Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4 — Leo los martes
El olor seguía ahí el jueves por la mañana.
No tan denso como la noche anterior, cuando Valeria había respondido a la advertencia con una línea propia y se había quedado dormida frente a la pantalla, con el cursor parpadeando debajo de las dos frases enfrentadas.
Pero seguía presente.
Como un fondo de armario que alguien hubiera dejado abierto.
Ozono.
Tormenta.
Él.
Valeria se desperezó en la silla, sintiendo el crujido familiar de las cervicales protestando por otra noche mal dormida. La pantalla seguía encendida. Las líneas seguían ahí:
No sigas leyendo. Pero si lo haces, no digas que no te avisé.
Ya leí. Ahora dime qué quieres.
Nadie había añadido nada más.
El cursor parpadeaba al final, expectante, como esperando la siguiente jugada.
—Claro —murmuró Valeria, frotándose los ojos—. Porque lo que necesitaba era una relación con alguien que solo existe en sueños y se comunica por notas en mi procesador de texto. Mi vida es una comedia romántica de bajo presupuesto con elementos de terror psicológico.
La marca pulsó.
Suave.
Como un buenos días.
Se levantó, fue a la cocina y preparó café. El olor la siguió. No era opresivo, ni incómodo. Era como una presencia discreta: alguien que se queda en la habitación de al lado sin molestar, solo para que sepas que no estás sola.
El móvil vibró sobre la encimera.
Leo: ¿Martes?
Valeria miró el mensaje.
Martes.
Martes significaba Leo.
Leo significaba sexo, comida china, conversaciones sin compromiso.
La rutina perfecta que ella había diseñado hacía ocho meses para no tener que pensar en nada más.
Llevaba dos días sin pensar en Leo.
Llevaba dos días pensando en él.
Valeria: Martes.
Leo: ¿Te parece bien la misma hora?
Valeria: Siempre.
Leo: 😏
Dejó el móvil boca abajo sobre la encimera.
El café estaba listo.
El olor seguía ahí.
—Es solo Leo —dijo en voz alta, como si necesitara explicárselo a alguien—. Es lo de siempre. No significa nada. No tiene por qué significar nada.
La marca no respondió.
Los olores no responden.
Las marcas tampoco.
Pero mientras subía la taza a los labios, Valeria supo que se estaba mintiendo.
Y lo peor era que no sabía por qué.
Los días que siguieron tuvieron una textura extraña.
El viernes escribió doce páginas más.
El sábado, otras ocho.
El domingo se despertó con una frase escrita en el manuscrito, justo debajo de donde había dejado de trabajar la noche anterior.
El tiempo no significa lo mismo para mí.
No la había escrito ella.
No recordaba haber pensado siquiera en esa frase.
Pero ahí estaba.
Y era perfecta.
La marca pulsó con tanta fuerza al leerla que tuvo que apoyar la mano sobre la clavícula durante un minuto entero.
El lunes el olor disminuyó.
No desapareció —nunca desaparecía del todo—, pero retrocedió.
Como si él también estuviera esperando algo.
Como si supiera que al día siguiente Leo volvería a ocupar ese espacio.
Valeria no durmió bien esa noche.
Soñó con fragmentos.
Una mano apartando un mechón.
Unos ojos grises que se vaciaban por un segundo.
Una voz que decía:
Tardaste mucho en volver.
No había reproche en esa voz.
Solo una tristeza tan antigua que dolía.
Despertó antes del alba, con la marca caliente y la certeza de que algo iba a pasar.
No sabía qué.
Pero lo sabía.
A las ocho y doce de la noche del martes, el timbre sonó.
Valeria había pasado el día intentando no pensar.
En él.
En Leo.
En lo que significaba que su cuerpo reaccionara de forma diferente a cada uno.
Se había duchado, se había puesto la ropa de los martes —la que Leo conocía— y había ordenado el apartamento lo justo.
El olor estaba ahí, como siempre.
Pero hoy era diferente.
Hoy no era una presencia discreta.
Era una advertencia.
—Subo —dijo la voz de Leo a través del interfono.
Abrió la puerta.
Leo entró con su seguridad de siempre, y Valeria lo vio como lo veía cada martes: el desorden estudiado del pelo, los ojos verdes demasiado directos, esa sonrisa asimétrica que conocía mejor que muchas otras cosas.
Pero hoy algo era diferente.
Valeria no supo qué hasta que él pasó a su lado.
La luz de la lámpara del recibidor proyectaba su sombra en la pared.
Una sombra larga. Familiar.
Y, sin embargo…
Algo no encajaba.
Como si la sombra llegara un instante después que él.
Como si él y su reflejo no viajaran a la misma velocidad.
Parpadeó.
La sombra ya estaba en su sitio.
—¿Todo bien? —preguntó Leo, dejando caer la mochila en el sofá.
—Sí. Todo bien. Llevo toda la semana escribiendo. Estoy algo ida.
—¿Escribiendo? ¿El bloqueo?
—Se fue.
Leo la miró con una expresión que no supo leer.
—¿Y eso?
—No sé. Pasó.
Mentira.
Sabía exactamente por qué había pasado.
Pero no podía decirlo.
No podía decir:
Hay un hombre que aparece en mis sueños y cuando pienso en él las palabras fluyen.
Su olor impregna mi apartamento.
Su mirada me sigue aunque no esté.
No podía decir:
Creo que me estoy enganchando a algo que no entiendo y tú has llegado en el peor momento posible.
—Bueno —dijo Leo, y su sonrisa volvió a su sitio—. Pues bien. Habrá que celebrarlo. ¿Comida china?
—Siempre.
Cenaron en el sofá viendo una serie que ninguno seguía.
Como siempre.
Los pies de ella en el regazo de él.
Las bromas sobre los personajes, sobre el doblaje, sobre la comida que se acababa demasiado rápido.
Como siempre.
Pero Valeria no podía dejar de notar el olor.
Estaba ahí.
Mezclado con el de Leo.
Con el de la comida.
Con el del apartamento.
No se había ido con la llegada de Leo.
Había retrocedido, sí.
Como si se hiciera a un lado para observar.
Pero seguía presente.
Como una tercera persona en la habitación.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Leo en un momento dado, sin apartar la vista de la pantalla.
—Seguro. ¿Por qué?
—No sé. Estás rara.
—Llevo una semana escribiendo como una posesa. Estoy en otro planeta.
—Vale.
Pero no era vale.
Era el mismo tono que había usado el martes pasado, cuando le preguntó si estaba bien y ella mintió.
Leo no se lo creía.
Leo nunca se lo creía del todo.
Cuando la serie terminó, cuando la comida se acabó, cuando el silencio cómodo que siempre precedía al siguiente paso se instaló entre los dos, Leo la miró de una forma diferente.
—¿Vamos a la cama? —preguntó.
No era realmente una pregunta.
Valeria asintió.
Y mientras se levantaba, mientras le tendía la mano para que él la siguiera, sintió la marca arder.
No como un latido.
Como una advertencia.
El sexo con Leo era bueno.
Siempre lo había sido.
Ocho meses de martes habían afinado el conocimiento mutuo: dónde tocar, cómo moverse, qué ritmos funcionaban.
No había sorpresas.
Pero tampoco hacían falta.
Era familiar en el mejor sentido.
El de los cuerpos que han aprendido a hablarse sin palabras.
Esa noche empezó igual.
Ropa que se quitaban entre besos.
Manos que recorrían caminos conocidos.
El peso de él sobre ella.
El calor de ella envolviéndolo.
Valeria respondía —siempre había respondido— con la entrega física de quien no necesita pensar para sentirse bien.
Pero en algún punto, algo cambió.
Leo la besó en el cuello, justo donde a ella le gustaba.
Y por un segundo —solo un segundo— no fue Leo.
Fue la boca de él en el sueño.
La respiración cerca del oído.
La voz quebrada diciendo:
Tardaste mucho en volver.
Valeria cerró los ojos.
La marca ardió.
Y entonces, en medio del ardor, pulsó.
Una vez.
Solo una.
Como un latido que no era el corazón.
Abrió los ojos.
Leo estaba ahí.
Sobre ella.
Dentro de ella.
Mirándola con una intensidad que no recordaba haberle visto antes.
—¿Dónde estás? —preguntó.
La voz no era acusadora.
Era casi tierna.
Como si realmente quisiera saber.
—Aquí —dijo Valeria.
Y odió lo falsa que sonó la palabra.
—Estoy aquí.
Siguió el movimiento.
Su cuerpo sabía qué hacer.
Los sonidos salían cuando tenían que salir.
El placer era real.
Físico.
Innegable.
Pero una parte de ella estaba en otra parte.
El orgasmo llegó.
Fue real.
Fue bueno.
Fue de Leo.
Y cuando terminó, cuando él rodó a su lado y el silencio se instaló entre los dos, Valeria se quedó mirando el techo.
Y supo que algo se había roto.
No sabía qué.
No sabía por qué.
Pero algo se había roto.
—¿Dónde estás? —repitió Leo minutos después, sin mirarla.
—En mi cama. Contigo. ¿Dónde voy a estar?
—No sé. Pero no es ahí.
Valeria giró la cabeza para mirarlo.
Él seguía mirando el techo.
La luz de la mesilla dibujaba sombras en su cara.
Sombras que esta vez parecían normales.
Quietas.
Obedientes.
—Leo…
—No, tranquila. No pasa nada. Solo… no sé. Últimamente estás diferente.
—Llevo tres meses con bloqueo creativo y de repente escribo ochenta páginas en una semana. Claro que estoy diferente.
—No es eso.
—¿Entonces qué?
Leo se incorporó, apoyándose en un codo para mirarla.
Sus ojos verdes buscaron los de ella con una intensidad que la desarmó.
—No lo sé. Si lo supiera, te lo diría. Pero hay algo. Algo que no me estás contando.
Valeria aguantó la mirada.
La marca ardía.
El olor seguía ahí, en la periferia, esperando.
—No hay nada —dijo—. Solo estoy rara. Pasa.
El silencio que siguió fue el más largo de los ocho meses.
—Vale —dijo Leo al final—. Vale.
Pero no era vale.
Era:
No te creo, pero no voy a presionar.
Se levantó, fue al baño y volvió.
La rutina posterior siguió su curso, pero más lenta. Más pesada.
Leo se vistió con movimientos pausados, como si cada prenda requiriera una decisión que antes no necesitaba.
Valeria lo observó desde la cama, envuelta en las sábanas.
Sin saber qué decir.
En la puerta, él se detuvo.
La miró un momento.
Luego se acercó, le levantó la barbilla con dos dedos y la besó.
No fue un beso de despedida.
Fue más largo de lo habitual.
Más buscador.
Como si intentara encontrar algo que había perdido sin saber cuándo.
—Hasta el martes que viene —dijo contra sus labios.
—Hasta el martes.
Se fue.
La puerta se cerró con un sonido definitivo.
Valeria se quedó un momento inmóvil, escuchando sus propios latidos.
Luego se levantó, fue a la ventana y apartó la cortina.
Leo caminaba por la acera de enfrente.
A medio camino se detuvo.
Sacó el teléfono.
Escribió algo.
No miró atrás.
La marca ardía.
El olor estaba ahí.
Más fuerte que nunca.
Valeria dejó caer la cortina y fue al ordenador.
La pantalla estaba encendida.
No recordaba haberla dejado así.
Recordaba haberla apagado antes de que Leo llegara.
Recordaba haber cerrado el manuscrito.
Haber cerrado todo.
Haber querido que esa noche fuera normal.
Pero la pantalla estaba encendida.
Y el manuscrito estaba abierto.
Y al final de las dos líneas, debajo de su respuesta, había una nueva.
En segunda persona.
Sabía que estarías con él.
No importa.
Tu cuerpo me buscaba a mí.
Valeria leyó la línea una vez.
Dos.
Tres.
La marca pulsó.
Fuerte.
Como un corazón que hubiera estado en pausa y de repente recordara cómo latir.
El olor llenaba el apartamento.
No era incómodo.
No era opresivo.
Era…
No sabía qué era.
Pero supo, con una certeza que no podía explicar, que él había estado ahí toda la noche.
Mirando.
Esperando.
Sintiendo cada vez que ella pensaba en él.
—¿Qué quieres? —susurró.
El cursor parpadeó.
Las líneas la miraban desde la pantalla.
Sabía que estarías con él. No importa. Tu cuerpo me buscaba a mí.
Valeria apoyó las manos sobre el teclado.
La marca pulsó otra vez.
Más suave.
Como un ánimo.
—Vale —dijo.
Y su voz sonó más firme de lo que esperaba.
—Juego. Vamos a jugar.
Escribió:
¿Y cómo sabes tú lo que mi cuerpo buscaba?
El cursor parpadeó un segundo.
Luego, delante de sus ojos, las letras empezaron a aparecer solas.
Porque el mío lleva siglos buscándote a ti.
La marca dio un latido tan fuerte que Valeria se llevó la mano a la clavícula.
El olor la envolvía.
Y ella, en lugar de tener miedo,
sonrió.