Sinopsis
Emilia Velázquez, una joven universitaria apasionada por las novelas románticas, descubre que le quedan pocos meses de vida y acepta la oferta de una misteriosa hechicera para reencarnar en el mundo de su novela favorita, ocupando el cuerpo de Ester, la villana destinada a la desgracia. Mientras lucha por adaptarse a un reino lleno de conspiraciones, magia, dragones ancestrales y peligros ocultos, intentará cambiar un destino que no le pertenece. Sin embargo, todo se complica cuando un extraño encuentro con el príncipe dragón Derek provoca un intercambio de cuerpos que amenaza con alterar el equilibrio de ambos mundos para siempre.
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Capítulo 10: La primera grieta en la verdad
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Las palabras de Fray quedaron suspendidas en el salón como una sentencia.
—Eso es mentira.
La joven perdió por un instante su perfecta expresión.
Fue solo un segundo.
Pero todos lo vieron.
Eduardo dio un paso hacia adelante.
—Fray.
Su voz era baja.
—Explica.
El hechicero caminó lentamente hacia el centro del salón.
Sus ojos se posaron primero en la joven.
Después en mí.
Y por alguna razón...
Sentí que me estaba protegiendo.
—La señorita no estuvo conmigo esa noche.
El murmullo de los nobles aumentó.
La joven apretó los labios.
—Estás confundido.
Fray negó.
—No lo estoy.
Su mirada se volvió fría.
—Recuerdo perfectamente dónde estaba.
El silencio regresó.
—Entonces dinos dónde.
Ordenó el rey Federico.
Fray inclinó ligeramente la cabeza.
—En el bosque prohibido.
Varias personas quedaron sorprendidas.
—¿El bosque?
preguntó uno de los consejeros.
Fray asintió.
—Investigando la energía extraña que apareció esa noche.
Mi corazón dio un salto.
Energía extraña.
La misma zona donde encontraron a Ester.
Entonces no era casualidad.
Algo había ocurrido allí.
Algo que nadie entendía.
—¿Y viste a Ester? —preguntó Eduardo.
El hechicero guardó silencio.
Demasiado tiempo.
Finalmente respondió:
—Sí.
Sentí todas las miradas sobre mí.
—La vi.
La sala quedó en silencio.
—Pero no estaba atacando a nadie.
Mis ojos se abrieron.
Por primera vez alguien decía la verdad.
O al menos una parte.
—Entonces ¿qué estaba haciendo? —preguntó Eduardo.
Fray miró hacia mí.
Su expresión cambió.
Como si recordara algo doloroso.
—Estaba huyendo.
El aire desapareció de mis pulmones.
Huyendo.
Eso significaba que la historia que todos conocían era completamente falsa.
Ester no había perseguido a alguien.
Alguien la perseguía a ella.
—¿De quién huía?
preguntó mi padre inmediatamente.
Fray bajó la mirada.
Y eso fue peor que cualquier respuesta.
Porque significaba que lo sabía.
Pero no podía decirlo.
—No lo vi claramente.
Mentira.
Lo noté.
Y Eduardo también.
—Fray.
La voz del príncipe fue una advertencia.
El hechicero levantó la mirada.
—Hay cosas que todavía no puedo revelar.
El rey golpeó suavemente el brazo de su silla.
—En este reino no se ocultan secretos.
Fray sonrió sin alegría.
—Con respeto, majestad...
Sus ojos se volvieron serios.
—Este reino existe gracias a muchos secretos.
Nadie respondió.
Porque todos sabían que tenía razón.
Entonces la joven habló.
—Esto no cambia nada.
Todos la miraron.
Su seguridad había regresado.
—Aunque Ester estuviera huyendo, sigue teniendo el collar del tesoro real.
Se volvió hacia mí.
—Y nadie explica cómo llegó a sus manos.
Tenía razón.
Ese era el problema.
Todos los caminos seguían llevándome al mismo lugar.
El collar.
La prueba.
El objeto que podía destruirme.
Bajé la mirada.
Intentando recordar.
Intentando pensar como Emilia.
Como lectora.
¿Había algo que había olvidado?
Entonces ocurrió.
Un recuerdo que no era mío apareció en mi mente.
Un bosque oscuro.
La lluvia cayendo.
Ester corriendo.
Su respiración agitada.
Una voz detrás de ella.
"Entrégamelo y nadie saldrá herido".
Mi corazón se aceleró.
Me llevé una mano a la cabeza.
—Señorita Ester.
Lina se acercó preocupada.
—¿Está bien?
No podía responder.
Porque el recuerdo seguía apareciendo.
Una mano.
Un hombre.
El collar.
Y la voz.
La misma voz que decía:
"Lo siento".
Abrí los ojos de golpe.
—Yo...
Todos me miraban.
—Recuerdo algo.
El rey se inclinó ligeramente.
—Habla.
Respiré profundamente.
No sabía si ese recuerdo era real.
Pero era lo único que tenía.
—En el bosque...
Mi voz tembló.
—Alguien me perseguía.
El salón quedó en silencio.
—¿Quién? —preguntó Eduardo.
Cerré los ojos intentando ver más.
Pero la imagen desapareció.
Solo quedó una sensación.
Miedo.
Y una palabra.
—No lo sé.
La decepción apareció en algunos rostros.
Pero Eduardo no parecía decepcionado.
Parecía preocupado.
Porque él sabía algo.
—¿Qué más recuerdas?
Me quedé inmóvil.
Porque la siguiente parte era imposible.
Una parte de ese recuerdo no pertenecía a Ester.
Pertenecía a Emilia.
A mi vida anterior.
A la mujer de cabello plateado.
Pero no podía decirlo.
—Recuerdo...
Hice una pausa.
—Que alguien quería que todos creyeran que yo era culpable.
La joven soltó una pequeña risa.
—Qué conveniente.
La miré.
—¿Lo es?
Ella se quedó callada.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Mi padre dio un paso adelante.
—Suficiente.
Todos se giraron.
Harold miraba a los nobles con una furia que nunca había mostrado.
—Mi hija acaba de despertar.
Su voz temblaba.
Pero no de miedo.
De enojo.
—Y en lugar de preguntarle si está bien, la están juzgando.
Nadie habló.
Porque por primera vez alguien defendía a Ester sin miedo.
El rey observó a Harold.
Después a mí.
Finalmente dijo:
—La investigación continuará.
Miró a Eduardo.
—Estarás a cargo.
Eduardo asintió.
Luego me miró.
—Y tú...
Se acercó.
—No saldrás del castillo hasta descubrir la verdad.
Fruncí el ceño.
—¿Eso es una orden?
Por primera vez una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Una sonrisa casi invisible.
—Sí.
Hizo una pausa.
—Pero también es protección.
Y esa simple frase me confundió más de lo que debería.
Porque el hombre que en la historia estaba destinado a destruir a Ester...
Acababa de prometer protegerme.
Pero mientras todos salían del salón...
La joven se quedó atrás.
Me miró.
Y susurró tan bajo que solo yo pude escuchar:
—Disfruta tu segunda oportunidad, Ester.
Mi cuerpo se congeló.
Porque esas palabras no eran una amenaza.
Eran una advertencia.
—Porque la próxima vez...
Sonrió.
—No despertarás.