Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.
La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.
Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.
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Capítulo 29. Sigue siendo mi esposa legítima
El sol de la mañana apenas empezaba a colarse por la rendija de las cortinas del comedor. El aroma del café negro y espeso llenaba la estancia. Adrián estaba sentado en silencio. En sus manos sostenía una carpeta con documentos de la empresa.
Sin embargo, desde hacía quince minutos, ni una sola de aquellas líneas había entrado de verdad en su cabeza. Tenía la mente dividida. Sus pensamientos seguían ocupados por lo que había pasado con Renata la noche anterior.
Ningún llanto. Ninguna súplica. Es más, aquella mujer había recibido el borrador del divorcio con tal calma, como quien tira un objeto usado que ya no sirve.
—Buenos días, Adrián.
Aquella voz dulce disipó el ensimismamiento de Adrián. Priscila llegaba con una sonrisa melosa perfectamente maquillada. Enseguida acercó una silla y se sentó justo a su lado.
—Buenos días —respondió Adrián con frialdad.
Priscila ignoró aquel tono gélido. Le rodeó el brazo con las manos y se lo apretó con mimo.
—¿Y bien? ¿Cómo estuvo tu conversación con Renata anoche, amor? ¿Salió todo bien?
Antes de que Adrián alcanzara a responder, se oyeron unos pasos que bajaban la escalera. Sara se acercó y se sentó frente a ellos con el rostro lleno de expectativa.
—Sí, Adrián. Yo también me muero de curiosidad. ¿Cómo reaccionó esa mujer? —insistió Sara mientras se servía té en la taza.
Adrián exhaló despacio y dejó los documentos sobre la mesa.
—Ya hablé con ella.
—¿Y? —Los ojos de Priscila brillaron de entusiasmo—. ¿Se puso a gritar? ¿Lloró?
—No. Accedió a divorciarse.
Al instante, el rostro de Priscila se iluminó.
—¿De verdad, amor? ¿Sin oponer resistencia?
—Sí. Sin oponer resistencia.
Priscila se abrazó al brazo de Adrián con más fuerza y apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Lo ves? Yo lo sabía, amor. Al final tenía que darse cuenta de que todo este tiempo no hizo más que estorbar nuestra relación.
Sara también sonrió, satisfecha, y bebió un sorbo de té.
—Gracias a Dios. Por fin esa parásita tiene un poco de vergüenza y sabe cuál es su lugar.
Pero la sonrisa de triunfo en el rostro de ambas mujeres se fue apagando cuando Adrián volvió a hablar con un tono grave.
—Pero pidió un mes de plazo antes de que se haga efectivo el divorcio.
La sonrisa se borró de los labios de Priscila sin dejar rastro.
—¿Un mes? ¿Qué quieres decir, amor?
—Sí. Pidió aplazar el divorcio. Y accedí.
¡Pum!
Priscila, sin darse cuenta, golpeó la taza de té que tenía delante hasta derramar el líquido sobre el mantel.
—¿¡Por qué tiene que ser un mes, amor!? —chilló alzando la voz, incapaz de ocultar su fastidio.
—Quiere buscar trabajo. Dijo que quería preparar su vida antes de divorciarse oficialmente de nosotros —contestó Adrián, frotándose la sien con suavidad; empezaba a dolerle la cabeza.
Priscila soltó una risita sarcástica y cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Buscar trabajo? Qué excusa más barata. ¡Es solo un ardid suyo, amor! ¡Te está engañando!
Sara asintió con rapidez, dándole la razón a Priscila.
—Cierto. Yo también estoy segura al cien por cien. Esa mujer es muy astuta, Adrián.
Priscila lo secundó con un tono provocador.
—O también podría estar ganando tiempo a propósito para que cambies de opinión, ¿no? Amor, no te dejes engañar por esa cara de inocente.
—Están exagerando. Renata no es esa clase de mujer.
—¿La defiendes? ¿Defiendes a la mujer que se atrevió a faltarle el respeto a tu madre? —le reprochó Sara.
—Solo digo las cosas como son, mamá. —Adrián se recostó en la silla—. Piénsalo bien. En tres años de matrimonio, Renata nunca me pidió nada. Nunca me pidió que le comprara un auto. Nunca me pidió un bolso caro. Nunca me pidió joyas. Hasta cocinaba ella misma cada día para nosotros. Renata no es de las que hacen escándalos.
Aquella defensa de Adrián dejó a Sara callada un instante. El rostro se le enrojeció, acorralada por su propio hijo.
—¡Eso es porque sabe fingir muy bien! —replicó Sara, sin querer darse por vencida—. ¡La gente callada como ella es justamente la más peligrosa, Adrián! Las aguas mansas son las más profundas.
Priscila volvió a tomar la mano de Adrián y se la acarició con suavidad, con una mirada lastimera.
—Amor, todavía te acuerdas, ¿verdad? Últimamente Renata cambió por completo. Se atrevió a enfrentarse a la señora Sara. Se atrevió a golpear a Yolanda. Es más, se atrevió a gastar cientos de miles de dólares con tu tarjeta. ¿A ti eso te sigue pareciendo la misma mujer inocente de antes?
Adrián también enmudeció. La mandíbula se le tensó. Era verdad, Renata había cambiado. Muchísimo. Pero, sin saber por qué, en lo más hondo de su corazón sentía que ese cambio no se debía a que Renata estuviera tramando algo malo. Sino a que todos la habían empujado hasta el último límite de su paciencia.
—Yo sigo confiando en Renata —dijo Adrián al fin—. Sí, cambió. Pero no es ninguna embustera.
Priscila se mordió con fuerza el labio inferior. Por dentro maldecía con crudeza: «¿Por qué, amor? ¿Por qué ahora la defiendes todo el tiempo?».
Sara, al ver que su hijo empezaba a flaquear, intentó de nuevo influir en él.
—Adrián, escucha a tu madre. Esa mujer ahora sale de casa a cada rato. Compra a su antojo. Se arregla en exceso. ¿Nada de eso te da mala espina? A lo mejor de verdad te está siendo infiel a tus espaldas.
¿Infiel?
Aquella sola palabra tensó la mandíbula de Adrián al instante. La imagen del registro de la llamada de la noche anterior, del hombre llamado Tristán, volvió a estallar en su cabeza. El pecho se le encendió de pronto como si ardiera.
—Yo mismo lo averiguaré. No quiero acusarla sin pruebas claras.
Priscila empezaba a perder la paciencia.
—Amor, ¿y si de pronto ella huye llevándose tu fortuna? ¿O si resulta que de verdad te está siendo infiel?
Adrián se levantó de la silla de golpe.
—¡Dije que basta! —Su voz firme y tajante sumió en un silencio absoluto el comedor, hasta entonces ruidoso.
Priscila se sobresaltó y echó la cara hacia atrás. Sara también enmudeció.
Adrián respiró hondo, tratando de estabilizar sus emociones, antes de hablar con un tono bajo pero afilado.
—Mientras no haya pruebas, no vuelvan a acusar a Renata de cualquier cosa delante de mí. Además, sigue siendo mi esposa legítima.
Aquella última frase fue como una bofetada seca que golpeó el rostro de Priscila hasta hacerlo palidecer. Se obligó a esbozar una sonrisa tenue, pero los dedos se le crisparon con tal fuerza bajo la mesa que las uñas se le clavaron en las palmas.
No. No puedo permitir que Adrián siga defendiendo a esa mujer. Si lo dejo pasar, tarde o temprano su corazón va a volverse de verdad hacia ella, pensó Priscila.
Priscila agachó la cabeza. Antes de que terminara el plazo, juró asegurarse de que Renata saliera de aquella casa, costara lo que costara.
—Vaya, vaya... ¿qué pasa aquí? Reunidos desde tan temprano y con esas caras tan tensas. ¿Acaso hay alguna buena noticia que aún no tuve ocasión de felicitar? —saludó Renata con naturalidad al entrar al comedor.
Los tres se volvieron de golpe hacia ella.