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FUERA DE PROTOCOLO

FUERA DE PROTOCOLO

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?

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capitulo 23

Llego a Anónimos. El aire es denso, cargado de esa mezcla de pecado y libertad que solo este lugar ofrece. Entro en la 402 y me quito la chaqueta de tres mil dólares como si fuera una piel muerta. Me ajusto la máscara de cuero negro. El contacto del material contra mi cara me devuelve mi verdadera identidad: la sombra que la espera.

Ella llega tarde. Diez minutos. Quince. Cada segundo es una gota de ácido en mi estómago.

Cuando la puerta finalmente se abre, mi corazón da un vuelco que me corta la respiración. Entra casi tropezando, con la peluca roja ligeramente ladeada y la respiración rota. Ni siquiera ha tenido tiempo de recomponerse.

No la dejo hablar. Camino hacia ella y la atrapo contra la pared, hundiendo mi rostro en el hueco de su cuello. Huele a miedo, a lluvia y a ese perfume floral que intenta ocultar su esencia, pero que yo ya sé desglosar nota por nota.

—Estás aquí —gruño, y mis manos se cierran sobre sus hombros con una fuerza que me asusta a mí mismo—. Pensé que no vendrías. Pensé que el miedo te había ganado.

—Casi lo hace —dice ella, y su voz es un hilo quebradizo—. Había un coche gris frente a mi casa. He tenido que dar tres vueltas a la ciudad. Siento que tengo mil ojos clavados en la espalda.

La tomo del rostro. Mis pulgares acarician sus mejillas a través de la máscara de encaje. Sus ojos brillan con una intensidad febril.

—Escúchame bien —le digo, bajando la voz hasta que es solo una vibración entre nosotros—. Nadie va a entrar en esta habitación. He puesto a hombres fuera. Este espacio es sagrado. Si el mundo de afuera quiere una guerra, se la daré, pero tú aquí eres intocable.

Ella suelta un sollozo ahogado y se aferra a mis antebrazos. Sus dedos se clavan en mis músculos con una desesperación que me incendia la sangre.

—Tengo miedo de que un día la puerta se abra y la luz lo destruya todo —susurra ella—. Tengo miedo de que cuando veas quién soy realmente, dejes de mirarme así.

Esa es la verdadera grieta. No es solo el peligro externo; es el pánico a la realidad. Le beso la frente, los párpados, la comisura de los labios.

—No me importa quién seas bajo la luz del sol —le miento a medias, porque en el fondo muero por saberlo—. Me importa la mujer que se atreve a ser libre conmigo en la oscuridad.

La sensualidad de esta noche es distinta. No es un juego de seducción; es una batalla por la supervivencia. La levanto en vilo y ella enreda sus piernas alrededor de mi cintura, buscando mi calor como si fuera la única fuente de vida en un invierno eterno. La llevo a la cama y nos fundimos en un encuentro feroz, cargado de una urgencia que roza el dolor.

Mis manos recorren su cuerpo con una posesión absoluta. Quiero dejar mi marca en ella, no por ego, sino para que, cuando vuelva a su mundo gris, sienta el rastro de mis dedos y recuerde que no está sola. Sus manos buscan las mías, entrelazando nuestros dedos con una fuerza tal que mis nudillos blanquean. Me fijo en su pulso, esa música frenética que late en su muñeca, y trato de acompasarlo con el mío.

—Eres mía —le digo al oído, mientras mis labios recorren su hombro desnudo—. Ni tu familia, ni tu trabajo, ni ese maldito hombre que te sigue tienen poder sobre ti cuando estás aquí.

El placer estalla entre nosotros como una granada de fragmentación. Es violento, crudo y desesperadamente necesario. En ese momento de clímax, las máscaras no importan, los nombres no existen y el miedo se disuelve en el sudor y el aroma a sándalo. Somos solo dos cuerpos intentando encontrar un sentido en mitad del caos.

Cuando el silencio regresa a la 402, nos quedamos abrazados, con el corazón martilleando contra las costillas del otro. Le acaricio la espalda con movimientos lentos, tratando de calmar su temblor.

—Alguien intentó seguirme hoy —confieso yo también, rompiendo mi propio código de silencio—. He tenido que ser cuidadoso. El cerco se estrecha para ambos.

Ella se tensa en mis brazos.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunta, y noto que el miedo a perder su refugio es ahora más grande que el miedo a ser descubierta.

—Lo que siempre hacemos —respondo, apretándola contra mí—. Resistir. Y si el muro cae, nos aseguraremos de que lo que encuentren sea solo cenizas.

Me quedo mirando sus manos, tan pequeñas comparadas con las mías, descansando sobre mi pecho. El rojo de su peluca se ha esparcido sobre la almohada como una mancha de sangre simbólica. Sé que estamos jugando con fuego en un sótano lleno de pólvora, pero mientras pueda sentir su respiración contra mi piel, el riesgo me parece un precio ridículamente bajo.

Lunes. Siete de la mañana. El mundo exterior amanece cubierto por una capa de nubes grises que parecen de hormigón. Me miro en el espejo del baño mientras me abrocho los botones de la blusa de seda blanca, fría como el mármol del bufete. Mis ojos están cansados. He pasado el fin de semana en un estado de vigilia constante, saltando ante cada notificación del móvil, esperando un mensaje de mi padre o una citación que confirme que el desastre ha llegado.

Pero el silencio ha sido absoluto. Y ese silencio es, a veces, más aterrador que el ruido.

Entro en la oficina y el olor a café caro y a cera para muebles me golpea. Es el olor de mi jaula. Me siento a mi escritorio y abro el primer expediente. Una disputa por herencia. Hermanos peleándose por cuadros y casas de verano. Me pregunto si ellos también tienen secretos. Me pregunto si, bajo sus trajes hechos a medida, también esconden una peluca roja o un deseo que les quema la garganta.

—Alicia, el informe pericial del caso Sánchez no está en la carpeta compartida —dice una voz desde la puerta.

Es Marcos, uno de los asociados junior. Es joven, ambicioso y tiene esa mirada de quien cree que el mundo le debe algo. Lo observo un segundo de más. ¿Era él? ¿Fue él quien me vio cerca de la zona industrial? ¿O fue el Sr. Mendoza? La paranoia ha dejado de ser un pico de adrenalina para convertirse en un ruido de fondo, una estática que no me deja pensar.

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