Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?
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Capitulo 4
El silencio de la mansión tras la cena fue peor que cualquier grito. Lilian regresó a su habitación, pero no durmió. Se quedó sentada en el suelo, junto a la ventana, observando cómo la oscuridad del bosque se tragaba el mundo. Las palabras de Killian sobre su padre eran como ácido en su mente, corroyendo los recuerdos de su infancia. Si lo que él decía era cierto, su vida entera era un decorado de teatro construido sobre fosas comunes.
A las tres de la mañana, la puerta se abrió. No hubo un aviso, solo el giro metálico del cerrojo. Killian estaba allí, iluminado por la luz tenue del pasillo. Ya no vestía el saco del traje; llevaba la camisa blanca con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas, revelando tatuajes que parecían historias de guerra grabadas en su piel.
—Levántate —dijo él. Su voz no era agresiva, era algo peor: era absoluta.
Lilian se puso en pie, limpiándose el rastro de una lágrima que no sabía que había derramado. No quería mostrarle ni una gota de debilidad.
—¿A dónde me llevas? —preguntó, tratando de que su voz no temblara.
—A ver la realidad sin filtros. Ven.
La condujo por pasillos que no había visto antes, descendiendo hacia las profundidades de la casa. El aire se volvió más frío, cargado de un olor a humedad y metal. Llegaron a una sala pequeña, sin ventanas, que parecía una oficina de seguridad. En las paredes, varias pantallas mostraban cámaras de vigilancia. Pero lo que llamó la atención de Lilian fue una tablet que Killian dejó sobre la mesa central.
—Míralo —ordenó él, señalando el dispositivo.
Lilian se acercó con desconfianza. En la pantalla había un video en vivo. Reconoció el despacho de su padre inmediatamente. El Juez estaba sentado tras su escritorio de caoba, fumando un puro. No parecía un hombre destrozado por el secuestro de su única hija. Al contrario, se veía tranquilo, casi aliviado.
En la grabación, un hombre entró al despacho. Lilian reconoció al secretario personal de su padre.
—Señor Juez, el equipo de búsqueda está esperando sus órdenes para rastrear la señal del GPS del Range Rover —dijo el secretario.
Su padre soltó una nube de humo y negó con la cabeza.
—Diles que aborten. He recibido información de que Lilian se fue por su propia cuenta. Un arrebato de rebeldía juvenil. No quiero escándalos, ni patrullas, ni prensa. Si alguien pregunta, ella está en un retiro espiritual en el extranjero. Borra los registros de las cámaras del estacionamiento.
Lilian sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se sostuvo de la mesa para no caer.
—No puede ser —susurró—. Está ganando tiempo... debe tener un plan.
—El plan es protegerse a sí mismo, Lilian —la voz de Killian sonó justo detrás de ella, su aliento rozando su nuca—. Para él, eres una mancha en su expediente. Si te rescata, tiene que explicar quién te llevó y por qué. Y si yo hablo, su carrera termina en una celda. Prefiere darte por muerta socialmente que arriesgar su estatus.
Lilian sintió una náusea violenta. El hombre que la había abrazado en cada cumpleaños, el que le había enseñado a creer en la justicia, acababa de borrarla del mapa con la misma frialdad con la que se firma un documento administrativo.
—¿Por qué me muestras esto? —preguntó ella, girándose para encarar a Killian. Sus ojos estaban inyectados en sangre por la rabia—. ¿Quieres que te agradezca por secuestrarme? ¿Quieres que crea que tú eres el bueno?
Killian dio un paso hacia ella, acortando el espacio hasta que sus pechos casi se tocaban. La intensidad de su mirada la obligó a sostenerle el desafío.
—Yo no soy el bueno, princesa. Soy el monstruo que te sacó de la jaula de mentiras —él tomó la tablet y la apagó con un movimiento seco—. Pero soy el único que te está diciendo la verdad. Tu padre te vendió al silencio hace años. Yo solo vine a cobrar el cheque.
—¿Y ahora qué? —Lilian sintió que algo dentro de ella se rompía, pero no era un quiebre de tristeza, era un quiebre de acero—. ¿Vas a pedirme que me una a ti? ¿Que odie a mi padre tanto como tú?
Killian sonrió, una curva cruel y fascinante en sus labios.
—No necesito pedirte nada. El odio es una semilla que crece sola una vez que conoces la traición. Lo que quiero es que tomes una decisión.
Él sacó una moneda de plata de su bolsillo y la puso sobre la mesa.
—Tienes dos caminos, Lilian. Puedes pasar el resto de tu tiempo aquí llorando por un hombre que ya te olvidó, esperando un milagro que no va a llegar. O puedes aceptar que la chica que entró aquí murió en ese estacionamiento.
—¿Y el segundo camino? —preguntó ella, mirando la moneda.
—Aprender a cobrarte la deuda —Killian se acercó más, atrapando su rostro entre sus manos. Sus pulgares acariciaron sus pómulos con una suavidad que resultaba más aterradora que su violencia—. Tu padre tiene un imperio de papel. Yo tengo un imperio de sangre. Si te quedas a mi lado, te enseñaré cómo quemar el suyo hasta que no queden ni las cenizas. Pero para eso, tienes que dejar de ser una víctima. Tienes que empezar a disfrutar del poder que te da no tener nada que perder.
Lilian lo miró a los ojos. Por primera vez, no vio solo a un secuestrador. Vio una salida. Una salida oscura, peligrosa y prohibida, pero una salida al fin. La rabia empezó a sustituir al miedo en su torrente sanguíneo. Si su padre la había abandonado, ella se encargaría de que se arrepintiera de haberla dejado con vida.
Lentamente, Lilian extendió la mano y tomó la moneda de la mesa. La apretó en su puño hasta que el metal le dolió en la palma.
—Enséñame —dijo con una voz que ya no pertenecía a la estudiante de leyes, sino a alguien mucho más oscuro.
Killian soltó su rostro y asintió, con una chispa de triunfo brillando en su mirada de acero.
—Sabía que no eras de cristal, Lilian. Eres de vidrio. Y el vidrio, cuando se rompe, corta más profundo que cualquier espada.
Él se dio la vuelta y salió de la sala, dejándola sola con las pantallas apagadas y la moneda apretada en su mano. Lilian se miró en el reflejo de uno de los monitores. Su rostro seguía siendo el mismo, pero sus ojos habían cambiado. La inocencia se había evaporado, dejando en su lugar un frío vacío que solo la venganza podría llenar.
Esa noche, Lilian no rezó. Se quedó en silencio, escuchando el latido de su propio corazón, dándose cuenta de que, por primera vez en su vida, era libre de verdad. Porque cuando lo pierdes todo, el miedo es lo primero en morir.