"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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El Teatro de la Celebración.
NARRADOR
La prosperidad que el trabajo de ambos había traído se manifestaba, sobre todo, en la generosidad hacia la familia de Julián. Para Aitana, el respeto por el hermano mayor de su pareja era profundo; ella sabía que la estabilidad actual de Julián se debía, en gran parte, a que su hermano mayor había sacrificado sus propios estudios años atrás para sostener el hogar. Ahora que él estaba por concluir su etapa en la técnica, Aitana y Julián se habían convertido en un respaldo constante, honrando ese esfuerzo pasado con una lealtad que se traducía en apoyo para sus necesidades.
El año de la graduación del hermano mayor finalmente llegó. No era solo un título; era el cierre de una vieja herida familiar. Sus padres, haciendo un esfuerzo enorme, solicitaron un préstamo para que la celebración fuera lo que siempre soñaron. Una vez más, la casa de Aitana y Julián se transformó en el centro de operaciones.
Semanas antes del evento, la paz del hogar fue sustituida por el ritmo de los ensayos. Al hermano mayor se le ocurrió montar un show de baile para la fiesta, y la sala de Aitana se llenaba diariamente de jóvenes practicando coreografías. Una tarde, mientras Aitana organizaba las cosas de la casa, su cuñado se acercó a ella.
— Aitana, ¿me podrías ayudar con algo? —preguntó él con entusiasmo—. Quiero que la fiesta se vea especial. ¿Tú crees que puedas hacerme los centros de mesa? Sé que tienes mucha mano para esas cosas y quiero que queden bonitos.
— Claro que sí —respondió Aitana con sinceridad—. Solo dime qué colores tienes en mente y vamos al centro por los materiales. No te preocupes, yo me encargo de que luzcan bien.
Aitana dedicó sus pocas horas de descanso a armar cada adorno con esmero. Incluso, cuando llegó el cumpleaños de su cuñado previo a la fiesta, decidió tener un detalle con él.
— Toma, te traje un pastel y esta botella de tequila para que celebres —le dijo Aitana entregándole el regalo.
— ¡Gracias, Aitana! —respondió él—. La vamos a guardar para irnos tomando de a poquito mientras ensayamos.
Pero la realidad fue otra. Antes de que terminara la tarde, la botella ya se había terminado entre los amigos del ensayo. Aitana, al notar que todos empezaban a ponerse alegres por el alcohol, prefirió no decir nada y se refugió en su habitación, dejando que el bullicio siguiera su curso fuera de su puerta.
El día de la graduación, la calle se transformó. Se rentó un toldo enorme, se cerró el paso a los autos y se instalaron filas de mesas. Incluso se rentó una camioneta para buscar a los familiares lejanos. Aitana, desde muy temprano, se convirtió en la estilista de su suegra.
— ¿Crees que me vea bien, hija? —preguntaba la suegra mientras Aitana le aplicaba el tinte.
— Va a quedar muy guapa, suegra. Usted es la mamá del graduado y tiene que brillar hoy —respondió Aitana con paciencia.
Pasó horas pintándole el cabello, peinándola y maquillándola con cuidado. Solo cuando su suegra estuvo lista, Aitana pudo pensar en ella misma, aunque el tiempo ya estaba encima.
— ¡Ya apúrate! —le gritaba su cuñado desde afuera—. Ya llegaron mis primas y quieren entrar al cuarto para estar contigo.
— ¡Diles que pasen! —contestó Aitana, mientras trataba de maquillarse a toda prisa en un rincón del cuarto lleno de gente.
Salió finalmente a cumplir su papel de anfitriona. Sus padres llegaron y ella se apresuró a atenderlos.
— Qué bueno que vinieron, pasen a sentarse —les dijo Aitana, tratando de ocultar el cansancio.
Pero la presión aumentó cuando llegó el momento del show. Su cuñado le recordó su tarea:
— Aitana, en cuanto cambie la música, me entregas las barras de luces en la pista. ¡No se te vaya a olvidar!
— Aquí las tengo, no te preocupes —respondió ella.
Sin embargo, por estar pendiente de sus padres, casi pierde el momento. Al escuchar la señal, corrió entre las mesas. En la velocidad, su pie se atoró y estuvo a punto de caerse frente a todos. El corazón le dio un vuelco, pero recuperó el equilibrio y entregó las luces justo a tiempo. El show fue un éxito y los aplausos retumbaron bajo el toldo.
La fiesta se alargó hasta la madrugada. Julián se mantuvo activo, bailando con sus primas, lo que evitó que el alcohol le ganara. Aitana, mientras tanto, contaba los minutos. A las cinco de la mañana, cuando los últimos amigos se fueron, Aitana y Julián comenzaron a recoger. Pero el descanso no llegó; a las nueve, la familia ya estaba de vuelta para el recalentado.
— ¡Ya llegamos! —gritaban desde la puerta.
Aitana se levantó pesadamente. En la cocina, las tías ya esperaban que ella tomara el mando.
— ¿Dónde está la barbacoa, Aitana? —preguntaron.
— Aquí está, déjenme calentarla —respondió ella, forzando una sonrisa.
Siguió sirviendo platos y atendiendo pláticas que ya no quería escuchar. Julián se acercó a ella en un momento de calma.
— Todo salió muy bien, ¿verdad? Mi hermano está feliz.
— Sí, Julián, todo salió perfecto —respondió ella mecánicamente—. Solo que ya estoy muy cansada. Ya quiero que nuestra casa sea nuestra otra vez.
Julián asintió sin alcanzar a comprender la magnitud de su agotamiento. Aitana siguió actuando, guardando su deseo de soledad tras una máscara de amabilidad, sintiendo que, aunque su casa estaba llena, una parte de ella seguía habitando un espacio donde nadie más podía entrar.