Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 30
...Val....
Fui a las oficinas de Grupo Reyes porque necesitaba confirmar algo.
Grupo Reyes era la empresa de Luciano. Un edificio de cristal de quince pisos en la zona financiera, con un logotipo plateado en la entrada y una recepcionista que parecía modelo. Fui sin avisar. No quería hablar con Luciano —quería hablar con su departamento legal para verificar si Grupo Mendoza, la empresa de mi padre, realmente estaba vendiendo acciones como me dijo Octavio Heredia.
La recepcionista me miró como si fuera una mancha en su piso brillante.
—¿Tiene cita?
—No. Busco al departamento legal.
—Sin cita no puede pasar.
—Dígales que Valentina Mendoza quiere verificar una transacción de acciones de Grupo Mendoza.
La recepcionista marcó un teléfono. Habló en voz baja. Colgó.
—Pase al piso doce.
Subí al elevador. Y en el piso doce, en vez del departamento legal, me encontré a Luciano.
Estaba recargado contra la pared del pasillo, esperándome, con los brazos cruzados y la sonrisa que le conocía mejor que mi propia cara.
—Muñeca. Qué sorpresa.
—Vine por información, no por ti.
—Siempre tan directa. —Se acercó un paso—. ¿Sabes? Me enteré de que tu pilotito y tú terminaron. Qué lástima.
—No terminamos nada porque no había nada.
—Eso dices tú. Pero él no opina lo mismo. Lo vi hace dos días en un evento de la aerolínea. Tenía cara de perro abandonado. —Se rió—. Me dio un poco de pena, la verdad.
—La información, Luciano. ¿Grupo Mendoza está vendiendo acciones?
Se le borró la risa.
—Eso es confidencial.
—Lo que sea que mi padre esté vendiendo afecta los bienes de mi madre. Y yo tengo derecho a saberlo.
—¿Desde cuándo te interesan los negocios de tu padre?
—Desde que descubrí que está usando los bienes de mi madre para financiar sus tratos.
Luciano me miró un segundo más largo de lo necesario. Después se enderezó.
—Vete a casa, Val. Esto no es para ti.
—Todo lo que tiene que ver con mi madre es para mí.
Me di la vuelta. Caminé al elevador. Sentí los ojos de Luciano en mi espalda como agujas.
—Val —dijo, antes de que las puertas se cerraran.
Lo miré.
—Cuidado con lo que buscas. A veces lo que encuentras es peor que no saber.
Las puertas se cerraron. Bajé. Salí del edificio.
Y en la acera de enfrente, estacionada en doble fila con las intermitentes encendidas, estaba la camioneta de Seb.
Él estaba adentro. Mirándome. Con las manos en el volante y la mandíbula tan apretada que le marcaba los músculos del cuello.
Me vio salir del edificio de Luciano. Y lo que vi en su cara no fue la calma que le conocía. Era algo oscuro, denso, caliente. Celos. Celos puros, sin filtro.
Abrió la puerta.
—Súbete.
—¿Qué haces aquí?
—Marcos te vio en La Perla con un tipo y otro tipo. Después descubrí que viniste aquí. Al edificio de Luciano. —Su voz era plana pero le vibraba algo debajo—. Súbete al auto, Valentina.
—No me puedes seguir a todos lados.
—No te estoy siguiendo. Te estoy buscando. Que es diferente. Porque tú me bloqueaste y te desapareciste y me dejaste como un idiota buscándote en un departamento vacío.
—Seb—
—Súbete al maldito auto.
Me subí.
Manejó en silencio durante diez minutos. La mandíbula le trabajaba como si estuviera masticando palabras que no quería soltar. Yo miraba por la ventana, con el corazón latiéndome en los oídos, sabiendo que lo que venía iba a ser una pelea.
Llegamos a su departamento. Subimos. Cerró la puerta.
—¿Qué hacías con Luciano? —dijo.
—Fui a su empresa a verificar información sobre los negocios de mi padre.
—¿Y no podías avisarme?
—¿Cómo? Te bloqueé.
—¡Exacto! —Alzó la voz. Primera vez que lo escuchaba gritar—. ¡Me bloqueaste! ¡Después de la noche que pasamos juntos, después de que me contaste lo de tu mamá y yo te conté lo de mi papá, después de todo eso, me bloqueaste y te fuiste como si yo no existiera!
—Tenía que—
—¡No tenías que nada! ¡Tenías miedo! Como siempre. Y en vez de decirme "Seb, tengo miedo", te levantaste, recogiste tus cosas y desapareciste. ¿Sabes cómo se sintió eso?
No dije nada.
—Se sintió como basura, Val. Basura. Me hiciste sentir que todo lo que pasó entre nosotros no valió nada.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
Me le quedé mirando. Parado frente a mí, con los ojos brillantes de rabia y dolor, con las venas del cuello marcadas y las manos cerradas a los costados. Y debajo de toda esa furia vi lo que siempre veía en Seb: a alguien que me quería de verdad. Que me quería mal, desesperado, sin condiciones.
—Es que si me quedo, me vas a ver —dije, y la voz me salió rota—. Me vas a ver como realmente soy. Y cuando lo hagas, te vas a ir.
—¿Eso crees?
—Es lo que siempre pasa.
Cruzó la distancia entre nosotros en dos pasos. Me agarró la cara con las dos manos. Me obligó a mirarlo.
—Escúchame bien, Valentina Mendoza. Yo no soy Luciano. No soy tu padre. No soy ninguna de las personas que te dejaron tirada. Yo estoy aquí. Llevo diez años aquí. Y si crees que voy a irme porque descubra algo feo, es que no entiendes nada de lo que siento por ti.
—Seb—
—¿Vas a seguir huyendo?
—No lo sé.
—¿Quieres estar conmigo?
La pregunta me golpeó en el centro del pecho. Directa. Sin escape. Sin esquina donde esconderme.
—Sí —dije. Y me salió antes de que pudiera pararla, como un reflejo, como la verdad—. Sí quiero.
Me besó. Fuerte. Con la rabia todavía ahí, mezclada con algo que se parecía al alivio. Me besó contra la pared, contra la puerta, en el pasillo. Y yo lo besé de vuelta con la misma fuerza, con toda la semana de silencio y soledad y miedo desbordándose.
—¿Eres mi novia? —dijo contra mi boca.
—¿Así se pide?
—¿Quieres que me arrodille?
—No.
—¿Entonces?
—Sí. Soy tu novia. Ahora cállate.
Me cargó. Me llevó a su cuarto. Me tiró en la cama y se puso encima con una urgencia que era nueva — posesiva, hambrienta, como si necesitara borrar la semana entera con su cuerpo encima del mío.
—¿Estuviste con alguien? —preguntó contra mi cuello, y la pregunta le salió ronca y rabiosa.
—¿Qué?
—Esta semana. ¿Estuviste con alguien más?
—No, Seb. Con nadie.
—Bien. —Me mordió el cuello. Me agarró las muñecas y me las puso encima de la cabeza—. Porque si algún día me dices que estuviste con alguien más, te juro que—
—¿Qué?
—Que voy a hacerte olvidarlo.
Lo hizo. Me quitó la ropa como si le estorbara para respirar. Me besó con la boca y con las manos y con todo su cuerpo, con una intensidad que tenía algo de castigo y algo de adoración. Y cuando se movió dentro de mí, lo hizo mirándome a los ojos, diciendo mi nombre con cada embestida, como si estuviera grabándose en mí para que no lo olvidara.
No lo iba a olvidar.
Después, con los dos en la cama recuperando el aire, con la sábana enredada en nuestras piernas y el sudor secándose en mi piel, le pregunté:
—Seb.
—¿Sí?
—¿Quién eres realmente?
Silencio.
—Soy piloto.
—Eres más que piloto. Tu apellido. Del Fuego. Grupo Cielo.
No contestó. Y en la oscuridad del cuarto, su teléfono vibró sobre la mesita de noche. La pantalla se encendió un segundo. Vi el nombre del remitente antes de que él lo apagara:
"GRUPO CIELO — Dirección General"
Miré a Seb. Seb me miró.
—Un día vamos a tener esa conversación —dijo.
—¿Pero no hoy?
—No hoy.
Me acurruqué contra su pecho. Cerré los ojos.
Ambos teníamos secretos. Ambos teníamos muros. Y lo que acababa de empezar entre nosotros era hermoso y frágil y estaba construido sobre todo lo que no nos decíamos.
Afuera, en algún lugar de la ciudad, la noticia del incidente de radar en el aeropuerto desapareció de las redes sociales como si nunca hubiera existido. Los artículos se borraron. Los tweets se evaporaron. Los videos de Camila fueron eliminados.
Alguien con mucho poder había hecho desaparecer todo.
Y ese alguien tenía el mismo apellido que el hombre que estaba dormido a mi lado.
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