A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 30
Estaba nerviosa y por eso apenas logré comer. Aunque cenamos todos juntos, tenía la cabeza en otra parte. Pero, al parecer, no era la única. Beatriz casi no miraba a su padre, Marcos tenía un ceño que daba miedo, Renzo parecía muy preocupado y cada tanto los veía a él y a Beatriz intercambiar miradas sutiles. Sócrates parecía ajeno a todo lo que lo rodeaba, dejándome hasta con curiosidad por saber en qué estaba pensando.
Las únicas que parecían realmente concentradas en la cena y en estar todos ahí eran Giordana y doña Isabel, que conversaban alegres sobre mi boda.
—¿Todos aceptan el postre? Pedí que prepararan un helado de chocolate con salsa de cereza que está de los dioses. —Giordana parecía entusiasmada.
Todos aceptamos, salvo Renzo y Marcos, que parecía demasiado malhumorado incluso para probar un poco de dulce.
—Aprovechando que estamos con el postre, me acordé de que tenemos que ir a probar los dulces de la boda. Ya hice reserva con una pastelería maravillosa; como tenemos poco tiempo, lo ideal es ir cuanto antes.
Confieso que todo esto todavía me deja desorientada, pero me alegra que ellas estén pensando en todo, porque estoy segura de que yo no sería capaz de organizar nada de esto sin ellas.
—Puedes reservar para el fin de semana, mamá, voy con ustedes. —Todos parecieron impactados de que Sócrates dijera que iría también—. ¿Por qué me miran así? Es mi boda, yo también tengo que participar.
—Para alguien que huía de las bodas, hasta te veo bien animado, eh. —dijo Giordana riendo, mientras doña Isabel se reía y nos servía aquel helado que de verdad se veía delicioso.
Se sacaron más temas, pero ahora todos parecían ajenos y respondían todo en automático, dejando claro que se morían por irse a sus cuartos; yo también estaría ansiosa por ir al cuarto de no ser por el trato que hice con Sócrates. Sentía un nervio enorme de solo pensarlo.
—Bueno, gente, me voy a mi casa; si me necesitan, estoy en el celular. —dijo Renzo, retirándose ya y dándoles un beso a Giordana y a doña Isabel.
—Yo voy a subir, estoy cansada y mañana salgo temprano a resolver algunas cosas de la boda.
—Al menos hoy avisa. —dijo Marcos, pinchando a su hija.
—No empieces, hombre, deja a la niña. —intentó interceder Giordana.
—Tranquila, mamá, ni vale la pena discutir, ya me voy. Que tengan todos buena noche. —Beatriz se fue y subió las escaleras.
—¿Vamos? —me preguntó Sócrates, haciéndome helar. Quería negarme, pero no tenía hacia dónde escapar.
—No te olvides de las reglas, la boda todavía no ha ocurrido. —dijo Marcos, aún con cara de pocos amigos.
Sócrates ignoró a su padre y me tomó de la mano, sacándome de la mesa y llevándome al segundo piso.
—Todavía es temprano, ¿qué te parece si vemos una película?
—¿Puedo verla sentada en el sofá? —Se rio.
—Tú puedes todo, bella; la idea de que te acuestes en la cama es por tu comodidad, compraría el sofá más cómodo del mundo si supiera que al menos te acostarías y dormirías a gusto. No soporto ver la incomodidad que pasas por un pasado terrible que todavía te aflige. —Asentí y no dije nada.
Entramos al cuarto y él enseguida encendió el televisor y acomodó la cobija en el sofá.
Me senté animada; lo que no esperaba era que él se sentara justo a mi lado, literalmente pegado a mí. Claro que será mi futuro esposo, pero cualquier acercamiento todavía es medio una locura para mí. Aun así, me alegró no sentirme rara a su lado.
La película empezó y fue avanzando, y todavía no habíamos dicho nada; él solo me había preguntado mi opinión sobre qué película ver, y después nada más. Hasta que la pareja se besó y yo, instintivamente, lo miré avergonzada. ¿Saben cuando nos da vergüenza ver esas escenas frente a nuestros padres? Al menos yo era así cuando mi madre vivía, y me sentí igual con él.
—Bella, ¿besaste alguna vez? —La pregunta me tomó completamente por sorpresa, haciéndome abrir mucho los ojos.
—Yo… este… en realidad, aquel beso que me diste fue lo más cerca que estuve de eso. —Lo vi fruncir el ceño.
—¿Beso que te di?
—Cuando saliste el otro día, te despediste de mí con un beso.
—Eso fue un besito, bella, no fue un beso de verdad. —Me dio vergüenza su comentario—. Sabes que cuando nos casemos voy a besarte delante de todos, ¿no?
—¿Y si me equivoco y no sé hacerlo?
—Solo hay una forma de saber si te vas a equivocar o no. —Se acercó, tomándome por sorpresa. Su boca quedó a centímetros de la mía—. ¿Puedo?
Asentí sin quitarle los ojos de encima y él pegó nuestros labios. Muy despacio sus labios se abrieron y empezaron a capturar los míos, y sin siquiera saber bien qué hacer, yo lo acompañaba y profundizaba un beso que sencillamente no esperaba.
Sócrates mantuvo el beso de aquella forma, lento y delicioso.
—¿Podemos usar la lengua?
No respondí a su pregunta, solo volví a pegar nuestros labios, tratando de probar más de aquello y descubrir cómo era esa experiencia. Sócrates abrió más la boca y fue llevando su lengua hasta la mía. Yo no entendía muy bien, pero lo fui acompañando, y cuando menos lo esperé nuestras lenguas parecían estar en un duelo. Confieso que era mucho mejor de lo que esperaba y me provocaba escalofríos y sensaciones jamás sentidas antes.
Sócrates cortó el beso de golpe y miró la tele.
—¿Qué tal si nos concentramos en la película?
—¿Lo hice mal? —Tuve que preguntar, me preocupó no haberlo complacido.
—Lo hiciste bien hasta de más, bella; soy yo quien tiene que contenerse para no cometer ninguna tontería. Todo será con calma, como tiene que ser.