Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 9 – Nuevos comienzos
Briana
Esa mañana, mientras acomodaba mis apuntes en la mochila, sentí un cosquilleo extraño en el estómago. No era miedo exactamente, pero sí una mezcla de nervios y determinación. Sabía que debía hacer algo respecto al idioma, no podía seguir sintiéndome como una espectadora perdida en las clases. Si quería aprovechar de verdad esta experiencia, necesitaba buscar ayuda.
La universidad estaba llena de estudiantes que iban y venían, algunos corriendo con carpetas en las manos, otros charlando en grupos como si el mundo entero les perteneciera. Yo caminaba con paso inseguro, apretando la correa de la mochila, repitiéndome que ese era el momento de dejar la timidez a un lado.
Después de la clase, me quedé en el aula, observando cómo los demás guardaban sus cosas. Había escuchado a algunos compañeros hablar entre sí y pensé que quizás podía animarme a pedir consejo. Respiré hondo, dispuesta a acercarme a cualquiera que pareciera accesible.
Y entonces él se me adelantó.
Un chico alto, de cabello castaño y sonrisa tranquila, se acercó a mí mientras metía mis apuntes en el bolso.
—Eres nueva, ¿verdad? —preguntó en un tono amable.
—Sí… —respondí con un poco de torpeza—. Acabo de llegar hace poco y la verdad me cuesta mucho entender todo.
Él sonrió, como si mis palabras fueran algo que entendía muy bien.
—A mí me pasó lo mismo. Los primeros meses fueron un desastre —confesó—. Pero llevo tres años aquí, y poco a poco el oído se va acostumbrando.
Lo miré sorprendida, sintiendo un alivio inmediato de no ser la única que había pasado por eso.
—¿De verdad? —pregunté, con una esperanza que se coló en mi voz.
—Claro. Y si quieres, puedo ayudarte un poco. No soy profesor ni nada, pero entiendo lo que es sentirse perdido y tal vez pueda darte algunos trucos que a mí me sirvieron.
La sonrisa se me escapó sola, sin que pudiera evitarlo.
—¿En serio harías eso?
—Claro, no hay problema. Podemos quedar después de clases un par de días. Soy Daniel, por cierto.
—Briana —me presenté, y supe que ese momento marcaría un pequeño giro en mi estadía aquí.
El resto del día lo viví con un entusiasmo renovado. Me sentía feliz, porque había encontrado un camino para mejorar, pero también porque alguien había mostrado disposición para ayudarme sin juzgarme. Era un recordatorio de que no estaba tan sola como a veces pensaba.
Cuando fui a recoger a los niños, todavía tenía esa chispa en el pecho. Pía salió corriendo hacia mí, como siempre, con los brazos abiertos. Teo caminó detrás, pero esta vez no se quedó en silencio: se acercó hasta mi lado y comenzó a contarme, en voz baja, cómo había sido su partido de fútbol en el recreo.
Esa pequeña confidencia me llenó de ternura. Sonreí y le respondí con entusiasmo, notando cómo sus ojos brillaban al relatar los goles, incluso aunque no todos fueran de su equipo.
—Me alegra que me lo cuentes, Teo —le dije—. Seguro que la próxima vez ganas tú.
Él asintió, y aunque su sonrisa fue apenas una sombra, para mí fue suficiente.
Al llegar a casa, noté enseguida que Maicol no estaba. La sala estaba en silencio, solo el eco de nuestras voces se expandía en el espacio. Decidí aprovechar la tarde para hacer algo diferente.
—¿Quieren preparar galletas conmigo? —pregunté, levantando las cejas con complicidad.
—¡Sí! —gritó Pía, saltando de emoción.
Teo, en cambio, frunció el ceño.
—Yo no…
Iba a dejarlo, pero entonces lo vi dudar. Miró a su hermana, que ya corría a buscar el delantal, y luego a mí.
—Bueno, solo un rato —dijo al final, como si fuera un esfuerzo enorme.
No pude evitar sonreír.
Nos pusimos manos a la obra. Pía rompía los huevos con más entusiasmo que precisión, Teo medía la harina con un cuidado casi obsesivo y yo trataba de mantener el desastre bajo control. La cocina pronto se llenó del aroma de la manteca y el azúcar derritiéndose, y también de las risas que salían de los tres.
Hubo un momento en que Pía terminó con harina en la nariz, Teo soltó una carcajada auténtica y yo sentí que ese era un instante que quería guardar para siempre.
Cuando las galletas estuvieron listas, nos sentamos los tres alrededor de la mesa, probándolas aún calientes, con los bordes crujientes y el centro suave. Pía aplaudía feliz, Teo masticaba con una sonrisa disimulada y yo sentía que el cansancio del día desaparecía en esa complicidad sencilla.
Fue entonces cuando escuchamos la puerta abrirse.
Maicol entró, aún con su maletín en la mano y el rostro serio de siempre. Pero al vernos allí, con la mesa llena de galletas y harina todavía en el aire, su expresión cambió. Se quedó de pie unos segundos, observándonos, como si esa escena lo hubiera tomado por sorpresa.
—¿Y esto? —preguntó finalmente, con un tono más suave del que solía usar.
—¡Hicimos galletas, papá! —gritó Pía, corriendo hacia él con una en la mano.
Él la levantó en brazos, aceptando la galleta como si fuera un regalo valiosísimo. Sus ojos, sin embargo, se posaron en mí por un instante. Una mirada rápida, casi imperceptible, pero suficiente para hacerme sentir un calor inesperado en el pecho.
La noche llegó tranquila. Después de acostar a los niños, me encerré en mi habitación con el portátil. La pantalla iluminó mi rostro cuando contesté la llamada de mi familia.
—¡Bri! —gritó mi hermana apenas apareció en la pantalla.
El corazón me dio un salto al ver sus rostros: mamá, papá y ella, todos amontonados frente a la cámara. La nostalgia me golpeó de lleno, pero también la alegría.
Hablamos largo rato. Les conté cómo me estaba yendo en la universidad, la dificultad del idioma y la suerte de haber encontrado a alguien que se ofreció a ayudarme. Les hablé de Pía y Teo, de cómo cada día me sentía más cerca de ellos, y de lo agradecida que estaba de que me hubiera tocado esta familia en el intercambio.
—Se nota en tu cara —dijo mamá, con una sonrisa tierna—. Te ves feliz, Briana.
Y lo estaba. A pesar de los retos, de la incertidumbre y del miedo que a veces me rondaba, lo estaba.
Cuando colgué, me quedé mirando la pantalla apagada, con una sensación cálida en el pecho. Pensé en los niños, en las galletas, en la risa de Teo, en la mirada de Maicol al entrar y vernos.
Sí, estaba feliz. Y algo me decía que esa felicidad apenas comenzaba a crecer.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce