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FUERA DE PROTOCOLO

FUERA DE PROTOCOLO

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?

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capitulo 11

—Lo tendrás en tu mesa mañana, papá —respondo. Mi voz es el eco de la obediencia.

El día transcurre entre números y leyes. La oficina es un desierto de sentimientos. Sin embargo, el contraste es ahora tan agresivo que empiezo a notar detalles que antes ignoraba. El roce de la seda de mi blusa contra mis pechos me recuerda el roce de sus manos. El sonido de los tacones en el pasillo me recuerda el eco de la escalera de caracol. Estoy atrapada en un limbo sensorial.

A media tarde, me encuentro en la cafetería del edificio. Pido un café negro, tan amargo como mi rutina. Mientras espero, miro mis manos apoyadas en el mostrador. Son manos que firman sentencias, manos que redactan contratos, manos que nunca tiemblan... excepto cuando él las toma. Me fijo en un pequeño hematoma en mi muñeca, casi invisible, un recuerdo del agarre firme que tuvo ayer mientras me susurraba que no quería que la noche acabara. Lo cubro rápidamente con la manga de mi chaqueta, como quien oculta un tesoro o un crimen.

Elena aparece a mi lado, siempre oportuna, siempre demasiado observadora.

—Estás a kilómetros de aquí, Ali —dice, dándole un sorbo a su latte—. Y por tu cara, el paisaje allí es mucho más interesante que este edificio de cristal.

—Solo estoy cansada, Elena. El caso de la auditoría es agotador.

—No es cansancio lo que veo en tu cuello. Es... nostalgia. Estás empezando a necesitarlo como el aire, ¿verdad?

No respondo. No hace falta. La sed de viernes se ha convertido en una constante. El problema del anonimato es que, al no tener un nombre que amar, terminas amando la sensación de no ser nadie. Y Alicia Vázquez está empezando a odiar ser alguien.

Vuelvo a mi escritorio y trato de concentrarme en las cifras, pero el silencio de la oficina se me antoja hipócrita. Todo aquí es una representación. Todos llevamos máscaras: de éxito, de poder, de estabilidad. Pero la mía pesa más que las demás porque debajo no hay solo vacío, hay una mujer de rojo que está empezando a gritar.

Miro el calendario. Lunes. Aún quedan cuatro días de protocolo. Cuatro días de ser la abogada que no comete errores. Cuatro días de fingir que mi vida es este despacho y no esa habitación de seda burdeos donde, por fin, puedo ser humana.

Cierro los ojos un momento y el olor a sándalo me invade. Puedo sentir sus dedos largos recorriendo mi mandíbula. Puedo escuchar su voz ronca diciéndome que soy lo más real que ha tocado en años. Esa frase se repite en mi cabeza, una y otra vez, como una sentencia judicial de la que no quiero apelar.

Me enderezo, me ajusto el cuello de la blusa y vuelvo al trabajo. La abogada está de vuelta, pero la mujer que habita bajo el encaje negro ya ha empezado a contar los segundos. El contraste me está matando, y sin embargo, es lo único que me hace sentir que sigo viva.

El sonido del agua golpeando los cristales de mi oficina es lo único que rompe el silencio sepulcral de la planta veinte. Es viernes, las seis de la tarde. En teoría, mi jornada ha terminado, pero Alicia Vázquez nunca termina del todo. Tengo un informe de quinientas páginas sobre mi escritorio que debería ser mi única prioridad, pero mis ojos no ven leyes; ven sombras.

He pasado toda la semana sintiendo que mi propia piel es una talla demasiado pequeña para mí. Cada vez que alguien en el bufete dice mi nombre, siento un leve pinchazo de irritación. "Alicia, ¿puedes revisar esto?", "Alicia, tu padre te espera en la sala de juntas". El nombre suena a cadena, a herencia, a una estatua de mármol que se está agrietando por dentro.

Me levanto y guardo el informe en el cajón. Mi mano tiembla ligeramente al girar la llave. No es miedo, es abstinencia. Una necesidad física de dejar de ser la hija perfecta para ser, simplemente, la mujer de rojo.

Dos horas después, estoy frente al espejo de mi apartamento. El ritual se ha vuelto casi mecánico, pero no por ello menos sagrado. Me quito el traje gris perla y lo dejo caer al suelo, un gesto de desprecio hacia el uniforme de mi servidumbre social. Me coloco la peluca roja. El color estalla contra mi piel pálida, devolviéndome una mirada que no tiene nada que ver con la de la abogada que esta mañana debatía sobre activos inmobiliarios.

Llego a Anónimos bajo una lluvia torrencial. Al cruzar el umbral, el calor del club me envuelve como una segunda piel. No me detengo en el bar. Mis pies conocen el camino hacia la habitación 402 como si fuera el único lugar seguro sobre la faz de la tierra.

Él ya está allí.

Está sentado en el pequeño sofá de terciopelo, con una pierna cruzada y las manos descansando sobre sus rodillas. La luz de la lámpara de aceite proyecta sombras alargadas sobre su máscara de cuero. Al verme entrar, se levanta con una lentitud que me corta la respiración.

No nos tocamos de inmediato. Hay algo diferente en el aire esta noche. Una tensión que no es solo deseo, sino una curiosidad que empieza a doler.

—Te he echado de menos —dice. Su voz es un murmullo bajo, una vibración que se me enreda en el estómago.

—La semana ha sido... asfixiante —respondo, acercándome a él hasta que solo unos centímetros de aire nos separan.

Él levanta una mano. Sus dedos, largos y seguros, se detienen a milímetros de mi mejilla, como si estuviera pidiendo permiso para cruzar una línea invisible. Finalmente, me toca. El contacto de su piel contra la mía me hace cerrar los ojos. Su pulgar delinea el contorno de mi máscara de encaje, bajando luego hacia mi labio inferior.

—Háblame —susurra—. Cuéntame algo que no dirías si pudieras verme la cara.

Me quedo helada. La regla de oro es el silencio sobre el mundo exterior. Pero la oscuridad de esta habitación invita a la traición.

—Siento que soy un fraude —confieso, y la palabra sale de mi boca con el peso de una piedra—. Vivo en un edificio de cristal donde todos esperan que no sangre si me corto. Mis días son una sucesión de palabras técnicas y sonrisas ensayadas. A veces... a veces me pregunto si Alicia existe realmente o si es solo un guion que alguien escribió antes de que yo naciera.

Él no se aparta. Al contrario, me rodea con sus brazos y me atrae hacia su pecho. Puedo sentir el latido de su corazón a través de su camisa de seda. Es un ritmo constante, real, humano.

—Yo también vivo en un teatro —dice él contra mi pelo rojo—. Tengo que tomar decisiones que afectan a miles de personas sin permitirme dudar. Me miran buscando fuerza, buscando una dirección, y nadie se pregunta si yo también tengo miedo de perderme. Aquí, contigo... es el único momento en el que no tengo que ser el hombre que el mundo compró.

Sus manos bajan por mi espalda, apretándome con una urgencia que me hace jadear. Pero no me besa. Me sostiene. Me ve. Por primera vez en mi vida, alguien está viendo la grieta en el cristal y no está intentando repararla, sino que está entrando en ella.

—Me gusta tu voz —continúa él, bajando sus manos hasta mis caderas—. Tienes una forma de hablar que sugiere que estás acostumbrada a ganar, pero tus manos... tus manos dicen que te mueres por rendirte.

Me estremezco. Es como si me hubiera desnudado sin quitarme una sola prenda de ropa. El lenguaje de sus manos, que ahora aprietan mis muslos a través de la tela de mi vestido, es una pregunta constante a la que mi cuerpo solo sabe responder con entrega.

Nos dejamos caer sobre la cama, pero esta vez el encuentro no es una explosión inmediata. Es una exploración lenta, puntuada por fragmentos de nosotros mismos que dejamos caer en la oscuridad. Él me cuenta que odia las luces blancas y las mañanas de domingo porque le recuerdan a la soledad del mando. Yo le cuento que el color rojo me hace sentir que puedo prenderle fuego a mi oficina y no mirar atrás.

En la habitación 402, sin nombres y sin rostros, hemos empezado a construir una rutina de confesiones. Es peligroso. Es el primer paso para que la máscara empiece a picar. Pero mientras sus labios encuentran el hueco de mi cuello y su mano busca la mía para entrelazar nuestros dedos, no puedo evitar pensar que esta es la única conversación honesta que he tenido en toda mi vida.

—Dime algo más —le pido, mientras el placer empieza a nublar mis pensamientos.

—Te veo, roja —responde él, mientras se posiciona sobre mí—. Aunque no sepa quién eres, te veo mejor que cualquiera que conozca tu nombre.

Y en ese momento, bajo el peso de su cuerpo y el calor de su aliento, Alicia Vázquez desaparece definitivamente. Solo queda la verdad de dos extraños que, por fin, han dejado de mentir.

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