Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 11 Cuando los límites cambian de forma
Los límites no desaparecen.
Cambian de forma.
Eso fue lo primero que Alessandro di Ravenna comprendió al cumplir catorce años. No fue un cambio dramático. No hubo fanfarrias. Hubo un entrenamiento más largo, una capa que pesaba distinto y la sensación persistente de que el mundo esperaba más de él que la semana anterior.
—No te tenses tanto —le dijo el instructor, bajando la voz—. La fuerza también se gasta en el miedo.
Alessandro no respondió.
No quería admitir que, últimamente, le costaba más concentrarse cuando Luca estaba cerca.
Luca Avenni cumplió nueve años con una pequeña presentación improvisada en el salón lateral. No hubo grandes invitados, solo algunos niños del castillo, la maestra Vittoria y Giovanni, que aplaudió con el entusiasmo que reservaba para los pequeños triunfos.
—¿Vas a tocar algo distinto hoy? —preguntó Alessandro, apoyado en la columna.
—Sí —respondió Luca—. Practiqué una pieza nueva.
—No tienes que impresionarme.
—No lo hago —sonrió Luca—. Me impresiona a mí cuando me sale.
Eso era… correcto.
La pieza fue limpia, más compleja que las anteriores. Luca ya no dudaba en los cambios de ritmo. Cuando terminó, miró a Alessandro sin darse cuenta. Alessandro levantó la mano, aplaudiendo una vez antes que nadie.
La sonrisa de Luca fue pequeña, pero real.
Los celos, cuando llegaron, lo hicieron sin nombre.
Marco —el niño del violín— había crecido también. Practicaban juntos con frecuencia. Reían. A veces se apartaban del grupo para ensayar un pasaje difícil. Alessandro los observó desde la biblioteca una tarde, sin saber exactamente por qué le molestaba la escena.
—¿Te pasa algo? —preguntó Giovanni, apareciendo a su lado.
—No.
—Ese “no” pesa —comentó el mayordomo—. Cuidado con lo que cargas sin saber.
Alessandro apretó la mandíbula.
—No cargo nada.
Giovanni sonrió, paciente.
Esa noche, la música fue un dueto.
Arpa y violín mezclándose en una armonía más madura. Alessandro escuchó desde el pasillo, con la sensación incómoda de que el espacio que había sido “suyo” ahora tenía otra forma.
Abrió la puerta.
—No es hora de practicar en el pasillo —dijo, con voz neutra.
Marco se levantó de inmediato.
—Perdón, mi señor. Ya nos vamos.
—No es por eso —respondió Alessandro—. Es tarde.
Luca guardó el arpa con cuidado.
—Mañana seguimos.
Marco se fue.
—¿Te molestó? —preguntó Luca.
—No.
—Entonces te… —dudó—. Te incomodó.
Alessandro tardó en responder.
—No me gusta el ruido tarde.
—La música no es ruido —dijo Luca con suavidad.
—Lo sé —admitió Alessandro—. Por eso me incomoda.
Luca parpadeó, sorprendido por la honestidad.
Los límites nuevos se negociaron sin darse cuenta.
—No entres a mi habitación sin avisar —dijo Alessandro.
—Está bien —asintió Luca—. ¿Puedo tocar en el pasillo?
—Sí.
—¿Y puedo pedirte que escuches?
—No siempre.
—Entonces… a veces.
—A veces.
Eso se convirtió en un pacto silencioso.
El conflicto menor llegó con una visita inesperada.
Un joven noble del sur, dos años mayor que Alessandro, se mostró particularmente interesado en el “talento del castillo”.
—Tocas con una sensibilidad poco común —dijo, inclinándose ante Luca—. ¿Te gustaría presentarte en nuestra casa alguna vez?
Luca miró a la maestra Vittoria.
—No lo sé.
Alessandro dio un paso al frente sin darse cuenta.
—El joven Luca tiene compromisos aquí —dijo—. Y es menor.
—Lo decía como una invitación futura —sonrió el noble—. Sin prisa.
—Aun así —replicó Alessandro—. Aquí es su lugar.
El noble lo observó con una ceja alzada.
—Eso suena… posesivo para un heredero.
El silencio se volvió espeso.
—Suena protector —corrigió Giovanni desde atrás—. No es lo mismo.
El noble rió, incómodo, y cambió de tema.
Esa noche, Luca se sentó en el pasillo con el arpa, sin tocar.
—No me gustó cómo me miró —dijo.
—A mí tampoco —respondió Alessandro.
—¿Por qué te molestó?
Alessandro se quedó en silencio.
—Porque… —empezó—. Porque no todos miran con respeto.
—Tú sí —respondió Luca.
Eso… fue un golpe bajo.
—No me mires así —murmuró Alessandro.
—¿Así cómo?
—Como si… —se detuvo—. Como si yo fuera suficiente.
Luca sonrió, pequeño y seguro.
—Lo eres para mí.
Alessandro cerró los ojos un segundo.
Los límites habían cambiado de forma, sí.
Y ya no bastaba con reglas simples.