Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 29
Marta se sentía terriblemente mal. Su único hijo estaba en una comandancia de policía.
—Me acusan de malversación de fondos y lavado de dinero —el tono de Lucas iba subiendo.
Marta casi perdió el equilibrio. El cuerpo le tambaleó. Se agarró rápidamente del respaldo del sofá para no caerse.
—¿Qué? —la voz de la mujer sonó mucho más queda ahora. Llena de incredulidad.
—¿Malversación de fondos? ¿Lavado de dinero? —los ojos de Marta empezaron a vidriarse—. No puede ser...
Lucas soltó el aire con brusquedad.
—Eso mismo les dije. Pero igual me trajeron aquí.
Marta negó con la cabeza una y otra vez, como negándose a creer lo que acababa de escuchar.
—¡No puede ser! —volvió a murmurar—. Tiene que haber un error.
—¡Eso es lo que estoy tratando de explicar! Llegaron de repente con una orden y me trajeron directo.
En ese lugar, la emoción de Lucas finalmente estalló. La rabia que llevaba rato conteniendo empezó a aflorar poco a poco. Lucas pateó la pata de la mesa más cercana, que se corrió varios centímetros.
—¡Como si yo fuera un criminal!
Marta se sobresaltó al oír el arranque de su hijo. Durante unos segundos no fue capaz de articular palabra. La mente se le había vuelto un caos.
Hacía apenas unas horas estaba ocupada regañando a Astrid por la demanda de divorcio. Estaba convencida de que el mayor problema de su familia era ese divorcio. Pero ahora, todo había cambiado en un instante. Si las acusaciones eran ciertas, el problema al que se enfrentaban era infinitamente más grande que un matrimonio roto.
—Mamá, necesito un abogado —la voz de Lucas sonó más baja esta vez.
Marta tragó saliva.
—Está bien. Mamá va a buscar un abogado —la mente le seguía dando vueltas—. Trata de calmarte.
Lucas soltó una risa corta. Pero no tenía ni un gramo de gracia. Sonó más bien como alguien conteniendo la furia.
—¿Calmarme? —Lucas cerró los ojos un instante—. ¿Cómo voy a calmarme si me tratan como a un delincuente?
Marta no tenía respuesta. Solo podía quedarse de pie, paralizada, en medio de una sala que de pronto se sentía helada. La mano seguía aferrada al celular. Pero la mente ya había volado a otro lado.
Era la primera vez, desde que Lucas era adulto, que escuchaba miedo genuino en la voz de su hijo. Y eso le dio mucho más terror que cualquier acusación que Lucas acabara de mencionar.
La sala de interrogatorios se sentía fría y sofocante al mismo tiempo. La lámpara blanca que colgaba del techo arrojaba una luz implacable que dejaba cada rincón expuesto, rígido e incómodo. En el centro solo había una mesa metálica y algunas sillas. Sin decoración. Sin ventanales grandes. Solo un ambiente diseñado para que cualquiera se sintiera bajo presión.
Lucas estaba sentado con la espalda recta. El saco, que hacía rato se veía impecable, ahora estaba ligeramente arrugado, pero la expresión la mantenía serena. Al menos eso era lo que intentaba proyectar.
Llevaba casi dos horas ahí. Durante ese tiempo contestó las mismas preguntas una y otra vez. Soportó las miradas penetrantes de los investigadores, que parecían querer traspasarle el pensamiento.
Pero Lucas no era alguien que se asustara fácil. Durante años estuvo acostumbrado a manejar situaciones difíciles. Sabía cuándo hablar y cuándo callar. Y lo más importante: sabía cómo hacerse ver inocente.
Uno de los investigadores abrió una carpeta frente a él.
—Encontramos una serie de transacciones sospechosas vinculadas con la institución donde usted trabaja.
Lucas se reclinó en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho. El rostro impasible, como si esa información no lo sorprendiera en absoluto.
—Eso no es asunto mío —respondió Lucas con calma.
El investigador no mostró reacción. Solo pasó algunas hojas del expediente.
—Su nombre aparece en varios documentos relacionados con dichas transacciones.
Lucas levantó una ceja.
—Eso no prueba nada.
El otro investigador intervino.
—Algunas de las cuentas receptoras de los fondos también están vinculadas con personas que tienen relación directa con usted.
Lucas esbozó una sonrisa tenue. Una sonrisa que se veía relajada pero que no le llegaba a los ojos.
—Relación no significa participación.
El silencio volvió a instalarse. Los dos investigadores intercambiaron una mirada. Llevaban años enfrentando sospechosos.
Lucas era uno de los más difíciles de penetrar. El hombre no era impulsivo, no se dejaba llevar por las emociones y no era fácil de provocar. Cada respuesta salía medida. Cada pregunta se contestaba con una lógica preparada de antemano.
Como si desde el principio hubiera construido una fortaleza difícil de derribar. Sin embargo, esa serenidad empezó a agrietarse poco a poco cuando uno de los investigadores tomó otra carpeta que tenía a un lado. Una carpeta marrón oscuro. Más gruesa que la anterior.
El hombre la empujó hacia Lucas.
—También tenemos esto.
El ceño de Lucas se frunció de inmediato. Sin saber por qué, un mal presentimiento le brotó en el pecho. Jaló la carpeta despacio y la abrió.
Primera página: la mirada todavía estaba en calma. Segunda página: la expresión empezó a cambiar. Tercera página: la mandíbula se le fue endureciendo y las manos se le movían cada vez más rápido pasando documento tras documento.
Había copias de transacciones financieras. Datos de cuentas, registros de movimientos de fondos. Y comunicaciones internas que se suponía nunca debieron salir de cierto círculo.
Cuanto más leía, más gélido se le ponía el rostro. Las sienes le empezaron a palpitar. El corazón le latía más rápido.
Entonces los ojos se le detuvieron en una hoja. La respiración de Lucas se le cortó de golpe. La mano se le quedó congelada sobre el papel.
"Ese documento... ¡es imposible!", pensó.
Por primera vez desde que comenzó el interrogatorio, Lucas perdió por completo el control de su expresión. El rostro se le fue poniendo lívido.
Aunque fue solo un instante, el cambio no pasó desapercibido para los investigadores. Observaban cada pequeño gesto que aparecía en su cara. Cada alteración en la respiración, cada tensión en los músculos de la mandíbula. Todo eso decía mucho más que cualquier respuesta verbal.
Lucas miró el documento una vez más. Los ojos le recorrieron los detalles a toda velocidad.
"No. Esto no puede ser coincidencia. Este documento nunca debió encontrarse", pensó Lucas.
El sudor frío le empezó a brotar en la nuca. Pese a que la sala estaba fría, las palmas de las manos se le fueron humedeciendo.
El investigador sentado frente a él finalmente habló. El tono era calmo, pero sonó mucho más afilado que antes.
—¿Todavía quiere decirnos que no sabe nada, doctor Lucas?
Lucas no contestó de inmediato. Tragó saliva. La garganta la sentía seca.
Por primera vez desde que se sentó en esa sala, no tenía una respuesta lista. La mente le giraba a toda velocidad, buscando algún resquicio para salir.
Buscando quién había destruido todos los planes que durante años había armado con tanto cuidado.
"¿Quién? ¿Quién les entregó todo esto?"
La mirada de Lucas se endureció y la mente se le llenó de preguntas. El pecho de Lucas empezó a oprimírsele. Un sentimiento que durante años logró mantener a raya fue emergiendo lentamente a la superficie.
Miedo. No el miedo de ser acusado, sino el miedo de darse cuenta de algo mucho más peligroso. Todo este tiempo se había sentido varios pasos por delante de todos, capaz de controlar cada situación.
Controlar a Astrid, a Stella, a su madre. Controlar a las personas que lo rodeaban. Pero ahora, Lucas comprendía que el juego había cambiado. Y lo peor: él ya no era quien tenía el control.
El cerco que durante años lo había protegido empezaba a desmoronarse pieza a pieza. Y cuando esa fortaleza finalmente se derrumbara, no sabía si quedaría algún camino para salvarse.