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Sombra En El Altar

Sombra En El Altar

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Anibeth Arguello

Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.

NovelToon tiene autorización de Anibeth Arguello para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El bautismo del fuego.

​El vuelo de regreso desde Suiza fue un descenso a los infiernos. Julián observaba por la ventanilla del jet privado cómo las nubes se teñían de un naranja enfermizo a medida que se acercaban a la ciudad. En su mano, apretaba el teléfono donde se repetían las imágenes de la mansión Rossi —el lugar que debió ser el refugio de Alessandra— convertida en una pira funeraria.

​—Acelera —le ordenó al piloto con una voz que no admitía réplicas—. Si esa casa se derrumba con las pruebas dentro, Alessandra nunca saldrá de esa celda.

​El rugido del pasado

​Cuando Julián llegó a la propiedad, el calor era insoportable. Las vigas de madera noble crujían como huesos rompiéndose. Los bomberos intentaban contener las llamas, pero el viento soplaba con furia, alimentando el incendio. Isabella estaba allí, en el balcón del segundo piso, rodeada de un halo de humo negro. Ya no era la modelo perfecta; su vestido estaba rasgado y su rostro, cubierto de hollín, reflejaba una locura absoluta.

​—¡Julián! —gritó ella al verlo llegar—. ¡Viniste por mí! Sabía que vendrías por la mujer que realmente amas. ¡Mira! ¡Aquí está tu libertad!

​Isabella agitó el sobre amarillo, el mismo que contenía la verdad sobre la muerte del chico en los Alpes. Estaba empezando a quemarse por las esquinas.

​Julián no lo pensó. Ignoró los gritos de los oficiales de seguridad y se lanzó hacia la entrada principal. El aire dentro de la mansión era veneno puro. Cada rincón le recordaba cómo Alessandra había caminado por esos pasillos sintiéndose una extraña, una sombra. Subió las escaleras mientras el fuego lamía sus botas.

​La confrontación en el abismo

​Llegó al balcón. Isabella retrocedió, riendo de forma histérica. En el suelo, cerca de la barandilla, estaba el padre de Alessandra, inconsciente tras el golpe que su propia hija le había dado con una estatuilla de bronce. El hombre que orquestó todo yacía indefenso ante las llamas que él mismo ayudó a provocar.

​—Dame el sobre, Isabella —dijo Julián, extendiendo la mano con calma fingida—. Aún puedes salvarte. Si me das eso, te sacaré de aquí.

​—¿Para que vuelvas con ella? —escupió Isabella—. ¡Ella es nada! ¡Es una sombra! Yo soy la luz, Julián. Si yo me apago, ella se queda en la oscuridad para siempre. ¡Prefiero que nos quememos todos antes de verla feliz!

​Isabella soltó el sobre. No hacia Julián, sino hacia el centro del salón, donde el fuego era más intenso.

​El sacrificio de Julián

​En un acto de locura o de redención absoluta, Julián se lanzó hacia el vacío del salón interior. Cayó sobre una mesa de mármol que amortiguó su caída y rodó por el suelo en llamas para atrapar el sobre antes de que se convirtiera en ceniza. Sintió el fuego quemar su brazo, el dolor subiendo por sus nervios como electricidad, pero sus dedos se cerraron sobre el papel.

​—¡Lo tengo! —rugió, aunque el humo le llenaba los pulmones.

​Miró hacia arriba. El techo del balcón empezó a ceder. Vio a Isabella mirar el fuego con una extraña paz antes de que una viga colapsara, separándolos definitivamente. Julián, con las últimas fuerzas que le quedaban, cargó al padre de Alessandra sobre sus hombros —no por amor al hombre, sino porque necesitaba su confesión viva— y salió por la puerta trasera justo antes de que la mansión Rossi se desplomara en un estruendo de escombros y chispas.

​Mientras tanto, en la celda de Berna...

​Alessandra estaba sentada en el suelo de su celda, con la espalda apoyada en la pared fría. No sabía del incendio. No sabía que Julián estaba arriesgando su vida. Pero de repente, sintió una punzada en el pecho, un calor súbito que no venía del sistema de calefacción.

​Se llevó la mano al corazón y cerró los ojos.

—Julián... —susurró.

​El guardia de turno golpeó los barrotes.

—Rossi, tienes una llamada de tu abogado. Parece que hay noticias de tu familia.

​Alessandra se levantó lentamente. El miedo la invadió. ¿Había ganado Isabella? ¿Se había quedado sola en el mundo? Lo que no sabía era que, a miles de kilómetros, un hombre cubierto de quemaduras y ceniza estaba entrando en una comisaría con un sobre arrugado y un testigo clave, dispuesto a quemar el mundo entero con tal de verla libre.

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