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Casada con el tío millonario de mi ex

Casada con el tío millonario de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / La mimada del jefe / Enfermizo / Amante arrepentido / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:842.4k
Nilai: 4.8
nombre de autor: Dupi

A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.

Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».

Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**

Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.

Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.

Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.

La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».

Se equivocaron con la mujer.

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Capítulo 30

Capítulo 30: Sin señales

—…sin señales del vuelo.

Las palabras se me quedaron pegadas a los ojos antes de llegarme a los oídos. El estuche con los anillos se me resbaló de la mano y cayó sobre la alfombra con un golpe sordo.

Don Ignacio se volvió de golpe al oír el ruido. Y en cuanto me vio en el umbral, blanca, con la mano todavía en el aire, supe que era verdad. Le cambió la cara. Le hizo una seña rápida al hombre de negro para que se callara, y se acercó a mí con el bastón, fingiendo una calma que le quedaba grande.

—Hija, no es nada. Maximiliano cambió de planes, va a tardar unos días más, eso es todo. Anda, sube a descansar.

Mentía. Lo supe por cómo no me sostuvo la mirada, él, que se la sostenía a todo el mundo. Lo supe por la palabra que acababa de leerle en los labios al otro hombre.

—¿Qué vuelo? —pregunté, y la voz me salió rara, lejana—. ¿De qué vuelo no hay señales, padre?

—Renata…

—¿De qué vuelo? —Subí la voz, algo que casi nunca hacía.

No me contestó. Y su silencio me contestó todo.

Salí corriendo. Subí a mi cuarto, agarré el teléfono y le marqué a Max. Una vez. Dos. Diez. "El número que usted marcó está fuera del área de servicio." Le escribí. Los mensajes se quedaron en una sola palomita gris, sin entregar. Entré a internet con los dedos temblándome tanto que apenas atinaba a las letras, busqué el nombre de la aerolínea privada, la ruta, cualquier cosa.

Y lo encontré. Una nota, breve, fría, de esas que se escriben cuando todavía no se sabe nada: una avioneta privada con destino a México había perdido contacto con la torre sobre una zona de montaña, en pleno frente frío. "Se presume un aterrizaje de emergencia. Se desconoce el número de víctimas. Equipos de rescate trabajan en la zona."

Víctimas.

El mundo se me fue de debajo de los pies. No oí nada más; el oído bueno se me llenó del mismo mar blanco que el malo, y por un momento me quedé sorda del todo, sorda de pánico. Me senté en el suelo de mi cuarto, ahí mismo, con la espalda contra la cama, y volví a marcar. Y a marcar. Como si el teléfono pudiera deshacer la noticia a fuerza de insistir. "El número que usted marcó…" Colgaba antes de que terminara la grabación y volvía a marcar, una y otra vez, hasta que el dedo me dolió.

Empecé a hacer cuentas absurdas, de esas que hace una para no enloquecer. Cuatro horas sin contacto. Una avioneta sólida. Un piloto experto. La montaña tiene árboles, los árboles frenan, no es lo mismo caer en el mar. La gente sobrevive a estas cosas. Sale en las noticias: "milagrosamente ilesos". Max es fuerte. Max siempre vuelve. Me lo dijo: "no nos vamos a divorciar, ni mañana ni en diez años". No puede romper esa promesa por una tormenta. No tiene derecho.

Don Tomás subió al oír el golpe del estuche y mis pasos descontrolados. Me encontró en el suelo, con el teléfono pegado a la oreja buena y la cara descompuesta, y el viejo, que me había visto entera ante los Bracamonte, se llevó una mano temblorosa a la boca.

—Señora… —Se arrodilló a mi lado con esfuerzo—. Venga, levántese del suelo, se va a enfriar. El señor es fuerte. Yo lo conozco desde niño. Ese muchacho ha sobrevivido a cosas peores que una tormenta, créame.

No le contesté. No podía. Solo le apreté la mano, y él me la sostuvo, las dos manos temblando juntas, la del viejo criado y la de la esposa, mientras afuera la noche seguía negra y muda.

Bajé las escaleras a tropezones y entré al estudio sin tocar. Don Ignacio estaba al teléfono, dando órdenes con la voz quebrada, viejo de repente, mucho más viejo que esa mañana. Al verme, colgó.

—Dígame la verdad —le supliqué—. Por favor. Ya la leí. Aterrizaje de emergencia. Víctimas. Es su avión, ¿verdad? Es Max.

El viejo se dejó caer en el sillón, y por primera vez no me trató como a una niña a la que hay que proteger, sino como a lo que yo era: la esposa de su hijo.

—Sí —dijo, con un hilo de voz—. La avioneta de Maximiliano perdió contacto hace cuatro horas, cuando volvía. Cayó un frente frío sobre la sierra. El piloto alcanzó a reportar un aterrizaje forzoso antes de que se cortara todo. Desde entonces… nada. Los rescatistas apenas están llegando, por el clima. —Le tembló la barbilla—. No sé más, hija. Te juro por mi Carmen que no sé más. Y no quería que lo supieras así.

Me senté, o más bien me caí, en el sillón de enfrente. No lloré. El llanto necesita aire, y a mí no me quedaba. Solo podía pensar una cosa, una sola, dándome vueltas como un clavo: la última vez que hablamos por teléfono, semanas atrás, yo le mentí. Le dije "estoy bien, no es nada", cuando me sangraba el tobillo. Y ahora, si esta era de verdad la última vez, ni siquiera había podido decirle lo que había venido a decirle esa misma noche. Que lo extrañaba. Que los anillos ya estaban. Que lo quería. Que no era contrato, que nunca había sido contrato.

—Lléveme —dije de pronto, levantándome.

—¿Qué?

—Al lugar. A donde cayó. Lléveme. —Me temblaba todo, pero la voz, por primera vez, me salió firme—. No me pida que me quede aquí sentada esperando una llamada. No puedo. Si está vivo, quiero estar ahí cuando lo saquen. Y si no… —se me cerró la garganta— si no, quiero ser yo la que esté ahí. No un reporte. No una llamada. Yo.

Don Ignacio me miró largo rato. Buscó en mi cara, supongo, a la mujer práctica que había firmado papeles y aguantado bofetadas sin doblarse, y en su lugar encontró a una mujer deshecha por un hombre. Y algo en él, creo, entendió en ese momento lo que ni yo me había atrevido a nombrar: que yo amaba a su hijo. Que esto ya no tenía nada de arreglo ni de conveniencia.

—Hay un avión privado listo en una hora —dijo al fin, levantándose con esfuerzo—. Vístete con ropa abrigadora. Allá está cayendo nieve. —Me tomó la cara entre las manos, como hacía Max—. Y reza, hija. Reza todo lo que sepas. Yo voy a hacer lo mismo aquí, que para correr ya no estoy.

Antes de que saliera, me detuvo con la voz.

—Renata. —Tragó saliva, el viejo, y por un momento no fue el patriarca temido, sino solo un padre con miedo de enterrar a su único hijo—. Si lo encuentras… cuando lo encuentres… dile que su padre lo quiere. Que perdimos demasiados años peleando por tonterías, él y yo, y que no quiero que la última conversación que tuvimos haya sido por trabajo. Dile eso. Por si yo no llego a tiempo. Por si acaso.

Le prometí que se lo diría. Y al ver a ese hombre poderoso reducido al mismo miedo que me reducía a mí, entendí algo: que el dinero, los apellidos, los imperios, nada de eso sirve de nada en la madrugada en que esperas saber si la persona que quieres sigue respirando. Ahí, todos somos lo mismo. Carne con miedo, rezándole a un teléfono que no suena.

El camino al aeropuerto se me hizo eterno y, a la vez, no recuerdo casi nada de él. La ciudad pasaba por la ventana, indiferente, con sus luces y su gente que dormía tranquila, ajena a que el mundo se me estaba acabando. Pensé en cosas tontas. En que no le había dicho que comiera a sus horas, como él me decía a mí. En que la última foto que me había mandado era un cielo desde un avión, sin texto, y en que yo, idiota, no la había contestado. En que, si me hubiera tragado el orgullo y le hubiera escrito "te extraño" cualquiera de esas noches, al menos él se habría ido sabiéndolo.

El miedo, descubrí esa noche, no es ruidoso. Es un silencio enorme y frío que te llena por dentro y te quita hasta las lágrimas.

No recuerdo bien cómo hice la maleta. Recuerdo que metí poco y mal: un suéter, los documentos, nada que sirviera. Recuerdo que don Tomás me puso en las manos un termo de café y una manta "para el avión, señora, no se me enferme". Y recuerdo que, antes de salir, recogí del piso de mi cuarto el estuche con los anillos de enredadera, lo apreté contra el pecho y me lo guardé en el bolsillo del abrigo, sobre el corazón.

Si lo encontraba vivo, se los pondría. Se lo juré a Dios en el coche al aeropuerto, se lo juré a mi abuela, se lo juré a la Carmen que no conocí. Si lo encuentro vivo, le pongo el anillo y le digo todo. Todo lo que me callé por orgullo.

En el avión no pude dormir ni un minuto. Miré la noche negra por la ventanilla durante todo el vuelo, con el estuche apretado en el puño, repitiendo mi promesa como un rosario. Si lo encuentro vivo, le pongo el anillo. Si lo encuentro vivo, le digo todo. Si lo encuentro vivo, nunca más le miento, nunca más le digo "estoy bien" cuando no lo estoy, nunca más dejo que el orgullo hable por mí.

Subí al avión, en realidad, con mucho más que un estuche en el bolsillo. Subí con la noche entera por delante y con la certeza, recién descubierta y aterradora, de que aquel matrimonio que empezó como un escape se había convertido, sin que yo me diera cuenta, en lo único que no estaba dispuesta a perder. Volaba hacia una montaña helada donde, en algún lugar entre los restos y el frío, estaba la respuesta que no me atrevía a imaginar.

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JTOC
Max excelente me gusta como trata a Renata.... espero una burla épica para Daniela y que sufra 🤣
JTOC
Lara y Daniela pagarán muy caro, Renata y Vale son fuertes y luchadoras.... el bien siempre gana y prevalece 🫡🧐
Lupita Garcia Esparza
excelente trabajo escritora felicidades
Marta Gutierrez
Hermoso capitulo. Gracias por devolverme el corazón a su lugar..
Marta Gutierrez
Espero que el suegro no se enferme. Autora por favor que aparezca vivo
Marta Gutierrez
Estás son las partes que no me gustan
Marta Gutierrez
Ella no esperaba amor de alguien que nunca la amo como hija, ella quería que firme el papel donde nunca más sería su hija
Marta Gutierrez
Noooooooo , no pongas fotos que en otro libro que leí pusieron cada personaje, dejemos volar nuestra imaginación
Marta Gutierrez
Que ya no se deje pegar más por esa vieja y si no que le devuelva a la hermana
Marta Gutierrez
Muy bueno y es mentira que los ebrios no se acuerdan lo que hicieron o dijeron eso es mentira
Marta Gutierrez
Por Dios meno mal que no soy yo porque a el se pone sobrio de golpe y la de rojo va a pedir por favor que la suelte
Marta Gutierrez
En un matrimonio tiene que fluir la comunicación
Marta Gutierrez
que paso?????????????
Marta Gutierrez
Espero que lo agarre el tío y le de para que tenga, guarde y reparta
Bel Saavedra
y la pobre Vale desapareció sin más 🤣
Marta Gutierrez
Cierto, yo también hubiera elegido otro vestido. Renata ame a su esposo
Marta Gutierrez
Por. fin alguien al lado de ella que la cuida
Marta Gutierrez
Una amante que no soporta la luz día no tiene de que presumir, buenísima esa frase.
Marta Gutierrez
Se nota que su amiga realmente la quiere. Hay amigos que son mejores que la familia.
Marta Gutierrez
Basura de familia desde el prometido hasta los padres.
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