Mayra debe sacar a sus hermanas menores de la cárcel, ya que fueron emboscadas y caturadas por la policía aluego de que alguien las traicionó.
Las sicarias son llamadas "Hadas sangrientas" por la facilidad de escape y la escena terrorifica que dejan detrás. Al tener semejante reputación, se volvieron el interés de los oficiales policiales que apuuestan por sus cabezas, pero no todos son así.
El capitán solo quiere justicia para su ciudad, y aunque no le guste admitirlo, debe reconocer que las hermanas Dimou han logrado desaparecer escorias de la sociedad; esas que siempre salen libre de prisión gracias a sus contactos. Sin embargo, al hacerlo también cometen delitos y deben pagar la pena correspondiente a la gravedad.
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Capturados
Antes de que los policías saliesen en dirección al galpón donde se llevará el negocio, se preparan en la comisaría y el capitán Raptis de 39 años da unas palabras para mantener el orden entre sus agentes.
—Haremos el trabajo limpio: llegamos, nos defendemos de quienes no nos quieran allí, capturamos al clan de las Hadas Sangrientas y las dejamos detrás de las rejas para que cumplan su condena.— avisa viéndolos a todos— Nuestras principales sospechosas son tres mujeres que usan tacones en todas sus matanzas.
—¿Por qué todavía no tenemos imágenes de ellas? — cuestiona una agente que es nueva.
— Por eso se les llama Hadas, genia— se burla un hombre a su lado—. Son buenas escapando, parece que volaran.
—De hecho, lo han hecho— les recuerda el capitán— Han usado helicópteros para escapar, así que antes de ingresar al galpón, revisaremos los alrededores.
—¿El informante es confiable?— pregunta otro chico que también es nuevo.
—¿Tú confiarías en alguien de la mafia?— cuestiona el capitán. —Sabemos que la información es correcta porque hemos estado vigilando ese lugar y notamos movimiento constantemente, pero no estamos seguros de que ellas aparecerán. Sin embargo, de igual manera iremos allí y apresaremos a los que estén haciendo negocios ilegales. ¿Entendido?— Todos asienten y él les hace una seña para que empiecen a armarse y salir cuanto antes.
Para Dorian Raptis, es preferible estar antes de tiempo en ese galpón, ya que podrá ver cuando lleguen esas mujeres, si es que lo hacen.
Obviamente, no van en patrullas que llamarán la atención, sino en autos completamente comunes, los que son de su propiedad.
Llegan a cierta distancia y dejan algunos hombres cuidando esos autos como si fuese un estacionamiento, mientras sus compañeros se acercan caminando estratégicamente, escondiéndose hasta un punto en el que no puedan verlos tirados en el césped, esperando el momento ideal.
A la hora, tres camionetas blancas llegan al galpón y bajan todos los hombres de esa seguridad, resguardando a un hombre, a quién identificaron inmediatamente gracias a que entre los oficiales hay tres que usan cámaras, les pasan las fotos a uno de los que están en los autos y este les avisa quién es: señalado como el comprador e hijo de un posible mafioso, del que no han podido corroborar la información, ya que es empresario y puede esconder ahí lo del bajo mundo.
Cinco minutos más tarde llegan aproximadamente veinte autos negros y de uno de ellos bajan dos mujeres castañas vestidas de negro, pero algo que las identifica como las Hadas Sangrientas son sus tacones, aunque jamás hubiesen imaginado el color: rojos, como la sangre.
—Son ellas— avisa el capitán.
—Falta una, señor— dice la misma agente nueva que antes había hecho una pregunta en la estación de policía.
—No importa, iremos por las que están aquí— le responde y luego por intercomunicador da la orden de entrar antes de que intercambien palabras entre las partes mafiosas.
Los policías se acercan sigilosamente cuanto pueden al galpón hasta que los ven los guardias de las chicas y empiezan a disparar.
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Mientras llueven balas fuera, uno de los guardias entra corriendo y les avisa del escenario que se vive, lo que hace que se miren entre ellos.
—¿Nos vendiste?— le cuestiona Alicia al hijo del comprador.
—Nunca lo haría, estoy metido igual que ustedes.
— Confiaré en ti—avisa Selene—. Si nos fallas, mi padre va a hacerte sufrir.
— Ni siquiera sabemos si saldremos y te atreves a amenazarme— responde el hombre con íronia sacando el arma de su espalda.— Estoy de su lado y necesitaré que también me protejan. Les pagaré, si salgo vivo.
— Ya escucharon— avisa Alicia— Cuiden al señorito y se les dará una bonificación, pero si ven algo raro, le meten una bala en la frente. Con Len somos prioridad.
— ¡SI, SEÑORA!— responden los que están cerca.
Todos buscan donde escudarse y empiezan a disparar cuando ven entrar a los oficiales.
Dos de ellos casi se acercan a Alicia justo cuando se da cuenta de la llamada de su padre; los mata y responde para gritarle lo que estaba pasando, sin darle posibilidad de decir algo.
Al verse rodeados y ya quedando en notoria desventaja, grita con ira rindiéndose ante la policía. Se levanta y sale de su escondite, haciendo que Selene se enoje aunque hace lo mismo, ya que comprende que si siguen defendiéndose, morirán.
Ambas están con las manos arriba frente al capitán Raptis, quien les apunta directamente a la frente intercaladamente, sin disparar.
Algunos de sus hombres ríen por la victoria e inclusive chocan los cinco entre ellos, como si fuesen niños.
—Qué infantiles— reniega Selene volteando los ojos.
—¿Dónde está la tercera Hada?— cuestiona Dorian.
—¿Por qué? — indaga Alicia—¿Le gusta nuestra hermana?
Una cosa que el capo les enseñó desde chicas es que, si un día la policía los agarraban, dejarían claro quiénes son. No solo con respecto al parentesco, sino a brindar nombres y apellidos para que nadie pueda olvidar el infierno que vivirán por culpa de su trabajo.
Su padre les aseguró que si caían en prisión, mataría a cada oficial que las toque o hable mal, y que luego las ayudaría a escapar. Así mismo debería ser si, por el contrario, cayera Ares.
El capitán ignora la pregunta, pero en su mente queda resonando esa información: son tres mujeres, tres hermanas, y falta una.
Les menciona, a ambas, las leyes y sus derechos haciendo que les coloquen las esposas otras agentes femeninas, mientras que los autos policiales llegan hasta allí, al igual que un camión donde llevarán lo ilegal.
—Nuestro padre las matarán— le sonríe Selene a las chicas que solo hacen su trabajo por pedido del capitán.
— Y nuestra hermanita mayor se encargará de usted— le avisa seriamente Alicia a Dorian, quién no hace ningún gesto.
—¡¡¡SEÑOR!!!— grita un agente, trayendo esposado al hijo del comprador, quién había intentado escapar con ayuda de unos guardias Dimou, ya muertos a balasos certeros.
—Bien, uno más.— dice Raptis.— Lleven a todos los prisioneros hasta los autos y separen a las hermanas, ellas no pueden ir en el mismo vehículo. Muchos asienten y salen empujando a los pocos guardias que quedan vivos de los Dimou, al hijo del comprador y a las chicas.
El capitán es el último en salir, luego de que otros policías cargaran el cargamento de armas ilegales que iban a negociar entre ambos bandos. Sin embargo, al estar fuera se da cuenta de que en una de las esquinas del galpón, hay una cámara.
—Te estaré esperando Hada mayor—sonríe y continúa su camino.
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Dorian Raptis. 39 años