Morir traicionado fue lo de menos.
Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.
Error.
Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.
Y Vincent no sabe ser víctima.
Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.
Pero ellos no entienden algo.
La chica que compraron ya no existe.
Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.
Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.
Va a
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CAPÍTULO 17: El baile de los lobos.
El salón era un derroche de cristal, mármol y gente que se odiaba con elegancia.
Trescientas personas distribuidas en un espacio del tamaño de una catedral, con candelabros que colgaban del techo como constelaciones artificiales, mesas redondas vestidas de blanco, una orquesta en vivo tocando algo suave que llenaba los silencios entre sonrisas falsas, y un ejército de meseros que se movían entre los invitados con bandejas de champán como si fueran fantasmas con chaleco.
Vincent entró del brazo de Antonov y las miradas llegaron antes que los susurros.
Los sintió como agujas: pequeñas, múltiples, clavándose desde todos los ángulos. Cabezas que se giraban con la discreción estudiada de la gente rica, que nunca mira directamente pero que ve todo. Ojos que la recorrían de arriba abajo y que luego se encontraban con otros ojos para intercambiar un mensaje silencioso que Vincent no necesitaba escuchar para entender.
La gorda. Esa es la esposa. Mírala. ¿Puedes creerlo? Antonov se casó con eso.
Pero mezclado con el desprecio había algo más, algo que Vincent captó en las miradas de las mujeres que la observaban con más atención: la evaluación de alguien que no encaja en el molde pero que de alguna manera funciona. El vestido rojo. Las curvas que no pedían disculpas. Los ojos enormes con el maquillaje perfecto. Los diamantes. La forma en que caminaba al lado de Antonov sin encogerse, sin agachar la cabeza, sin hacer ninguna de las cosas que la gente esperaba de una mujer gorda en un salón lleno de mujeres delgadas.
Sí, mírenme. Soy gorda, llevo un vestido rojo y estoy casada con el hombre más rico de este salón. Si les molesta, pueden mirar para otro lado. Pero no van a poder.
Levantó el mentón un centímetro más y caminó entre las mesas como si la fiesta fuera suya, porque Vincent Moretti había entrado en lugares mucho más peligrosos que este con mucha menos ropa y mucha más gente queriendo matarlo, y un salón de gala lleno de ricos con copas de champán no le iba a quitar el sueño.
Antonov la guio hasta su mesa, le retiró la silla con un gesto automático de caballero programado y le susurró antes de alejarse:
—Vuelvo en diez minutos. Tengo que saludar a unas personas.
Y se fue, dejándola sola con una copa de champán y un salón lleno de tiburones.
Vincent le dio un sorbo al champán —que era bueno, mucho mejor que el whisky de contrabando que tomaba en los años veinte, aunque jamás lo admitiría— y escaneó la sala con la costumbre de toda una vida: dónde están las salidas, quién mira a quién, quién finge que no mira, quién tiene poder y quién finge que lo tiene.
Los vio a todos.
El padre de Emilia estaba en una mesa al fondo, con un traje que le quedaba bien y una sonrisa que le quedaba peor, hablando con un grupo de hombres que lo escuchaban con la atención tibia de quienes saben que Arturo Mendoza es relevante solo porque su hija se casó con un Antonov. Patricia estaba a su lado con un vestido dorado que competía con los candelabros por ver quién brillaba más y una expresión de reina consorte que habría sido convincente si no fuera por la forma en que sus ojos se movían por la sala buscando a alguien a quien impresionar.
Y Valentina. Valentina estaba en la barra con un vestido negro que parecía pintado sobre su cuerpo, el pelo suelto, los labios rojos, los ojos recorriendo el salón hasta que encontraron a Antonov al otro lado de la sala y se quedaron ahí con una fijación que Vincent reconoció inmediatamente porque había visto esa misma mirada en las caras de mujeres que querían cosas que no les pertenecían.
La banda completa. Solo falta Harold con una invitación y un hacha.
No tuvo que esperar mucho al primer ataque.
El padre de Emilia apareció a su lado como una sombra con colonia cara, se sentó en la silla vacía de Antonov y le agarró el brazo con una fuerza que conocía de memoria porque ese agarre era el mismo de toda la vida, los mismos dedos hundiéndose en la carne con la autoridad de un hombre que cree que su hija es una extensión de su propiedad.
Vincent se sacudió el brazo con un tirón seco.
—No me toques.
—Necesitamos hablar —dijo el padre con esa sonrisa de hombre razonable que usaba cuando quería algo, la misma sonrisa que usó para venderla a Harold y la misma que usó para venderla a Antonov—. Sobre dinero.
—No tenemos nada que hablar sobre dinero.
—Emilia, sé razonable. Lo que Vicente pagó por el acuerdo fue generoso, sí, pero tú ahora tienes acceso a una fortuna y me parece justo que tu padre reciba una compensación mensual. Una pensión. Por todo lo que invertí en ti, en tu crianza, en...
—¿En mi crianza? —lo interrumpió Vincent con una voz tan baja que el padre tuvo que inclinarse para escucharla, y eso fue un error porque le permitió ver de cerca los ojos de Emilia, que ya no eran los ojos de Emilia—. ¿Me encerraste en un sótano, me vendiste a un viejo y ahora quieres que te pague por eso?
—Baja la voz.
—Vete a la mierda. No vas a ver un solo centavo mío. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Y si vuelves a acercarte a mí en público o en privado, voy a hacer que mi marido te quite hasta lo que ya te pagó. ¿Quedó claro o necesitas que te lo repita más despacio?
Arturo Mendoza apretó la mandíbula con la fuerza de un hombre que está tragándose una rabia que no puede soltar porque hay trescientas personas mirando y porque el marido de su hija está a veinte metros de distancia rodeado de gente que podría destruirlo con una llamada telefónica. Se levantó de la silla, se acomodó la chaqueta y se fue con la espalda rígida de alguien que acaba de perder una negociación y lo sabe.
Vincent le dio otro sorbo al champán.
Uno menos. ¿Quién sigue?
Valentina siguió.
Apareció cinco minutos después con dos copas en la mano y una sonrisa que intentaba ser de hermanastra cariñosa pero que se quedaba en depredador con labial.
—Hermanita, te traje una copa. Te ves... bien. De verdad. Hay que admitir que Sofía hizo un trabajo increíble contigo. Aunque ya sabes lo que dicen: aunque la mona se vista de seda...
—Mona se queda —completó Vincent—. Sí, conozco el dicho. ¿Viniste a decirme eso o hay algo más?
Valentina dejó una de las copas en la mesa —la de Vincent, todavía medio llena— y se sentó en la misma silla que su padre acababa de dejar caliente, cruzando las piernas con la estudiada elegancia de una mujer que sabe que sus piernas son su mejor argumento.
—Vine a darte un consejo de hermana a hermana. No te hagas ilusiones con Vicente. Sé que es tu marido, sé que llevas el anillo y sé que esta noche te ves bonita. Pero un vestido rojo no cambia lo que eres, Emi. Y un hombre como él... bueno, un hombre como él necesita algo más que una esposa de papel.
—¿Algo como tú, por ejemplo? —dijo Vincent con una calma que era más peligrosa que cualquier grito.
Valentina sonrió con la satisfacción de alguien que lleva un as bajo la manga y está a punto de mostrarlo.
—Ya me probó, hermanita. Y no creo que se haya quejado.
El silencio que siguió duró tres segundos. Tres segundos en los que Vincent procesó la información con la velocidad de un hombre que ha recibido noticias peores en callejones oscuros y que sabe que la reacción correcta nunca es la primera que te viene a la cabeza. Algo se movió en su pecho, algo incómodo y caliente que no era rabia sino algo más parecido a... no. No iba a ponerle nombre. No ahora.
¿Se acostó con ella? ¿Con la zorra de Valentina? ¿Cuándo? ¿Cómo? No importa. No me importa. No tiene que importarme porque este matrimonio es un trato de negocios y lo que él haga con su cuerpo es problema suyo, no mío. No me importa.
No me importa.
—Puedes haberte metido en su cama —dijo Vincent, mirándola directamente a los ojos con una tranquilidad que le costó más de lo que estaba dispuesta a admitir—, pero la que lleva el anillo soy yo. La que se sienta a su lado en esta mesa soy yo. La que lleva su apellido soy yo. Tú eres la que se va a su casa sola al final de la noche a fantasear con algo que no va a pasar. Así que no te hagas ilusiones, zorra descarada, porque una cosa es abrir las piernas y otra muy diferente es ser alguien. Y tú, Valentina, no eres nadie.
Valentina dejó de sonreír. La máscara se le cayó durante un segundo y lo que había debajo era odio puro, concentrado, del tipo que no se apaga con el tiempo sino que se fermenta.
Se levantó de la silla sin decir una palabra y se alejó entre las mesas con los tacones clavando el mármol como si fueran puñales.
Vincent se quedó sola con el champán, la copa que Valentina le había dejado en la mesa y un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con la comida.
No me importa. Lo que haga con Valentina no me importa. Soy un hombre. Por dentro soy un hombre. Y los hombres no se ponen celosos de otros hombres.
No me importa.
Maldita sea.
Antonov volvió quince minutos después y le ofreció la mano.
—Es hora del discurso. Ven conmigo.
Subieron juntos a un pequeño escenario al fondo del salón, frente a un micrófono que brillaba bajo las luces. La orquesta dejó de tocar. Las conversaciones se apagaron. Trescientas caras se giraron hacia ellos con la atención de quienes saben que el hombre que va a hablar puede comprar o destruir a cualquiera de los presentes.
Antonov habló con la soltura de alguien que ha dado discursos toda su vida, con esa voz grave que llenaba la sala sin esfuerzo y que a Vincent le erizaba algo en la nuca que prefería no analizar. Agradeció la asistencia, habló de la fundación benéfica que patrocinaba la cena, mencionó cifras de donaciones con la naturalidad de quien habla de centavos, y luego hizo algo que Vincent no esperaba.
La miró.
No la mirada rápida de evaluación que le daba normalmente, sino una mirada larga, directa, con esos ojos claros que eran los de Vincent Moretti pero sin las grietas, y dijo:
—Y quiero agradecer especialmente a mi esposa, Emilia, por acompañarme esta noche y todas las noches. Dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, pero en mi caso la mujer no está detrás sino al lado, recordándome que la fuerza no es solo lo que muestras al mundo sino lo que defiendes cuando el mundo no mira. Me casé con la mujer más valiente que he conocido, y si la mitad de los hombres en esta sala tuvieran la mitad de su coraje, el mundo sería un lugar mucho más interesante.
El salón aplaudió. Vincent sonrió porque era lo que tocaba hacer, pero por dentro estaba procesando cada palabra con la incredulidad de alguien que acaba de ver a un mago sacar un conejo de un sombrero que sabía que estaba vacío.
Actor profesional. Si no fuera un gángster reencarnado en el cuerpo de una mujer, me habría tragado cada palabra. La mujer más valiente que ha conocido. El coraje. La fuerza. Mentira tras mentira envuelta en papel de regalo con un moño de diamantes.
Aunque... lo dijo mirándome. No al público. A mí.
No. Es un actor. Nada más.
Después del discurso vino el baile. La orquesta tocó algo lento, suave, y Antonov la llevó a la pista con la mano en la parte baja de su espalda, una presión firme y cálida que Vincent sintió a través de la tela del vestido como si no hubiera nada entre su piel y esa mano.
Vincent sabía bailar. No porque Emilia supiera, sino porque él había bailado en docenas de fiestas clandestinas en los años veinte, en salones llenos de humo y música de jazz donde las mujeres usaban vestidos cortos y los hombres guardaban el revólver en el bolsillo del pantalón. El problema era que siempre había sido el que guiaba, y ahora tenía que dejarse guiar, lo cual era un ejercicio de control de ego que casi lo mata.
Antonov la tomó de la cintura con una mano y le sostuvo la otra a la altura del hombro, y empezaron a moverse con la música en un vaivén lento que era más conversación que baile. Vincent se concentró en seguir los pasos sin pisarlo —los tacones de plataforma ayudaban pero cien kilos de mujer moviéndose en tacones seguían siendo un arma de destrucción masiva— y en no pensar en la mano que le quemaba la cintura a través del vestido.
Antonov se inclinó y le susurró al oído:
—Hueles muy bien.
La voz le llegó directamente al cuello y le bajó por la espalda como un escalofrío que no tenía permiso de existir.
Desgraciado. Ni creas que me vas a engañar con eso. Soy un hombre. Conozco todas las tácticas. "Hueles bien", "te ves hermosa", "eres diferente a las demás". Las usé todas, cada una, durante treinta y cuatro años. Sé exactamente lo que haces y por qué lo haces. Anda, vete a acostar con la zorra de Valentina, que para eso sí sirves.
—Valentina te dejo satisfecho —le susurró de vuelta, porque si él iba a jugar, ella también.
Antonov no perdió el ritmo del baile. No se tensó, no se detuvo, no hizo ninguna de las cosas que un hombre pillado en falta haría. Simplemente dijo, con la misma voz baja y cerca del oído:
—¿Te dijo algo?
—Lo suficiente.
—¿Y te importa?
—Ni en tus mejores sueños, desgraciado.
Antonov soltó una risa baja, corta, que le vibró en el pecho y que Vincent sintió en su propia piel porque estaban lo suficientemente cerca para que la risa de uno se convirtiera en el temblor del otro.
—Estás celosa.
—No tendría porque, esto es un negocio.
—Lo estás.
—Repítelo una vez más y te piso con el tacón. Y estos son de plataforma, así que va a doler.
La risa de Antonov fue más larga esta vez, más real, y Vincent la odió con toda su alma porque era su propia risa, la risa de Vincent Moretti cuando algo le parecía genuinamente divertido, y escucharla salir de otro cuerpo mientras bailaban juntos en un salón lleno de gente era lo más confuso que le había pasado en dos vidas.
La música terminó. Se separaron. Cada uno volvió a su esquina del ring como boxeadores entre rounds, él a hablar con inversores y ella a la mesa con su champán y su nudo en el estómago que seguía ahí a pesar de que le había dicho cien veces que no tenía razón de existir.
Valentina se movió media hora después.
Desde la barra, donde había estado toda la noche observando con la paciencia de una araña que espera a que la mosca deje de moverse, preparó su jugada. Pidió dos copas de champán. En una de ellas vertió el contenido de un frasco pequeño que sacó del bolso con la discreción de alguien que ha practicado el movimiento frente a un espejo: un líquido transparente, sin olor, que se disolvió en las burbujas sin dejar rastro.
Para ti, querido cuñado. Un regalito de tu futura esposa. Vamos a ver si después de esta noche sigues mirando a la gorda como la miraste durante el discurso.
Caminó entre las mesas con las dos copas, una en cada mano, buscando a Antonov. Lo encontró de pie junto a una columna hablando con uno de sus hombres. Se acercó con su mejor sonrisa.
—Vicente, te traje una copa. Paz entre cuñados, ¿no?
Antonov la miró con la expresión de alguien que evalúa si una oferta es una trampa pero que no tiene tiempo para investigar porque hay veinte personas esperando hablar con él. Tomó la copa con un gesto automático y justo en ese momento uno de sus hombres se acercó y le dijo algo al oído que hizo que se girara completamente, dejando la copa en el aire.
Vincent apareció en ese instante.
Venía de la mesa, caminando con cuidado entre las sillas, con su copa vacía en la mano y la intención de buscar una nueva, ya quería irse y se acercó a Vicente para intentar convérselo. Vio a su marido de espaldas hablando con otro hombre, vio la copa que sostenía sin beber, y con la naturalidad de una esposa que comparte lo que hay, la tomó de su mano.
—¿No la quieres? —dijo, y sin esperar respuesta le dio un trago largo.
Valentina, que estaba a tres metros observando, se quedó congelada con la copa limpia en la mano y la cara de alguien que acaba de ver cómo su plan perfecto se desvía hacia el objetivo equivocado.
No. No, no, no. Era para él. ERA PARA ÉL.
Vincent se terminó media copa de un trago, porque el champán estaba frío y bueno y la noche había sido larga y el nudo del estómago necesitaba algo que lo aflojara.
Antonov se giró, vio a su esposa con la copa en la mano y la miró con una ceja levantada.
—Esa era mía.
—Ya no —dijo Vincent, dándole otro sorbo.
Al fondo del salón, Valentina apretó su copa con tanta fuerza que casi la rompe, mientras veía cómo la gorda se tomaba hasta la última gota de lo que estaba destinado a convertir la noche de Vicente Antonov en algo muy diferente a lo planeado.
El afrodisíaco estaba ahora en el cuerpo equivocado.
Y la noche acababa de tomar un giro que nadie, absolutamente nadie, había previsto.
llore también pero también me encantó cada capítulo me reí 😂 con las ocurrencias de ella felicidades y espero La siguiente gracias y bendiciones /Drool/