cargado de promesas escritas con tinta y lágrimas, y un caballero de acero que acababa de saborear la ferocidad salvaje del amor eterno en medio de la penumbra del enemigo. El viaje por el alma de Norman había cruzado su frontera más importante, y esta vez, el Faro del fin del mundo estaba listo para ser encendido por el acero de los hombres libres que se negaban a dejarse vencer por el miedo.

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HOLAAA, PODRÍAS POR FAVOR, VER MI CHATSTORY Y LEERLA, ESTÁ EN PROCESO, SOY NUEVA 🥰Y SI GUSTAS PUEDES SEGUIRME✨AMO TÚ HISTORIA, LA RECOMIENDO MUCHO✨
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