Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 21: El Silencio de los Cien Días
Han pasado noventa días desde que el mármol del panteón de Omar se selló para siempre. Noventa días en los que el nombre de Amara Al-Mansur ha pasado de ser un susurro de envidia en los salones de Neo-Luxor a convertirse en un cuento de advertencia en las calles bajas de la ciudad. Amara, fiel a la fuerza que siempre habitó en su espíritu rebelde, ha tomado una decisión inquebrantable: si Maximilian la arrojó al olvido, ella hará del olvido su fortaleza. Ya no hay lágrimas por el hombre que no supo creer en ella; ahora solo hay una voluntad de hierro dedicada a proteger la pequeña chispa de vida que late con cada vez más fuerza en su vientre.
La vida en la casa de sus padres es una sombra de lo que fue. Sus padres, Elena y Omar (antes de morir), dependían del brillo de la Torre Ra, y ahora que ese brillo se ha apagado, la realidad se ha vuelto cruda. Solo les queda una sirvienta fiel, Marta, que se niega a abandonar a Amara a pesar de que los pagos son escasos. Cada vez que Amara sale a la calle para realizar las compras necesarias, siente las miradas clavadas en su espalda como alfileres de hielo. Los vecinos murmuran en los umbrales, cubriéndose la boca con las manos: "Ahí va la reina caída", "Mira qué delgada está", "¿De quién será realmente ese hijo que ya se le nota?". Amara camina con la barbilla en alto, ignorando el veneno. Ya no intenta dar explicaciones ni inventar mentiras sobre viajes o negocios de su esposo; su silencio es su respuesta, una armadura de dignidad que nadie puede atravesar.
Su cuerpo ha cambiado. La delgadez de su rostro resalta la profundidad de sus ojos egipcios, dándole un aire de misticismo y dolor que la hace parecer una deidad antigua. Pero lo más evidente es su vientre, que ya reclama su espacio bajo las túnicas sencillas de lino que ahora viste. En medio de las dificultades económicas, Amara ha tenido que enfrentarse a la humillación de vender lo poco que le queda. Maximilian, en su ira, se quedó con las joyas de oro y diamantes, alegando que eran propiedad del imperio Al-Mansur. A Amara solo le quedaron piezas menores, plata y piedras semipreciosas que él consideró indignas de su atención.
Una tarde, bajo un sol abrasador que parece querer derretir el pavimento, Amara entra en una pequeña casa de empeños en los límites del Distrito de las Especias. Marta la espera afuera, vigilando que nadie conocido las vea. Amara coloca sobre el mostrador un brazalete de plata y unos pendientes de turquesa, recuerdos de una vida que parece haber ocurrido hace mil años. El mercader, un hombre de ojos astutos, examina las piezas con desdén.
—Esto no vale mucho, señora. La plata está gastada y las piedras tienen impurezas —dice el hombre, aunque sabe perfectamente que la factura es exquisita.
—Deme lo justo para comprar comida para una semana —responde Amara, su voz firme, sin permitir que la desesperación se note.
El hombre le entrega unas cuantas monedas de cobre y plata, una miseria comparada con el valor real, pero Amara las toma con gratitud silenciosa. Esas monedas son su libertad, su forma de decirle al mundo que no necesita el oro manchado de odio de Maximilian para sobrevivir. Lo que ella no sabe es que, desde el otro lado de la calle, el fotógrafo personal de Maximilian, un hombre que vive en las sombras por orden del CEO, ha capturado cada segundo. El obturador de la cámara suena como un latido metálico, registrando la imagen de la reina vendiendo sus joyas por pan, con el sol resaltando la curva sagrada de su embarazo.