Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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De Regreso
El vuelo de regreso a Venezuela fue un calvario de diecisiete horas que drenó las energías de la pequeña Marian. La niña ahora duerme plácidamente, con la cabeza apoyada en el hombro de Cristian, quien la sostiene con una delicadeza que contrasta con su imponente presencia. Él carga el peso de la pequeña mientras Miranda, agotada pero con una sonrisa que oculta sus verdaderos nervios, arrastra las maletas a través del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar.
Al cruzar las puertas automáticas, el sol inclemente de La Guaira los golpea sin piedad. El aire es denso, cargado de salitre y de ese calor tropical que abraza y asfixia al mismo tiempo.
—¡Prima! —una voz alegre y vibrante corta el ruido del ambiente.
Álvaro camina hacia ellos con los brazos abiertos. Al llegar, envuelve a Miranda en un abrazo efusivo, ignorando por un momento al hombre que la acompaña.
—Mira qué bella estás, la distancia te ha sentado de maravilla —dice Álvaro, antes de separarse y dirigirle una mirada gélida a Cristian—. Hola, Cristian.
—Álvaro. Es un gusto verte —responde Cristian con una sequedad que hace que el aire se vuelva aún más pesado.
Acomoda a Marian en sus brazos, quien ni siquiera se inmuta ante la tensión de los adultos.
—Por favor, vamos al auto —interviene Miranda, tratando de suavizar las asperezas—. La niña está agotada y nosotros nos caemos del cansancio.
Aunque ambos hombres son aliados en este juego de sombras, sus personalidades chocan de forma violenta. Álvaro es el fuego; Cristian, el hielo. Juntos son una mezcla volátil.
—Andando entonces, Reina —Álvaro le quita las maletas a Miranda y camina con paso decidido hacia un deportivo rojo brillante estacionado en la salida.
Una vez instalados en el vehículo, el aire acondicionado comienza a combatir el bochorno exterior.
—¿Vamos directo a tu nuevo apartamento en la "zona de los ricos"? —pregunta Álvaro con una pizca de ironía mientras maniobra para salir del aeropuerto.
—Al apartamento —murmura Miranda, cerrando los ojos. El cansancio finalmente ha vencido su resistencia; no durmió un solo segundo en el avión, vigilando cada sueño de Marian.
El silencio se apodera de la cabina, o al menos eso cree Miranda antes de caer en un sueño profundo. Álvaro, al ver por el retrovisor que su prima finalmente ha sucumbido al sueño, apoya la cabeza en el hombro de Cristian, quien también sostiene a Marian como si fuera un tesoro frágil.
—Debo confesar que adoro que por fin pongas en su lugar a ese par —habla Álvaro en voz baja, con la vista fija en la carretera—. Lograste entrar en su corazón, ¿no es así, Cristian? —
Cristian tensa la mandíbula, mirando por la ventana las áridas colinas de la autopista Caracas-La Guaira.
—Solo la estoy ayudando con su venganza —responde de forma tajante—. Tú fuiste el de la "grandiosa" idea de que me fuera a España, que me hiciera su amigo y que le revelara que, para mi desgracia, soy el mejor amigo del tipo que la destruyó.
—Eras tú o el hermano de David, y él sí que estaba enamorado de ella —revira Álvaro con desdén—. Preferí que fueras tú. Además, no finjas. Sé cómo la mirabas desde el liceo. Esa mirada sigue ahí, Prada. Te gusta desde que era novia de David, pero fuiste demasiado cobarde para actuar.
—Sigue hablando y terminarás sin lengua, Álvaro Rinaldi —amenaza Cristian, su voz vibrando con una rabia contenida.
—Amenázame lo que quieras, pero sabes que digo la verdad. Tuviste tu oportunidad y la desperdiciaste. Solo en España tuviste el valor de acercarte.
El silencio de Cristian es su única respuesta. Álvaro se ríe entre dientes, disfrutando de su pequeña victoria moral.
—Todavía recuerdo cuando sugeriste lo del aborto para Laura —continúa Álvaro en un susurro—. Y Miranda, tan digna, diciendo que no era una asesina. Pero luego vino tu idea maestra de dar a la niña por muerta al nacer y llevársela... esa idea le fascinó.
—Ella estaba sufriendo, Álvaro. Todo el mundo lo notó. Merece ser feliz, incluso si el camino es oscuro.
—Titos... no dejan dormir —se queja Marian, abriendo un ojo apenas unos segundos antes de volver a cerrarlo—. Tenía que ser Álvaro...
Los hombres se quedan en silencio, vigilando que Miranda no haya despertado. El resto del camino transcurre en una tregua silenciosa mientras el coche se adentra en el este de la ciudad.
El vehículo se detiene frente a un imponente conjunto residencial en una de las zonas más exclusivas de Caracas. Es una estructura de arquitectura vanguardista, con fachadas de vidrio reforzado y acabados en piedra volcánica. Al llegar, el personal de seguridad y los botones del edificio se apresuran a bajar las maletas.
Miranda sigue profundamente dormida. Cristian, con una fuerza que parece no costarle esfuerzo, la toma en sus brazos con una delicadeza infinita, mientras Álvaro carga a la pequeña Marian.
El apartamento es una oda al lujo moderno. La cocina es de concepto abierto, con encimeras de cuarzo negro y electrodomésticos de última generación que brillan bajo las luces LED empotradas. El comedor, con una mesa de vidrio macizo para ocho comensales, conecta con una sala amplia decorada con sofás de cuero blanco y un televisor de pantalla curva que domina la pared principal.
Álvaro lleva a Marian a su habitación. Es un mundo aparte: las paredes están pintadas en tonos pasteles suaves y decoradas con murales de las princesas de Disney, su gran pasión. En una esquina, una cama con forma de carruaje la espera bajo un dosel de tul.
Por su parte, Cristian deposita a Miranda en su dormitorio. La habitación es un santuario en tonos lila y gris perla. Lo más llamativo es una enorme estantería que cubre una pared entera, repleta de sus tesoros: la saga Meses a tu lado de Joana Marcús, la sega Pecados Placenteros y Boss de Eva Muñoz, junto a clásicos de la psicología.
Cristian la acomoda en la cama, le quita los zapatos y la cubre con una manta de seda. Se queda observándola unos segundos, fascinado por la paz que emana su rostro cuando no está pensando en la venganza. Sin poder evitarlo, se inclina y deposita un beso tierno y prolongado en su frente.
—¿Vas a seguir negando lo que sientes? —la voz de Álvaro suena desde la puerta, cruzado de brazos.
Cristian se yergue de inmediato, recuperando su máscara de frialdad.
—No sé de qué hablas —dice, saliendo de la habitación.
—Ese beso no fue de "socios de negocios" o “mejores amigos"—se burla Álvaro mientras caminan hacia la tercera habitación, la de Cristian.
El cuarto de Cristian es radicalmente distinto: una paleta de negros, carbón y grises metálicos. La cama es king size, con sábanas de algodón egipcio negro. Hay un escritorio con tres monitores, su centro de mando, y un ventanal que da a la azotea privada.
Allí, en la terraza, el lujo continúa: muebles colgantes que parecen nubes, una mesa de café protegida por una sombrilla de diseño y macetas de cerámica hechas a mano con rosas de colores imposibles: rojas, azules y rosadas, que contrastan con el cielo nocturno de Caracas.
—Mañana empieza el verdadero juego —dice Cristian, mirando hacia la ciudad iluminada—. Asegúrate de que todo esté listo para el encuentro con David.
—Lo estará —responde Álvaro, perdiendo el tono burlón—. Pero ten cuidado, Cristian. En este juego de espejos, es fácil olvidar quién es el cazador y quién la presa.