Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
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Capítulo 2: El hielo que no debería arder
Rhydian no tocó el pergamino de inmediato.
La idea de quedar bajo la “jurisdicción directa” de Severin Nocthar le erizaba la piel de una forma incómoda. No era miedo simple. Era la sensación de entrar voluntariamente en el territorio de alguien que no ofrecía refugio, solo control calculado. Y, aun así, la alternativa —ser usado como moneda por el duque— era peor.
—¿Así que me convierto en tu problema? —preguntó Rhydian, con una sonrisa torcida—. No pareces del tipo que colecciona problemas.
—No los colecciono —respondió Severin—. Los gestiono.
La forma en que lo dijo fue tan desapasionada que a Rhydian le recorrió un escalofrío. Aun así, tomó el pergamino y lo desplegó. Los sellos del ducado eran claros. Su nombre estaba escrito con tinta oscura, demasiado elegante para algo que le resultaba tan poco elegante como decidir su destino por él.
—¿Esto es protección o vigilancia? —inquirió.
—Ambas —admitió Severin sin rodeos—. No confío en lo que no puedo prever.
Rhydian soltó una risa breve.
—Entonces vamos a llevarnos mal.
—Es probable —concedió el Enigma—. Las personas que no se doblegan suelen ser… inestables para los planes.
Rhydian alzó la vista, desafiante.
—No me confundas con una pieza que se sale del tablero. Yo elijo dónde piso.
Severin sostuvo su mirada durante un largo segundo. Luego, con un gesto lento, acercó un pequeño estilete de metal hacia Rhydian.
—No te pido obediencia —dijo—. Te pido que sobrevivas el tiempo suficiente para que yo pueda mover las piezas que sí controlo.
Rhydian tomó el estilete. La frialdad del metal le recordó que aquella alianza no tenía nada de cálido.
—No me sacrificaré por tus estrategias.
—No te lo pediré —respondió Severin—. No desperdicio recursos que aún respiran.
El silencio que siguió no fue hostil, pero sí denso. La cercanía entre ambos hacía que Rhydian fuera consciente de cada detalle del Enigma: la calma rígida de su postura, la respiración apenas perceptible, la forma en que sus ojos grises no se desviaban. No había en Severin ni rastro de nerviosismo. Eso lo hacía sentir, extrañamente, expuesto.
—¿Por qué yo? —preguntó Rhydian al fin—. Entre tantos omegas, ¿por qué elegirme a mí como “recurso”?
Severin apoyó una mano sobre el mapa.
—Porque no hueles a rendición —dijo—. Y porque no todos los omegas soportan estar en un lugar donde nadie los va a tratar con suavidad.
Rhydian apretó los labios. Aquello no era un halago. Era una evaluación.
—No necesito suavidad —replicó—. Necesito no ser vendido.
Severin asintió una sola vez.
—Entonces coincidimos.
Un golpe seco en la puerta interrumpió el momento. Un mensajero entró con premura, inclinándose ante Severin.
—Lord Nocthar, el duque solicita su presencia inmediata en la sala del consejo. Hay noticias de la frontera.
Los ojos grises del Enigma se afilaron apenas.
—¿Qué tipo de noticias?
—Movimientos de tropas del clan Helkar —respondió el mensajero—. Y… rumores sobre capturas de omegas en las aldeas del este.
Rhydian sintió un nudo en el estómago.
Severin cerró los ojos un instante, como si ordenara piezas en su mente.
—Prepárame los informes completos —ordenó—. Y que nadie toque al omega.
El mensajero dudó un segundo.
—El duque…
—Que el duque se quede con su paciencia —interrumpió Severin—. Yo me encargo del resto.
Cuando quedaron solos de nuevo, Severin tomó su capa.
—No salgas del ala este —dijo a Rhydian—. No porque seas débil, sino porque hay demasiados ojos que confunden desafío con invitación.
Rhydian sostuvo su mirada.
—No me escondo.
—No te lo pido —respondió Severin—. Te pido que elijas tus batallas.
Severin se giró para irse, pero se detuvo en el umbral.
—Y Rhydian…
El omega levantó la vista.
—Si en algún momento sientes que este castillo empieza a cerrarse demasiado sobre ti —dijo Severin, con una voz tan baja que parecía solo para él—, dímelo. Hay jaulas que puedo abrir… aunque no sepa cómo hacerlas hogar.
La puerta se cerró.
Rhydian quedó solo con el pergamino en la mano y una certeza incómoda en el pecho: el Enigma no prometía amor, ni protección cálida, ni refugio. Pero en un mundo que solo ofrecía cadenas bonitas, Severin le estaba dando, al menos, una grieta por donde respirar.
Y eso, peligrosamente, empezaba a importar.