Ayla tiene veinticuatro años, un cuerpo lleno de marcas y un secreto que no puede contarle a nadie: el hombre que mató a su madre es el mismo que la tiene prisionera.
Cada noche, Ayla escapa al único bar abierto en el morro, buscando en el fondo de una botella unas horas de paz. Pero alguien la está observando. William —conocido como Sombra, el dueño del morro— no es el tipo de hombre que mira para otro lado cuando algo no le cuadra. Y esa mujer de lentes oscuros y mangas largas en pleno calor de Río de Janeiro le despierta algo que no logra ignorar.
Cuando Ayla aparece una noche al borde del colapso, Sombra toma una decisión que cambiará la vida de ambos: llevarla a su casa, ponerla bajo su protección y jurar que nadie volverá a tocarla.
Lo que ninguno de los dos esperaba era enamorarse.
Pero en el morro, el amor no viene sin guerra. Un enemigo implacable quiere a Ayla de vuelta. Secretos familiares enterrados durante décadas empiezan a salir a la superficie. Y Ayla descubrirá que la mujer rota que llegó pidiendo ayuda tiene dentro de sí una fuerza que nadie —ni ella misma— sabía que existía.
Una historia de amor intenso, lealtad inquebrantable y transformación en el corazón de las favelas de Río de Janeiro. Para lectoras que no le temen a las emociones fuertes.
Contenido para mayores de 18 años.
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Capítulo Seis
Capítulo Seis
Ayla
Abrí los ojos y una fuerte luz blanca invadió mi vista, parpadeé varias veces y miré a mi alrededor, no estaba en mi cuarto y eso me dio mucho miedo. Si Raul llegaba a casa y no me veía, me iba a matar; necesitaba salir de ahí ya.
Intenté moverme pero un dolor se apoderó de mi cuerpo, solté un gemido bajo y de nuevo intenté levantarme. En cuanto me senté en la cama miré alrededor y había un tipo sentado en el sillón a mi lado; lo miré bien y recordé que era Sombra.
Aproveché que estaba dormido e traté de bajarme de la cama, miré mi barriga y tenía una curación en el abdomen. Logré pisar el suelo, pero cuando puse todo mi peso sobre los pies, no aguanté y me caí de golpe.
No pude evitarlo y grité de dolor; en ese mismo instante vi a Sombra despertarse asustado, miró hacia los lados y cuando me vio en el piso se levantó rápido y vino a recogerme.
— Carajo, Ayla, ¿qué estás haciendo? — Pregunta mientras me carga en brazos y me pone en la cama.
— Necesito irme. — digo intentando salir de la cama otra vez, y él me detiene.
— Tú no vas a ningún lado.
— Sombra, tengo que ir a casa, si no... — Me detuve y de inmediato lo miré a la cara.
— ¿Si no qué, Ayla? — Pregunta serio.
— Nada, mi familia debe estar preocupada. — Digo girando el rostro hacia el lado opuesto.
— Ayla, ¿quién te hizo esto? — Pregunta, y no logro contener las lágrimas. — Soy el dueño del morro, Ayla. Si lo que te pasó fue aquí, yo puedo protegerte.
Lo miré un poco asustada; ¿podría confiar en alguien que conocí hace menos de un día? ¿Y si le contaba todo y él me entregaba a Raul? Eran tantas preguntas, pero no sé por qué algo me decía que confiara en él.
— Ayla, di algo, por favor. — Dice sacándome de mis pensamientos.
— Raul... Mi padrastro. — Digo bajando la cabeza.
— Ayla, sé que es difícil, pero necesito que me cuentes todo lo que pasó. — Se acerca y se sienta en la camilla.
— Tú... ¿Me prometes que me vas a proteger? — Pregunto y siento las lágrimas correr aún más por mi rostro.
— Te lo prometo, pequeña. — Lleva su mano a mi rostro y seca una de las lágrimas que caía.
— Me llamo Ayla Fernandes, tengo 24 años y vine a vivir aquí hace casi dos meses, después de la muerte de mi mamá. — Hice una pausa. — Mi mamá conoció a Raul hace un año, él era una buena persona, pero en los últimos cinco meses empezó a drogarse y a tomar mucho. Fue en ese periodo que comenzaron las agresiones; en esa época solo le pegaba a mi mamá. Yo intentaba de todas las formas sacarla de ese lugar e largarnos, en tres meses tuve que llevarla al hospital más de diez veces. — Las lágrimas corrían por mi rostro. — La semana que ella murió, decidimos huir. Estaba todo listo, yo... yo salí de casa para comprar un medicamento en la farmacia para ella, y cuando volví... — Simplemente me derrumbé en llanto, no podía hablar más.
Sombra me abrazó con cariño y me quedé llorando sin parar en su pecho.
— Había tanta sangre, tanta sangre, fue horrible. Después de eso mi vida se volvió un infierno. Mi padrastro me amenazó y me trajo aquí a la fuerza. El primer día que pisé este lugar, me agredió por primera vez, después de ese día no paró más. Cuando pensé que no podía empeorar, empezaron los abusos. Yo nunca había estado con nadie, nunca, me había guardado para alguien especial y él me arrancó eso como toda mi vida.
Dejé de hablar y me acomodé en los brazos de Sombra, él no dijo nada y solo me consoló. Nos quedamos abrazados un buen rato hasta que logré calmarme.
— Ayla, voy a llamar al doctor, tu herida está sangrando. — Dice alejándose.
Miro mi barriga y veo mi bata de hospital roja. En cuanto volví la vista hacia la puerta, todo se puso borroso y terminé desmayándome.
William (Sombra)
Cada palabra que salía de la boca de Ayla me daba más rabia; todo lo que pasó, hasta perdió a su propia madre. Iba a matar a ese maldito con mis propias manos, iba a torturarlo de la peor forma posible.
Me alejé un poco de Ayla y noté que estaba sangrando, seguro por la caída y por el esfuerzo que hizo. Corrí a llamar a un médico y cuando volví ella estaba desmayada.
Los médicos se quedaron con ella y yo fui al pasillo a esperar; aproveché y agarré mi celular para llamar a mi hermano.
Llamada On
— ¿Todo bien, Sombra?
— Ella despertó y me contó lo que pasó. Quiero que agarren al desgraciado del padrastro, pueden llevarlo a la salita.
— Cuenta con eso, hermano.
Llamada Off
Colgué la llamada y el médico salió del cuarto diciendo que ella estaba mejor y que se había dormido de nuevo. Volví al cuarto y me senté en el sillón a su lado, llevé mi mano hasta la suya y le hice cariño.
— ¿Cómo alguien tuvo el valor de lastimarte? — Susurro para mí mismo.
Quité mi mano de la suya y me quedé ahí esperando. Después de casi una hora, escucho que alguien toca la puerta; cuando me levanto para abrir, entra mi mamá.
— Hijo, ¿cómo está ella? — Mi mamá pregunta abrazándome.
— Está bien, mamá. — Le doy un beso en la frente.
— Dios mío, ¿qué le hicieron a esta pobre chica, hijo? — Se acerca a Ayla, que todavía está dormida.
— Muchas cosas, mamá, pero ahora vamos a cuidarla. Prometí protegerla. — Digo acercándome a mi mamá y poniendo la mano en sus hombros.
Noté que estaba llorando; realmente era difícil ver a alguien en el estado en que estaba Ayla, más aún siendo mujer. Estoy seguro de que mi mamá sintió su dolor.
La jalé hacia un abrazo y la consolé mientras lloraba.
— Quiero que la lleves a casa cuando le den el alta. — Mi mamá dice alejándose.
— Está bien, mamá, la llevaré.
Yo ya iba a llevarla a mi casa; después de que matara a su padrastro, Ayla no iba a tener adónde ir, y yo ya lo sabía. Por eso ya había decidido que llevarla a casa era la mejor solución.
— Quiero cuidarla, ella merece tener una buena vida a partir de hoy. — Mi mamá dice. — Puedes irte a descansar, hijo, yo me quedo aquí con ella. Cualquier cosa te llamo.
Acepté; estaba con el cuerpo todo adolorido y ni siquiera había comido todavía. Le di un beso en la frente a Ayla y a mi mamá y me fui.