Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.
Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.
Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.
El gato es Dorius.
Y Kael no lo sabe.
Todavía.
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CAPÍTULO #4: EL COLOR DE LAS RAÍCES.
...--------♡--------...
SOL.
^^^Para K. —Esta es la parte en la que empiezo a quererte sin saber que ya te quiero.^^^
...--------♡--------...
A la mañana siguiente desperté con el pecho de Kael subiendo y bajando bajo mi cabeza.
Tardé unos segundos en entender dónde estaba. La habitación no era la mía. La cama no era la mía. El brazo que alguien había apoyado suavemente sobre mi espalda no era el mío.
Luego recordé.
Kael.
La ventana.
La noche.
El pánico me heló la sangre.
Me incorporé de golpe, pero mi cuerpo respondió como el de un gato, no como el de un humano. Salté de la cama y aterricé en el suelo con las cuatro patas. Kael se movió, murmuró algo, pero no se despertó.
Respiré hondo. Intenté calmarme. Estaba en mi cuerpo de gato. Seguía siendo un gato. Kael no había visto nada. Kael no sabía nada.
Me quedé un momento quieto, mirando la cama. Kael dormía de lado, con el pelo revuelto sobre la almohada. La luz de la mañana entraba por la ventana y le iluminaba la cara, suavizando las líneas de cansancio que siempre llevaba en el instituto. Dormido, parecía más joven. Más tranquilo. Menos roto.
Quise quedarme. Quise volver a acurrucarme a su lado y sentir su calor. Pero no podía. Tenía que irme antes de que Kael despertara. Tenía que llegar a la casa de acogida antes de que Sonia notara mi ausencia.
Salté al alféizar. La ventana estaba entreabierta. Me colé por el hueco y bajé al árbol con la agilidad que solo los gatos tienen.
Desde la rama, miré hacia atrás. Kael seguía durmiendo.
Me fui corriendo.
En la casa de acogida todo era un caos de prisas matutinas. Los niños desayunaban a gritos, Sonia intentaba que se vistieran, alguien había perdido un zapato. Entré por la ventana de mi habitación, me transformé con el corazón latiéndome aún rápido, y me vestí en tiempo récord.
Cuando bajé a la cocina, Sonia levantó una ceja.
—Madrugaste hoy.
—No podía dormir.
Sonia me miró un segundo más de lo necesario, pero no dijo nada. Me sirvió un vaso de leche y una tostada.
Comí en silencio, escuchando el ruido de los niños, sintiéndome fuera de lugar en mi propia vida.
En el instituto, Kael no llegó hasta segunda hora.
Lo vi entrar por la puerta con el pelo perfectamente peinado —las raíces negras un poco más crecidas que la semana anterior, aunque solo alguien que supiera lo de Kael lo notaría—, la sonrisa en su sitio, la mochila al hombro. Iba acompañado de Adán, como siempre. Hablaban de algo que yo no podía oír. Kael se reía. Adán también.
Pero cuando Kael pasó por mi lado, nuestras miradas se cruzaron un segundo.
Kael sonrió. La misma sonrisa de siempre. Y siguió caminando.
Sentí un vacío en el estómago. Esperaba algo más. Un guiño, una señal, algo que me dijera que la noche anterior había significado algo. Pero no hubo nada.
Era lógico. Kael no sabía que el gato era yo. Para Kael, yo solo era Dorius, el chico de la última fila.
Pero dolía igual.
En el recreo me senté en mi banco de siempre, el que estaba un poco apartado del patio principal, junto a las jardineras. Saqué un libro y fingí leer.
—¿Molesto?
Levanté la vista. Adán Porte estaba delante de mí, con las manos en los bolsillos y una expresión que no supe interpretar.
Parpadeé.
—No —dije, porque no sabía qué otra cosa decir.
Adán se sentó a mi lado. No muy cerca. A una distancia educada, de esas que no invaden pero tampoco huyen.
—Nunca te sientas con nadie —dijo.
—Tú tampoco.
Adán se rió. Un sonido corto, sorprendido.
—Bueno, normalmente estoy con Kael.
—¿Y hoy no?
—Hoy Kael está raro.
No dije nada. El corazón me latía un poco más rápido.
—Lleva unas semanas raro —continuó Adán, mirando al frente—. Desde octubre. Y no sé qué le pasa. No me lo cuenta.
Miré mis propias manos.
—Tal vez no sabe cómo contarlo.
—Tal vez —Adán se encogió de hombros—. Pero yo soy su mejor amigo. Se supone que tengo que saber estas cosas.
Se hizo un silencio. El ruido del patio quedaba lejos, como si estuviéramos en una burbuja.
—Tú hablas con él a veces —dijo Adán.
Levanté la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
—Los veo. En clase. Cuando Kael se sienta contigo.
—No es para tanto. Solo hablamos de cosas sin importancia.
—Conmigo también habla de cosas sin importancia. Pero últimamente, cuando habla conmigo, parece que está pensando en otra cosa.
Adán me miró directamente. Tenía los ojos verdes, del mismo color que los míos. Una coincidencia que siempre me había parecido extraña.
—Contigo no —dijo—. Cuando habla contigo, está aquí. No sé por qué.
No supe qué responder.
Adán suspiró y se levantó.
—No sé por qué te cuento esto. Es raro. Tú y yo no somos amigos.
—No.
—Pero Kael confía en ti. Y yo confío en Kael. Así que supongo que eso te convierte en alguien de confianza.
Me dio una palmada en el hombro, rápida, incómoda.
—Cuídalo —dijo—. Por si acaso.
Y se fue.
Me quedé solo en el banco, con el libro abierto en el regazo y una sensación extraña en el pecho.
Adán me había hablado como si fuéramos iguales. Como si compartiéramos algo. Como si los dos quisiéramos lo mismo.
Y quizá era cierto.
Los dos queríamos a Kael. Solo que de formas distintas.
Esa noche no me convertí en gato.
Me quedé en mi habitación, tumbado en la cama, mirando el techo. Pensaba en Adán. En lo que me había dicho. En cómo me había mirado.
Pensaba en Kael. En su sonrisa falsa del instituto. En su sonrisa real de los jueves. En sus manos acariciándome el lomo.
Pensaba en el secreto que guardaba. En lo que pasaría si alguien lo descubriera.
En lo que pasaría si Kael lo descubriera.
Sonia llamó a la puerta.
—¿Puedo pasar?
—Sí.
Sonia entró con dos tazas de chocolate caliente. Me ofreció una. La acepté.
—Hoy pareces más tranquilo —dijo, sentándose en la silla del escritorio.
—¿Sí?
—Sí. Menos ausente.
Bebí un poco de chocolate. Estaba dulce, caliente. Me recordó a mi abuela.
—Sonia —dije—. ¿Tú crees que se puede querer a alguien sin que esa persona lo sepa?
Sonia me miró con atención.
—¿Querer como amigos o querer de otra forma?
—Las dos.
Ella se lo pensó un momento.
—Creo que se puede querer de muchas formas sin que la otra persona lo sepa. El problema es cuando ese querer empieza a doler.
—¿Y si duele?
—Entonces quizá hay que preguntarse por qué duele. Y si hay algo que se pueda hacer para que duela menos.
Miré mi taza.
—¿Y si lo que puede hacer que duela menos también puede hacer daño a alguien?
Sonia sonrió con tristeza.
—Eso ya es más complicado. Ahí no tengo respuestas. Solo sé que esconder las cosas también duele. A veces más que contarlas.
Se levantó y me revolvió el pelo con cariño.
—Cuando quieras hablar de verdad, sin rodeos, estaré aquí.
Salió y cerró la puerta.
Me quedé solo con mi chocolate y mis preguntas.
El jueves, Kael no fue a clase.
Lo supe en cuanto entré por la puerta. Su sitio estaba vacío. La silla, vacía. La mesa, vacía.
Adán estaba en el pasillo, hablando por teléfono. Tenía el ceño fruncido, la mandíbula apretada. Cuando colgó, sus ojos se encontraron con los míos.
—No viene —dijo, acercándose—. Está enfermo. Gripe o algo así.
—¿Estás seguro?
—Su madre me lo dijo. Pero no sé. Kael nunca falta.
Adán me miró con una urgencia que no había visto antes.
—Tengo su dirección. Me la dio hace años, por si acaso. Vive en el barrio residencial, cerca del parque. ¿Tú sabes dónde es?
Dudé un segundo. No podía decir que conocía el camino de memoria.
—Más o menos —respondí.
—¿Vas a venir conmigo?
Sentí un nudo en el estómago. Ir a casa de Kael. Como humano. Sin el cuerpo de gato que me protegía.
—Sí —dije.
El camino en autobús fue silencioso. Adán iba mirando por la ventana, con los nudillos blancos de tanto apretar el teléfono. Yo iba a su lado, preguntándome si Kael se alegraría de verme o si, por el contrario, preferiría estar solo.
Cuando bajamos, Adán consultó su teléfono y señaló hacia la izquierda.
—Por aquí.
Caminamos en silencio. Yo reconocía cada calle, cada farola, cada árbol. Había pasado por ahí decenas de noches, con mis patas de gato, sintiéndome invisible. Ahora, en mi cuerpo humano, todo parecía distinto. Más real. Más peligroso.
Llegamos a la casa. Adán llamó al timbre.
Pasaron segundos. Luego la puerta se abrió.
Una mujer rubia, elegante, con una sonrisa profesional, nos miró de arriba abajo. Reconocí el parecido con Kael. La misma altura, los mismos rasgos. Pero sus ojos eran más fríos.
—¿Sí?
—Somos amigos de Kael —dijo Adán—. Compañeros de clase. Queríamos ver cómo está.
La madre de Kael dudó un instante.
—Kael está descansando. Tiene fiebre.
—Solo un momento —insistió Adán—. Por favor.
Ella suspiró, pero se apartó para dejarnos pasar.
—No lo cansen. Y no se queden mucho rato.
Subimos las escaleras. Yo miraba a mi alrededor sin querer parecer demasiado curioso. Reconocía el pasillo, las puertas, la luz del final. Había visto todo eso desde los ojos de un gato, pero era distinto verlo así, con cuerpo de persona.
Adán se detuvo frente a una puerta entreabierta. Llamó suavemente.
—¿Kael?
Silencio. Luego una tos.
—¿Adán?
—Sí. ¿Puedo pasar?
—Pasa.
Adán abrió la puerta. Yo lo seguí.
La habitación estaba a oscuras, las cortinas cerradas. Olía a medicinas y a sábanas sudadas. Kael estaba en la cama, incorporado contra la cabecera, con una manta hasta el pecho. Tenía el pelo revuelto, las raíces negras mucho más visibles que los días anteriores —casi un dedo de crecimiento— y la cara ligeramente sonrojada por la fiebre.
A pesar de todo, seguía siendo atractivo. Había algo en sus rasgos, en la forma de sus ojos, en la línea de su mandíbula, que ni la enfermedad podía borrar. Con su metro ochenta y cinco, incluso encogido en la cama, tenía presencia.
—Menuda pinta —dijo Adán, sentándose en el borde de la cama.
Kael sonrió débilmente.
—Gracias. Qué detalle.
Adán le puso una mano en la frente.
—Tienes fiebre.
—Lo sé. Por eso no fui a clase.
—¿Fuiste al médico?
—No hace falta. Es solo una gripe.
Kael levantó la vista y me vio a mí, quieto junto a la puerta. Sus ojos se abrieron un poco más.
—¿Dorius?
—Hola.
—¿Tú también?
—Adán me pidió que viniera.
Kael miró a Adán. Luego a mí. Luego se dejó caer un poco contra la almohada.
—Vaya —murmuró—. Me ven hecho un desastre.
—No es para tanto —dije, dando un paso adelante—. Solo estás enfermo.
Kael me miró un momento. Luego señaló una silla junto a la cama.
—Siéntate, si quieres. No muerdo.
Dudé, pero obedecí. Me senté en la silla, a un metro de distancia. Desde ahí podía ver los detalles que desde el árbol no alcanzaba: las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, el vello apenas visible en su mandíbula, la forma en que sus dedos jugaban con el borde de la manta.
—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó Kael, dirigiéndose a mí—. No te imaginaba haciendo visitas a enfermos.
—Yo tampoco —admití.
Adán se rió.
—Es un poco rarito, tu amigo —dijo, dándole un codazo a Kael.
—Es callado —corrigió Kael—. No es lo mismo.
Sentí un calor en el pecho que no tenía nada que ver con la calefacción.
—En realidad —dijo Adán, apoyando los codos en las rodillas—, vine porque estaba preocupado. Y porque quería preguntarte algo.
Kael levantó una ceja.
—¿Qué cosa?
Adán señaló su propio pelo.
—¿Cuánto tiempo llevas sin teñirte?
Kael se llevó una mano instintivamente a las raíces. Luego suspiró.
—Un par de semanas. No he tenido fuerzas para hacerlo.
—¿Y por qué lo haces?
—Adán...
—En serio. Llevamos años siendo amigos y nunca me has contado por qué. Solo sé que lo haces. Pero no por qué.
Kael miró hacia la ventana. La luz se filtraba por las rendijas de la cortina, dibujando líneas en el suelo.
—Porque no me gusta mi color —dijo al final, en voz baja—. Porque en mi familia todos son rubios. Mi hermano, mi madre. Mi padre también, aunque ahora tenga canas. Y yo salí negro. Como un error.
Adán no dijo nada. Yo tampoco.
—Mi madre nunca dijo nada —continuó Kael—. Pero lo notaba. En las fotos familiares, en las reuniones, en los comentarios de la gente. "De quién habrá sacado ese color". Ese tipo de cosas. Así que un día empecé a teñírmelo. Y cuando lo hice, nadie dijo nada. Nadie preguntó. Como si por fin encajara.
Se hizo un silencio largo.
—A mí me gusta tu color —dijo Adán—. El de verdad.
Kael lo miró. Algo brilló en sus ojos, pero desapareció rápido.
—Gracias.
Adán se inclinó y le revolvió el pelo con cariño.
—Eres tonto. No tienes que cambiar nada para que te quieran.
—Lo sé —murmuró Kael—. En teoría.
Yo los miraba desde mi silla, sintiéndome como un intruso. Había algo entre ellos, una intimidad construida durante años, que yo no podía atravesar. Algo que dolía observar.
Como si sintiera mi incomodidad, Kael volvió a mirarme.
—¿Tú qué opinas? —preguntó.
Parpadeé.
—¿Sobre qué?
—Sobre el pelo. Sobre teñirse. Sobre todo esto.
Lo pensé un momento.
—Creo que cada quien hace lo que puede para sentirse bien —dije—. Pero también creo que esconderse cansa. Y que tarde o temprano, tienes que decidir si quieres pasar la vida escondido o si prefieres que te vean como eres.
Kael me miró fijamente. Durante unos segundos, su expresión fue difícil de leer.
—Hablas como si supieras de eso.
—Sé de eso.
Otro silencio. Este era distinto. Más denso. Como si algo estuviera a punto de pasar.
Adán lo rompió, sin querer.
—Bueno, yo voy a bajar por agua —dijo, levantándose—. ¿Quieren algo?
—No —dijo Kael.
—Yo tampoco —dije yo.
Adán salió. La puerta se cerró tras él.
Nos quedamos solos.
—Es un buen amigo —dijo Kael.
—Sí.
—El mejor que tengo.
—Lo sé.
Kael me miró con curiosidad.
—¿Cómo lo sabes?
Me encogí de hombros.
—Se nota. Cómo te mira. Cómo te habla. Te quiere mucho.
—Sí —Kael sonrió con suavidad—. Me quiere.
Hubo algo en la forma en que lo dijo. Una certeza. Un "lo sé y es así y no va a cambiar".
Sentí una punzada en el pecho.
—Deberías descansar —dije, levantándome—. Nos vamos ya.
—¿Ya?
—No queremos cansarte.
Kael me detuvo con una mano en el brazo. El contacto fue breve, pero me quemó la piel.
—Gracias por venir —dijo—. De verdad.
Asentí. No podía hablar.
Salí de la habitación y bajé las escaleras. En la puerta me encontré con Adán, que volvía con una botella de agua.
—¿Te vas?
—Sí. Está cansado. Deberías quedarte tú un rato más.
Adán me miró con atención.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Mientes.
No respondí.
—Kael es así —dijo Adán en voz baja—. A veces no te das cuenta de que lo quieres hasta que duele.
Y entonces se fue hacia las escaleras, dejándome solo con esas palabras.
En el autobús de vuelta apoyé la cabeza en el vidrio y cerré los ojos.
Pensé en Kael. En su pelo negro. En sus manos. En la forma en que había dicho "me quiere" como si fuera un hecho incuestionable.
Pensé en Adán. En lo que me había dicho. En cómo me había mirado.
Pensé en el gato naranja que visitaba a Kael los jueves. En las caricias. En los ronroneos. En los secretos compartidos en la oscuridad.
Y supe, con una claridad que dolía, que las cosas no podían seguir así para siempre.
Tarde o temprano, tendría que elegir.
Tarde o temprano, tendría que dejar de esconderse.
O perderlo todo.
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
Bello, hermoso.😻