Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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Entre lobos y secretos
Bailar con Ernesto Blackwood era como danzar en el ojo de un huracán. Mientras la música de las cuerdas llenaba el salón, el mundo exterior desapareció. Sus manos eran firmes, una en mi cintura y la otra sosteniendo la mía con una fuerza que no admitía réplicas. El roce de su pecho contra el mío, el calor que emanaba de su cuerpo y la intensidad de su mirada gris me hacían olvidar, por segundos peligrosos, que este hombre era mi dueño por contrato, no por elección.
—Lo haces bien, Elena —susurró cerca de mi oído, su aliento rozando mi piel y enviando un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del salón—. Tienes esa elegancia trágica que fascina a la gente. Sigue así.
—¿Es eso lo que soy para ti? ¿Una pieza de exhibición para fascinar a tus socios? —pregunté, forzando una sonrisa para los fotógrafos que nos rodeaban.
—Eres mucho más que eso, pero no es el momento de discutirlo —respondió, su mirada endureciéndose mientras sus ojos se desviaban por encima de mi hombro—. Rossi se acerca. Mantén la cabeza alta y no digas nada que no sea estrictamente necesario.
Sentí una presencia detrás de mí antes de escuchar su voz. Era una energía diferente a la de Ernesto; mientras Blackwood era un fuego controlado y oscuro, el hombre que se detuvo a nuestro lado se sentía como una hoja de afeitar: afilado, frío y letal.
—Ernesto, siempre tan posesivo —dijo Alexander Rossi. Su voz era suave, casi melodiosa, pero cargada de un veneno sutil—. No puedo culparte. Has encontrado una joya entre las ruinas de la familia Noir.
Ernesto detuvo el baile, pero no me soltó. Me mantuvo pegada a su costado mientras se giraba para encarar a Alexander. La tensión en el aire era tan espesa que casi podía cortarse.
—Rossi —dijo Ernesto, su voz bajando una octava—. Pensé que estarías demasiado ocupado lamiendo tus heridas después de que te arrebatara la licitación del puerto. ¿Qué haces aquí?
Alexander soltó una risa seca y dirigió su mirada hacia mí. Sus ojos eran claros, casi transparentes, y me miraban con una curiosidad que me hizo sentir como un insecto bajo un microscopio.
—Vine a saludar a una vieja conocida —respondió Alexander, dando un paso hacia mí—. Elena, no sé si me recuerdas. Yo solía visitar la oficina de tu padre... antes de que todo se desmoronara. Él era un hombre con grandes visiones, una lástima que confiara en las personas equivocadas.
Lanzó una mirada significativa a Ernesto. Mi corazón dio un vuelco. ¿A qué se refería? ¿Estaba insinuando que Ernesto había traicionado a mi padre? Sabía que los Blackwood habían comprado la deuda, pero Rossi estaba sugiriendo algo mucho más oscuro.
—Elena no recuerda nada de esa época —intervino Ernesto, su mano apretando mi cintura de forma casi dolorosa—. Y tú no tienes nada que decirle.
—¿Ah, no? —Alexander arqueó una ceja—. Quizás ella quiera saber por qué su padre guardaba ciertos documentos en una caja de seguridad que desapareció la noche de su arresto. Documentos que, curiosamente, involucraban la firma de tu abuelo, Ernesto.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Miré a Ernesto buscando una negativa, una señal de que Rossi mentía, pero su rostro era una máscara de piedra impenetrable.
—Vámonos, Elena —ordenó Ernesto, ignorando a Alexander por completo.
Me arrastró fuera de la pista de baile, cruzando el salón con pasos largos hacia la salida. La gente nos abría paso, murmurando. Una vez que estuvimos en el refugio oscuro del coche blindado, el silencio estalló.
—¿Es verdad? —pregunté, mi voz quebrándose—. ¿Tu familia tuvo algo que ver con la caída de la mía más allá de la deuda? ¿Rossi dice la verdad?
Ernesto se recostó en el asiento de cuero, cerrando los ojos por un momento. Cuando los abrió, no vi culpa, sino una fatiga ancestral.
—Rossi es una serpiente que muerde para verter su veneno —dijo finalmente—. Mi familia no es santa, Elena. Eso ya lo sabes. Pero Alexander Rossi no es tu aliado. Él solo quiere usarte para llegar a mí. Si empiezas a dudar de mí ahora, los lobos nos devorarán a ambos antes del amanecer.
—Pero no lo has negado —insistí, sintiendo que las lágrimas quemaban mis ojos—. No has negado lo de los documentos.
Ernesto se inclinó hacia delante, atrapando mi rostro entre sus manos. Sus pulgares acariciaron mis mejillas con una suavidad inesperada que me desarmó.
—Hay verdades que son más peligrosas que las mentiras, Elena. Y ahora mismo, no estás lista para cargarlas. Confía en mí, aunque me odies por obligarte a este matrimonio. Confía en que soy el único que puede mantenerte a salvo de lo que viene.
El coche arrancó, alejándonos de las luces de la gala y sumergiéndonos en la oscuridad de la noche. El anillo de diamante negro en mi dedo se sentía más pesado que nunca. El peligro de amarlo no era solo por quién era él, sino por los secretos que su apellido ocultaba entre las sombras de un pasado que se negaba a morir.