La vida de Emma cambia cuando el señor Rodrigo, tras más de 40 años trabajando en la empresa, decide jubilarse. Buscando a alguien joven y conocedor de su área para sustituirlo, elige a su asistente, quien ya tiene más de 10 años de experiencia trabajando a su lado. Aunque su elección podría convertir a Emma en la candidata perfecta para convertirse en la nueva madre de los hijos del presidente.
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Capítulo 4
Emma miró el reloj en la pared de su departamento y se dio cuenta de que tenía tiempo de sobra para llegar al trabajo. A pesar de esto, sabía que debía ser puntual, así que decidió salir temprano. Esta vez, en lugar de apresurarse como de costumbre, caminó relajada hacia la empresa, permitiéndose apreciar un poco la vista que siempre se perdía por ir tan de prisa. Al llegar a un semáforo en rojo, se detuvo y esperó con calma, recordando la última vez que intento cruzar apresuradamente y casi termina con su vida. No quería volver a pasar vergüenza.
Cuando la luz cambió a verde, Emma cruzó la calle rápidamente y continuó su camino. A pocos metros de la empresa, se desvió hacia la cafetería. Pidió tres cafés: uno para su jefecito, el Señor Castillo, otro para su amiga Nicole, y el último para ella. Con los vasos en mano, entró al edificio con un paso más calmado de lo habitual, cuidando cada movimiento para no tropezar ni derramar los cafés.
Al llegar al departamento de operaciones, se dirigió a donde estaba Nicole y le entregó el café. —Aquí tienes, loca. —Dijo Emma, sonriendo mientras le extendía el vaso.
Nicole la miró con sorpresa y tomó el café. —¿Qué te sucede? —preguntó, extrañada. Era raro que Emma hiciera este tipo de gestos, por no decir que nunca, aunque era verdad, normalmente era Nicole o el Señor Castillo quienes traían el café.
—Dios mío, solo acéptalo y ya. —Respondió Emma, intentando restarle importancia.
Nicole aceptó el café, agradecida. —Bueno, gracias por el cafecito. —Dijo, besando el recipiente con entusiasmo.
Emma continuó hacia la oficina de su jefe. Cuando entró, colocó el café en el escritorio del Señor Castillo, quien levantó la vista del documento que leía y la miró por encima de sus gafas.
—¿Qué te sucede? —Preguntó con curiosidad, sin poder ocultar su sorpresa.
Emma bufó, exasperada. —¡¿Por qué todo el mundo se sorprende?! Solo es un gesto de mi parte.
—Te lo agradezco. —Respondió el Señor Castillo, tomando un sorbo de su café. Luego, como si fuera lo más normal del mundo, añadió: —Mañana te presentaré a la junta directiva como mi nueva reemplazo.
Emma sintió cómo el color abandonaba su rostro. —¿Es en serio? —Preguntó, con la esperanza de que todo aquello fuera una broma. Pero la expresión seria de su jefe no dejaba lugar a dudas.
—Hablo en serio, Emma. Tú serás mi reemplazo, y no pienso discutirlo. —El Señor Castillo se reclinó en su silla, convencido de su decisión.
Emma intentó protestar, pero las palabras no salían de su boca. —Pero…
El Señor Castillo la interrumpió. —Estoy segurísimo de que serás mucho mejor que yo, Emma. Pero antes, te sugiero que hagas un cambio en tu guardarropa. —Señaló su atuendo con el bolígrafo.
Emma bajó la mirada hacia su ropa, buscando alguna mancha o desperfecto. —¿Qué tiene de malo mi ropa? —Preguntó, un tanto ofendida.
—No tiene nada de malo, pero una gerente no suele vestirse de esa forma. —Explicó el Señor Castillo mientras se levantaba de su silla. —Ven, acompáñame.
—¿A dónde vamos, Señor Castillo? —Preguntó Emma, siguiendo a su jefe con una mezcla de curiosidad y temor.
—A ver al Presidente, Emma.
—¡¿Qué?! —La exclamación de Emma resonó en todo el departamento, atrayendo la atención de los demás empleados. El Señor Castillo negó con la cabeza, acostumbrado ya a las reacciones exageradas de Emma.
—Antes de presentarte ante todos, tengo que presentarte al presidente. Él es quien tiene la decisión final, Emma, y su autoridad es superior a la mía. —Explicó el Señor Castillo mientras caminaban hacia el ascensor.
—Él me va a matar, señor. —Murmuró Emma, sintiendo un nudo en el estómago.
—Estoy seguro de que ya se le olvidó. Está tan ocupado que no tiene tiempo para distraerse con esas cosas. —Dijo el Señor Castillo, tratando de calmarla.
Emma suspiró resignada. —Está bien, lo acompañaré.
—Te pido que te comportes. Recuerda que no estamos en una guardería, Emma.
—Me ofende, señor. Sabe lo bien que hago mi trabajo. —Respondió Emma, sintiéndose un poco herida.
—Por eso te pido que te comportes. —Repitió el Señor Castillo, con una sonrisa de complicidad.
Emma rodó los ojos, pero siguió el paso de su jefe hasta el ascensor. El Señor Castillo presionó el botón para el último piso, donde se encontraba la oficina del presidente. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, fueron recibidos por la secretaria del presidente, quien les hizo un gesto para que pasaran.
La secretaria tocó la puerta de la oficina del presidente y, al recibir el permiso para entrar, les informó que el Señor Castillo había llegado con su reemplazo. Dominic, el presidente, la hizo pasar, y ella salió de la oficina, invitándolos a entrar con una sonrisa profesional.
—Bien, Rodrigo, sé rápido por favor. —Dijo Dominic, sin levantar la vista de su computadora. Cuando finalmente miró hacia arriba, frunció el ceño al ver a Emma junto a su jefe. —¿Dónde está tu reemplazo, Rodrigo?
Emma sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Esperaba preguntas sobre su capacidad para manejar un departamento, pero el desdén en la mirada del presidente la enfureció. Apretó los puños y se mordió los labios, resistiendo el impulso de responder de manera impulsiva. Sabía que no podía permitir que Dominic tuviera más razones para cuestionar a su jefe.
El Señor Castillo, sin embargo, no dejó pasar el comentario. —No juzgue un libro por su portada, Señor Lewis. Emma podrá no parecerse a una gerente tradicional, pero le aseguro que es una excelente empleada, y como gerente será la mejor que podrá tener. Incluso mejor que yo.
Emma se sintió conmovida por las palabras de su jefe. Él creía en ella, incluso cuando ella misma dudaba de su capacidad.
Dominic levantó una ceja, sorprendido por la firmeza de Rodrigo. —Me sorprende lo que dices, Rodrigo. Sin embargo, ¿cómo esperas que no juzgue un libro por su portada? Solo mírala, no tiene la autoridad que requiere el puesto. Dudo mucho que los demás la respeten vistiendo así.
Emma se sintió humillada, pero Rodrigo no permitió que la conversación se desviara. —Señor Lewis, lo que importa no es su apariencia, sino su desempeño. Y le aseguro que Emma superará todas las expectativas.
Dominic los miró en silencio, considerando las palabras de Rodrigo. Finalmente, asintió lentamente, aunque sin abandonar del todo su escepticismo. —Quiero confiar en tu juicio Rodrigo, pero quiero resultados y dudo mucho que ella me los de.