Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
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Llamada inesperada
El olor a mantequilla derretida y canela llenaba toda la cocina.
Mi madre batía la mezcla con esa paciencia suya que siempre me ha parecido envidiable, mientras yo colocaba las bandejas con las galletas recién cortadas.
Era una tarde tranquila, una de esas en las que nada parece tener prisa.
-Pásame la harina, hija -me pidió sin levantar la vista.
-Aquí tienes. ¿Segura de que no quieres que usemos la receta nueva?
-No, no, la de siempre. Esa es la que a tu padre le gusta -respondió sonriendo.
Estábamos en eso, riendo y probando un poco de masa cruda, cuando mi teléfono vibró sobre el mesón.
No le di importancia al principio. Creí que sería un correo del bufete o algún mensaje sin sentido.
Pero entonces vi el número.
No decía "desconocido".
Tampoco tenía nombre.
Solo un código de cuatro letras y tres números que reconocería aunque pasaran cien años: A.R.M.A-09X.
Por un segundo, el aire pareció detenerse.
Mis dedos se congelaron sobre el celular.
La mezcla en el tazón siguió girando, y mi madre, ajena a todo, canturreaba bajito una vieja canción de bolero.
Contesté sin pensar.
-Cardona.
Silencio.
Un silencio breve, contenido, militar.
Y luego una voz que me erizó la piel.
-Pensé que habías olvidado cómo responder, capitana.
Me quedé muda unos segundos. Reconocí la voz de inmediato.
Richard Blake.
Mi superior durante seis años, el hombre que me entrenó, que creyó en mí cuando nadie más lo hacía.
Y que fue también el único que lamentó mi baja.
-General... -mi voz tembló un poco-. ¿Qué significa esto?
-Significa que te necesito, Cardona. Y que tu descanso se terminó.
Me aparté un poco de la mesa, girándome para que mi madre no notara el cambio en mi rostro.
-¿De qué está hablando? Estoy retirada, usted lo sabe.
-Reintegro temporal -respondió él con tono firme-. Operación clase E. No puedo darte detalles por esta línea.
Tragué saliva.
La mente me empezó a trabajar sola, como en los viejos tiempos.
Clase E significaba prioridad extrema, casos de alto riesgo, operaciones de rescate o contención internacional.
Solo se convocaba a personal con experiencia de campo.
-No puede ser serio... -susurré.
-Lo soy -dijo con calma-. Tu tiquete está comprado. Salida a las 08:00 de la mañana desde José María Córdova. Llegarás a Berlín y de allí te trasladarán a la base principal.
-¿Berlín?
-Sí. No traigas nada que no puedas perder.
Mi madre me miró desde la mesa.
-¿Todo bien, hija?
-Sí, mamá, es del trabajo -mentí al instante, forzando una sonrisa-. Nada importante.
Me giré de nuevo hacia la ventana, bajando la voz.
-General, no entiendo por qué me llama a mí. Hay decenas de oficiales activos, mejor preparados.
-Porque tú conoces la mente del hombre al mando de esta operación -respondió.
Su silencio lo dijo todo.
Sentí el frío recorrerme los brazos.
-No... no me diga que es...
-Stein -confirmó él-. Coronel Dereck Stein.
Mi respiración se detuvo.
Durante años había repetido su nombre en silencio, como si fuera un eco que no quería morir.
Y ahora ese eco volvía a hacerse real.
-No pienso trabajar con él -dije, tajante.
-No tienes opción, Cardona. El alto mando ya lo aprobó.
-¿Y qué esperan que haga? ¿Que actúe como si nada hubiera pasado?
-Esperan que hagas lo que siempre hiciste: cumplir tu misión -respondió con firmeza-. Y, entre tú y yo... sé que esto también es una oportunidad.
-¿Oportunidad?
-Para limpiar tu nombre.
Guardé silencio.
Podía escuchar mi propio corazón latiendo en los oídos.
Sabía que no debía aceptar. Que volver a A.R.M.A. era abrir la puerta a todo lo que había intentado enterrar.
Pero también sabía que no podía negarme.
Una parte de mí -la parte que jamás dejó de ser soldado- seguía esperando este llamado.
-Está bien -murmuré al fin-. Iré.
-Sabía que lo harías. Nos vemos en Berlín. Y, Cardona... -pausó un instante-. No dejes que el pasado nuble tu puntería.
La llamada terminó con el sonido seco de la desconexión.
Me quedé mirando la pantalla, con los dedos aún sobre el teléfono, mientras el olor de las galletas recién horneadas llenaba la cocina.
-¿Quién era, hija? -preguntó mi madre, curiosa.
-Nada, mamá. Trabajo. Tengo que viajar mañana temprano -respondí, escondiendo la tensión en una sonrisa forzada.
Ella arqueó una ceja.
-¿Tan repentino?
-Sí. Asunto legal, cosas del bufete -mentí de nuevo.
-Bueno, hija, solo espero que sea algo bueno -dijo mientras abría el horno.
Asentí.
Pero mientras el reloj marcaba las cinco de la tarde, supe que mi vida acababa de cambiar otra vez.
Y que, a partir de mañana, ya no sería solo una abogada más en un pueblo tranquilo de Colombia.