"A veces, el final de un matrimonio es solo el prólogo de tu verdadera historia de amor."
A sus 40 años, Elena creía tener la vida perfecta: un matrimonio sólido de dos décadas y una posición social envidiable. Todo se derrumba la noche en que descubre que su esposo, el frío y calculador Julián, no solo le es infiel, sino que planea dejarla en la ruina para iniciar una nueva vida.
Humillada y al borde del abismo, Elena decide que no será la víctima de esta historia. En su camino hacia la libertad, aparece Gabriel, un hombre mucho más joven, audaz y peligrosamente encantador, que ve en Elena la pasión y el fuego que Julián intentó apagar durante años.
Mientras Elena orquesta su venganza contra el hombre que la traicionó, deberá enfrentar sus propios prejuicios: ¿Es demasiado tarde para volver a amar? ¿O es este el momento perfecto para descubrir quién es ella realmente?
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capitulo 12
Hacemos el equipaje en silencio. El ambiente ha cambiado. La burbuja de paz del pueblo de pescadores se ha roto, reemplazada por la frialdad de la estrategia. Al salir de la pensión, Manuel nos ve pasar desde la puerta de la lonja. Me hace un gesto con la mano, una especie de saludo militar.
—¡Buen viaje, pequeña! —grita sobre el ruido de la lluvia—. ¡Recuerde lo que le dije: aprenda a nadar!
El viaje de vuelta es muy diferente al de ida. Gabriel conduce concentrado, mientras yo uso el portátil para investigar movimientos bancarios de la empresa de Julián que recordaba haber visto de reojo. Mi memoria, antes nublada por la rutina y el deseo de agradar, está ahora afilada como un bisturí.
—Mañana es lunes —digo, mirando la pantalla—. Julián volverá de la casa de campo para una reunión con los inversores del proyecto del puerto. Es mi oportunidad para entrar en su despacho sin que él lo sepa.
—Yo iré contigo —dice Gabriel—. Puedo quedarme en el coche vigilando. O puedo entrar como si fuera un mensajero.
—No, Gabriel. No quiero que te ensucies con esto. Julián es un perro de presa; si te muerde, no te soltará.
—Ya me ha mordido, Elena. Me ha mordido al intentar lastimar a la mujer que... —se detiene, buscando la palabra adecuada—. Al intentar lastimarte a ti. No te voy a dejar sola en esto.
Lo miro y siento una calidez que me asusta. No estoy acostumbrada a que alguien quiera protegerme sin pedir nada a cambio, sin intentar controlarme.
Llegamos a la ciudad cuando ya es noche cerrada. Las luces de los rascacielos parecen lanzas de cristal apuntando al cielo. Gabriel me deja cerca de la mansión. No quiero que su coche sea visto por las cámaras de seguridad.
—Llámame en cuanto estés dentro —dice, tomándome la mano—. Y Elena... recuerda que ya no estás sola.
Camino hacia la casa. La estructura de mármol y cristal se alza frente a mí, imponente y oscura. Antes, este edificio me hacía sentir protegida. Hoy, me parece un mausoleo. Introduzco el código en la puerta lateral, la que usan los empleados. El pitido electrónico suena como una alarma en mi cabeza.
Entro. La casa huele a ese perfume floral barato que usa Rebeca. Es un recordatorio punzante de la humillación. Subo las escaleras en silencio, evitando las zonas donde el parqué suele crujir. Llego al despacho de Julián.
La puerta está cerrada con llave, pero Julián siempre fue predecible: guarda una copia en el doble fondo de un jarrón de la dinastía Ming que hay en el pasillo. Lo consideraba su "pequeño secreto de seguridad". Qué arrogante.
Entro en el despacho. El aire huele a whisky y a papel viejo. Me acerco a la caja fuerte oculta tras el cuadro de una catedral en construcción. Pruebo con su fecha de nacimiento: nada. Pruebo con la fecha de nuestra boda: nada. Pruebo con la fecha en que fundó su empresa: el mecanismo gira con un clic metálico.
Por supuesto. Su único amor verdadero siempre fue su éxito.
Empiezo a sacar carpetas. Documentos de propiedades en el extranjero, cuentas que no figuran en las declaraciones conjuntas... y algo que me hace palidecer. Un contrato de fideicomiso a nombre de Rebeca, firmado hace apenas tres días. En él, Julián le cede la gestión de varias propiedades en caso de que yo "quede incapacitada o fallezca".
Ya lo tenía todo planeado. Mi muerte era su mayor oportunidad de negocio.
De repente, escucho el motor de un coche en la entrada. No puede ser. No deberían volver hasta mañana por la mañana.
Me asomo a la ventana. El SUV negro de Julián está aparcado frente a la puerta principal. Las luces se encienden. Escucho el portazo y las voces de Julián y Rebeca discutiendo mientras entran.
—¡Te he dicho que me sentía mal, Julián! —grita ella—. ¡Esa casa de campo es una pocilga llena de mosquitos! Quiero mi cama.
—¡Cállate ya, Rebeca! —responde él con una violencia contenida—. Bastante tengo con los mensajes que me están llegando de la oficina sobre unos correos anónimos.
Mi corazón late en mi garganta. Si me encuentran aquí, con la caja fuerte abierta, todo se acaba. No tengo tiempo de guardar todo.
Escucho sus pasos subiendo la escalera. Vienen hacia aquí. Julián siempre va a su despacho nada más llegar para dejar el maletín.
Miro a mi alrededor. Solo hay una opción. El pequeño balcón que da al jardín trasero. Recojo los documentos más importantes, los meto en mi bolso y cierro la caja fuerte justo cuando escucho el pomo de la puerta girar.
Salto al balcón y me pego a la pared de piedra, conteniendo el aliento.
La luz del despacho se enciende. A través del cristal, veo a Julián entrar. Parece agotado, furioso. Se quita la chaqueta y la tira sobre el sofá. Rebeca entra detrás de él, con el rostro desencajado.
—No me ignores, Julián. Ese niño es tu heredero, deberías tratarme mejor.
—Ese niño nacerá cuando tenga que nacer. Ahora vete a dormir. Tengo que revisar quién ha estado husmeando en las cuentas de la empresa. Elena no puede ser, ella apenas sabe usar una hoja de cálculo. Pero alguien sabe demasiado.
Se acerca a la caja fuerte. Siento que el mundo se desmorona. Si nota que algo falta...
Pero entonces, su teléfono suena. Él contesta con un ladrido.
—¿Qué? ¿A estas horas? ¿Quién es?
Se hace el silencio. Julián se tensa. Su rostro pasa de la furia a una palidez mortal.
—¿De qué estás hablando? ¿Cómo que han bloqueado las cuentas por orden judicial?
Aprovecho su distracción para deslizarme por la barandilla del balcón hacia el jardín. Caigo sobre el césped húmedo, rodando para no lastimarme. Me levanto y corro hacia la oscuridad de los árboles, con el bolso apretado contra el pecho.
Desde el jardín, miro hacia la ventana del despacho. Julián está gritando al teléfono, golpeando la mesa con el puño. Rebeca lo mira asustada desde la puerta.
Ya ha empezado. El incendio que yo provoqué ha llegado a sus cimientos.
Salgo de la propiedad por el mismo hueco de la verja que usé para entrar. Gabriel me espera a dos calles de allí, con el motor en marcha. Entro en el coche, jadeando, con el pelo empapado y los ojos brillando de una manera que me asusta incluso a mí misma.
—¡Vámonos de aquí, Gabriel! —le digo—. ¡Vámonos ya!
Él no pregunta. Arranca y acelera, alejándonos de la mansión de mármol.
—¿Lo tienes? —pregunta mientras doblamos la esquina.
Abro el bolso y saco el contrato de fideicomiso y los documentos de las cuentas ocultas.
—Tengo más de lo que esperaba. Tengo su soga, Gabriel. Y mañana, cuando el banco le confirme que no tiene acceso a sus fondos, yo estaré en la puerta de la residencia de mi abuela para sacarla de allí.
Miro por la ventana hacia atrás. La casa de Julián se hace pequeña en la distancia. Durante años, creí que ese era mi hogar. Ahora me doy cuenta de que solo era el lugar donde me enseñaron a ser una sombra.
Pero las sombras desaparecen cuando sale el sol. Y mi sol acaba de empezar a brillar.