Cuando El Reino Colmillo y Sombra Era una de las Poderosas y temidas por su generaciones de Reyes Alfas , con la espera de un nuevo Rey, todo dio un gran giro al tener una Niña Alfa llamada Ema.
Su Poder estaba en juego como su corona, no la creían apta, su vida fue criticada y usada para benéfio de muchos enemigos al ser una niña dulce y vulnerable.
La tomaron de menos, cuando su tortura escalo hasta una noche donde su mejor amiga la mató en un intento de celos por un el amor del Alfa Lucas quien era el más poderosos y deseadas por todas. La manada fue tomada y traicionadan por su tio lleno de odio y envidia hacia el Rey, tomo el control, llevando a su hijo ser el nuevo Rey Alfa, dando una muerte terrorífica a su hermano y su familia
Pero la muerte es algo misteriosa, pues en el cuerpo de Ema recae el alma de una joven totalmente diferente al resto, una máquina mortal llamada Cecilia.
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Ema llegó al castillo, fue directa a bañarse y luego bajó lista para preparar su comida. No dejaría de lado su rutina anterior; sus entrenamientos físicos los reinició de inmediato, pues su cuerpo de antes estaba en mejor forma que este.
Los sirvientes corrían de un lado a otro preparando todo para su cumpleaños. Ema observó el ambiente: su padre era detallista en cada cosa.
—Alfa... Queríamos saber qué gusto desea en su torta —dijo tímidamente una sirvienta.
Ema miró la mesa llena de tortas de todos los sabores. «Acá se fue mi rutina.»
Algo que no podía controlar era su debilidad por las cosas dulces: eran su perdición. Fue probando cada una mientras sonreía; la sirvienta se reía con cada mueca que hacía.
«No da miedo como dicen. Se ve muy tierna con la crema en la cara.»
—Me gustan todas —suspiró—. Pero estas dos y ese estarían bien para la entrada, y este para el postre final —dijo volviendo a su seriedad habitual.
—Está bien, alfa... —dijo la joven con timidez. Ema vio el brazo de la sirvienta cubierto de cortes y la agarró de golpe, asustándola.
—¿Qué te pasó? —preguntó.
—Emmm... Solo me lastimé con las rosas, majestad... —dijo nerviosa.
—¿Eres nueva? —preguntó. La joven asintió.
—Me llamaron después de la muerte de la sirvienta —respondió con miedo.
—Ya veo... ¿Cómo te llamas? —la soltó al sentir su temblor.
—Megan... Alfa.
Ema abrió los ojos de par en par: escuchar el nombre de su hermana fue un golpe en el pecho.
—Dime la verdad: esos no son heridas de rosas. Alguien te hizo algo. Puedes decírmelo, no voy a enojar...
—¡MEGAN! —gritó un hombre desde la cocina. La joven se sobresaltó y bajó la mirada—. Alfa, disculpe si la molestó: es nueva y muy torpe a veces —la miró de reojo.
Ema sintió el olor a miedo en ella aún más fuerte; sus manos temblaban.
«Este seguro es el causante de sus marcas.»
—Para nada... Fue muy buena y amable, señor... —lo miró como buscando su nombre.
—Víctor, alfa. Jefe de cocina.
Ema asintió, lanzándole una última mirada a Megan, quien sonrió levemente por su comentario, pero vio cómo el hombre la regañaba todo el camino de regreso.
«Me parece que este castillo está lleno de cobardes que se creen dueños de todo.»
...
Ema continuó con sus estudios antes de que llegara la tarde. Su padre había traído a una excelente maestra, especialista en enseñar a los alfas: era una de las mejores de la manada.
Terminó exhausta, y aún le faltaba la fiesta de cumpleaños. Pero con solo pensar en ver la cara de la estúpida Samanta, sonrió.
Estaba en el bosque del jardín descansando cuando empezó a sentir dolor en todo su cuerpo; sus huesos se quebraban con fuerza. Su padre corrió cuando escuchó sus gritos y llegó corriendo hacia ella.
—Cariño, tranquila: te estás transformando. Deja que pase, solo será un momento.
«Esto duele como el demonio.»
Ema suspiró, aguantando el dolor y dejando que el proceso se completara. Todo fue un estruendo de huesos hasta que un silencio y un zumbido en los oídos la invadieron.
Miró su cuerpo: tenía unas patas negras enormes y sentía un calor reconfortante a su alrededor. Miró a su padre, quien tenía los ojos como platos.
—Es increíble, cariño: tu lobo es enorme... —dijo sonriendo—. Espera, te traeré un espejo —corrió rápidamente al castillo y volvió al instante con uno grande.
«Carajo... ¡Qué fuerte estoy!»
«Somos hermosas, Ema...»
«Wow... Eso es nuevo... ¿Eres mi loba?»
«Sí, Ema... Me llamo Bell.»
«Qué lindo nombre.»
—Mira, cariño... Corre, debes ir a dar una vuelta. Te superaré para tu fiesta —dijo feliz moviendo su mano.
Ema la lamió y se fue rápidamente corriendo; estaba más que feliz con Bell, quien sacaba la lengua de tanto disfrutar el galope.
«Cacemos algo» —dijo entusiasmada.
—Bien... Algo grande —movió la cola al ver de lejos un venado.
Se acercó sigilosamente hasta que saltó sobre él, cortándole el cuello y empezando a devorarlo.
«Tranquila, Bell: te dará indigestión» —rió.
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Horas antes
—¿Hija, dónde estabas? —la miró cubierta de barro.
—Salí a cazar, madre, y me emocioné —sonrió.
—Ya veo... Bien, báñate: iremos a comer a la cabaña del alfa Lucas —dijo al mirarla.
—Sí... ¿Papá ya llegó? Dijo algo sobre su pareja ¿La encontró? —preguntó nerviosa.
—Niña, cálmate: aún no. Pero sabes que seguro elegirá a Ema, según tu padre —dijo sin importancia.
Samanta sonrió. «Imposible: está más fría que el hielo.»
—Ya veo... —suspiró fingiendo pesar.
—Tranquila, cariño: no pienses en eso. Tú también encontrarás a tu pareja pronto, lo sé. Pero así no, así que báñate, ¡vamos, vamos! —decía empujándola hacia arriba.
«Ay, madre, si supieras que el alfa será mío.»
Samanta se bañó, se frotó bien las manos tratando de eliminar todo rastro del olor de Ema. Quemó la ropa en el patio después de eso y entró a comer con sus padres, tan feliz que no dejaba de sonreír.
...
Se levantó con todos los ánimos, bajó a desayunar y le dio un beso a sus padres, dejándolos sorprendidos.
—¿Dormiste bien, cariño? —preguntó su padre.
—Mejor que nunca, papi. Hoy es un día hermoso —suspiró sonriendo.
—Me alegro, cariño. Porque hoy tenemos una fiesta por la noche ¿Irás con nosotros? —preguntó.
—Sí, claro. ¿De quién? —dijo tomando su té.
—De la alfa Ema: cumple 16 años.
La taza de Samanta cayó de su mano, rompiéndose en mil pedazos. Su cuerpo se tensó al escuchar eso.
—Ay... Cariño, ten más cuidado —decía su madre ordenando que limpiaran mientras veía su rostro pálido—. ¿Cariño... estás bien?
«Imposible... No, no puede estar viva.»
—Sí... Solo sentí un mareo, es todo. Seguro son los nervios por mi transformación —dijo nerviosa ante sus miradas preocupadas.
«No puede ser. ¿Ahora qué hago?»
—Bien... Come algo y respira. Toma las cosas con calma.
«Mierda, mierda, mierda. Si dice algo, estoy muerta.»
Samanta estaba perdida en sus pensamientos de nervios; no escuchaba lo que decía su padre, solo asintió.
«Tengo que asegurarme de que no hable... Después de todo, nadie la toma en serio.»
...
Los rumores se esparcieron como humo por todo el reino: Ema había quemado el cuerpo de la sirvienta en la entrada del pueblo. Todos estaban sorprendidos, pues era algo que nunca esperaban de ella. Muchos sintieron miedo, otros solo se rieron sin creerlo, y algunos ni siquiera prestaron atención, pues seguían pensando en molestarla.
Samanta no creyó tal cosa; solo pensó en cómo callarla y aprovecharía la fiesta para dejarla en ridículo.
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