Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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nueva víctima
Su pensamiento es cortado cuando un compañero ingresa a la oficina.
—Darío, Marcos —dice el agente López, con esa cara de "no traigo buenas noticias"—. Nos toca investigar un nuevo caso. Al parecer, está relacionado con el caso de la chica atada con alambre. Todo es muy similar, así que como tenemos ese caso... bueno, pues uno más uno son dos. Y no hay muchas manos. Así que andando.
Demonios, piensa Darío. Se acabó el descanso.
—¿Dónde? —pregunta, poniéndose de pie de un salto.
—Barrio Las Flores. Zona sur.
—Eso está a veinte minutos —dice Marcos, revisando su teléfono—. ¿Quién avisó?
—Un vecino. Oyó gritos anoche pero pensó que era pelea de borrachos. Esta mañana se asomó a la ventana y vio la puerta abierta.
Darío ya está agarrando su chaqueta. La imagen del embalsamador se desvanece, reemplazada por el frío del deber. Eso es lo bueno de este trabajo. No te deja pensar en tonterías.
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Se montan en la camioneta y directo a la escena del crimen.
El barrio es de esos que la ciudad prefiere ignorar. Calles sin pavimentar, casas de lámina, perros flacos mirando desde las esquinas. La caminata está estacionada frente a una casa amarilla con las ventanas rotas.
Ya todo está con cintas de restricción. Muestran sus placas a los policías que están en el área e ingresan.
—Dios, qué desastre —dice Marcos y se tapa la nariz.
El olor es inconfundible. Darío ya lo conoce. Sangre. Muerte. Algo podrido que empieza a florecer.
—¿Dónde está la víctima?
—Ahí —señala uno de los policías que está ayudando a la recolección de la evidencia.
Darío camina hacia el centro de la habitación. La luz entra por una ventana sin cortinas, cayendo directo sobre la silla.
Hombre Omega. Máximo 18 años.
Sentado. O lo que queda de él.
Sin pies. Sin manos. Atado al respaldo con alambre de púas, oxidado, que se hunde en la carne como si quisiera fundirse con los huesos. Signos graves de violencia de todo tipo. La cara apenas es reconocible. Los ojos... los ojos están abiertos. Mirando al techo. Como si en sus últimos segundos hubiera estado buscando algo que nunca llegó.
—Mierda —susurra Darío, y esta vez no es una grosería cualquiera. Es un rezo. —¿Cuántas horas lleva así?
—El forense calcula unas ocho —responde López, que ha entrado detrás de ellos—. El vecino llamó hace una hora.
—Ocho horas —repite Marcos, bajando la voz—. Ocho horas desangrándose, sin manos para pedir ayuda, sin pies para huir.
—No te pongas sentimental —lo corta Darío, aunque sus propias manos tiemblan dentro de los guantes de látex que acaba de ponerse—. Trabajamos con hechos.
Camina alrededor de la silla. Observa el alambre. La forma en que está atado. El patrón.
—Es el mismo —dice, casi para sí—. El mismo nudo que con la chica del contenedor.
—¿Estás seguro? —pregunta López.
—Mira. Doble vuelta, luego un amarre en ocho, y la punta remetida hacia adentro. Es una firma. El hijo de puta está dejando su tarjeta de presentación.
Darío se arrodilla para ver mejor. La sangre ya está seca, marrón oscuro sobre el piso de cemento. Hay algo más. Marcas en el suelo. Como si algo pesado hubiera sido arrastrado.
—Esto no es el escenario primario —dice, levantándose—. Lo mataron en otro lado y lo trajeron aquí. Las marcas de arrastre son de entrada, no de salida.
—¿Por qué? —pregunta Marcos.
—Porque quiere que los encuentren. Quiere que los veamos así. En una silla. Como si fuera un maldito trofeo.
El silencio se instala en la habitación. Solo se escucha el crepitar de las radios de los policías afuera y el zumbido de las moscas que empiezan a llegar.
Darío se quita un guante, se pasa la mano por la cara. Está sudando. O quizás es otra cosa.
—Necesitamos el perfil de la víctima —dice, recuperando el tono profesional—. Nombre, edad, si alguien lo reportó como desaparecido. Y quiero saber si tiene tatuajes, cicatrices, cualquier cosa que lo identifique.
—Ya están en eso —dice López—. El forense llega en diez.
Darío asiente. Pero su mente ya está en otro lugar.
Un Omega joven. Atado con alambre. Violencia extrema.
Su destinado trabaja con muertos. Ha visto esto antes. Muchas veces.
Y de repente, Darío tiene miedo. No por él. No por la víctima.
Por Carlos. Por el hombre que no sabe que existe un psicópata suelto que está cazando Omegas. Por el hombre que trabaja solo, de madrugada, en una funeraria vacía.
—Termino aquí y voy a verlo —murmura, tan bajo que nadie lo escucha.
—¿Qué? —pregunta Marcos.
—Nada. Vamos a trabajar.
Pero en su cabeza, la imagen de Carlos está otra vez. Y esta vez no es bonita. Es una alerta roja que no puede ignorar.
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Hemos terminado de recoger las muestras y las evidencias. La escena del crimen ya está vacía, solo el fantasma del chico en la silla flotando en el aire. Marcos cierra la última bolsa de evidencia y se estira, la espalda cruje.
—Llevaremos esto al laboratorio, trasladaremos el cuerpo a la morgue y luego a la funeraria —dice López, el forense, mientras se quita los guantes—. ¿Quién se encargará de recoger el informe?
—¡Yo! —salta Darío de la silla en la que se encontraba.
Demasiado rápido. Demasiado entusiasta.
Todos lo miran.
—Pero qué entusiasmo, Fuentes —dice López, arqueando una ceja—. Desde cuándo te peleas por ir a la funeraria?
—Siempre hago mi trabajo —responde Darío, cruzando los brazos—. No soy como otros que dejan todo para después.
Marcus suelta una risa. Lo conoce demasiado.
Bueno, ya que tenemos a un voluntario —dice López, guardando sus cosas—, busquemos algo de comer que ya no puedo más. ¿Quieren venir a mi casa? Mi esposa hizo una feijolada con chicharrón de rechupete. ¿Qué dicen?
—Yo me apunto —dice Marcus, frotándose las manos.
—Yo voy —responde Darío, aunque su cabeza ya está en otro lugar—. Pero solo un rato, y por favor nada de cerveza que ya el jefe me llamó la atención hoy. Con eso es suficiente para el resto de la semana.
—El niño de papá fue regañado —se burla Marcos, haciéndole muecas—. Buuu.
—Cállate, Marcus —gruñe Darío, pero sin veneno. Está acostumbrado.
Los demás compañeros se ríen. Alguien le da una palmada en la espalda. El ambiente se relaja, como siempre pasa después de una escena dura. La comida, las bromas, la normalidad. Es la única forma de no volverse loco.
Darío se sube a la camioneta junto a Marcos. El motor arranca. El barrio feo queda atrás.
—Estás raro hoy —dice Marcos, mirándolo de reojo—. Desde anoche.
—Estoy cansado.
—Mientes.
—Siempre miento.
Marcos niega con la cabeza, pero no insiste. Son amigos. Saben cuándo presionar y cuándo dejar espacio.
Darío mira por la ventana. La ciudad gris. La gente que camina sin saber lo que hay en una casa amarilla en el barrio Las Flores.
La funeraria, piensa. Tengo que ir a la funeraria.
Y su estómago hace un extraño movimiento que no es hambre.
—Oye, Marcos —dice, sin dejar de mirar la calle—. ¿Tú crees en los destinados?
—¿Qué?
—Nada. Pregunto.
Marcos lo mira como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Desde cuándo te interesa eso?
—Desde hoy —miente Darío—. Desde que vi ese chico muerto en la silla. Me puse a pensar en lo corta que es la vida y... no sé. Tonterías.
Marcus se queda callado un momento. Luego suspira.
—Mi abuela decía que cuando encuentras a tu destinado, lo sabes. No hay dudas. Es como un puñetazo en el pecho. No puedes respirar. No puedes pensar en otra cosa.
Darío traga saliva.
—¿Y si el otro no lo siente?
—Entonces no es tu destinado —dice Marcos, encogiéndose de hombros—. Por eso se llama "destino". Los dos lo sienten. Si no, es solo un amor cualquiera.
Darío asiente. Y se queda en silencio.
Entonces él no es mi destinado, piensa. Porque él no lo siente. Él no sabe. Él me mira como si fuera un estorbo.
Pero entonces, ¿por qué su pecho explotó cuando entró a esa funeraria? ¿Por qué el mundo se detuvo?
—Llegamos —anuncia Marcos, frenando frente a la casa de López.
Darío baja de la camioneta. El olor a feijolada ya se cuela por la ventana. Alguien pone música. Alguien más llega con cerveza a pesar de todo.
Él se sienta en una silla de plástico en el patio, con un plato en la mano, y no prueba ni un bocado.
Solo piensa.
Piensa en el chico muerto.
Piensa en el alambre.
Piensa en Carlos.
Siempre en Carlos.