Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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El hermano que elegimos
Fabiano
—¿Cloe? —pregunta Mattheo cuando me ve.
Me siento en el sillón de mi padre.
—Durmiendo. El médico le dio unos calmantes. Su cuerpo necesitará descanso para reponerse —mascullo mientras golpeo mi escritorio—. Ella no…
Callo cuando no encuentro las palabras para expresar todo el daño que tiene mi hermana.
Mattheo cierra la puerta detrás de él.
—¿No qué?
Miro la sangre seca en mis nudillos.
—No permitió que la revisara.
Su expresión se endurece.
—¿El médico la tocó?
Levanto la vista hacia él.
—Es médico, Mattheo. Para eso vino.
—No me refiero a eso. —Aprieta la mandíbula—. ¿Intentó tocarla después de que ella dijo que no?
—Una vez. Trató de examinarle el abdomen y Cloe comenzó a gritar.
El recuerdo hace que mis dedos vuelvan a cerrarse.
Estaba junto a ella. La sostenía de los hombros mientras el médico intentaba explicarle que no iba a hacerle daño, pero Cloe no podía escucharlo. Solo veía a un hombre acercándose a su cuerpo.
Un hombre intentando levantarle la ropa.
Un hombre diciéndole que se tranquilizara.
Tuve que apartarlo antes de arrancarle las manos, aunque sé que solo intentaba ayudarla.
—Lo saqué de la habitación —continúo—. Viola limpió las heridas que Cloe permitió que tocara. Nada más.
—Necesita una doctora.
—Ya mandé a buscar una.
Mattheo asiente una sola vez. No parece satisfecho. Tampoco parece capaz de estarlo.
Camina hasta la ventana, pero no mira el jardín. Su atención permanece clavada en la puerta, como si pudiera escuchar a Cloe desde el otro extremo del pasillo.
—Vendrá mañana —agrego—. No permitiré que nadie vuelva a acercarse a ella hoy.
—Quizá tampoco mañana.
—Necesita que la revisen.
—Necesita sentir que vuelve a decidir sobre su propio cuerpo.
Su voz sale baja. Controlada.
Demasiado controlada.
Lo observo durante unos segundos.
—Lo sé.
—Entonces no dejes que la obliguen.
—No dejaré que nadie vuelva a obligarla a hacer nada.
Mattheo cierra los ojos.
Por un instante, su respiración se vuelve tan profunda que parece estar luchando contra algo.
Ira.
Debe ser eso.
La misma ira que me está devorando por dentro desde que vi los dedos de Lucio marcados alrededor del cuello de mi hermana.
—La doctora no entrará si Cloe no quiere verla —digo—. Tampoco volverá el médico. Ordené que ningún hombre se acerque a su habitación.
Mattheo abre los ojos.
—¿Y los guardias?
—Dos en la escalera. Ninguno en el pasillo.
—Podrían oírla si pide ayuda —dice.
—También podrían hacerla sentir vigilada.
—Entonces deja mujeres.
—Viola estará con ella.
—Viola tiene casi sesenta años —replica.
—Cincuenta y cuatro —corrijo.
—No podría detener a nadie.
—No tendrá que hacerlo porque toda esta casa está protegida.
Mattheo se gira hacia mí.
—También estaba protegida cuando Lucio se la llevó. Cuatro guardias, ¿no? Cuatro guardias que debían protegerla y fallaron cuando más los necesitaba.
El escritorio se estremece bajo mi puño.
—Ese error les costó su vida —le recuerdo.
Maté a esos hijos de perra en cuanto me dijeron que se había llevado a mi hermana.
—A Cloe le costó más.
—No vuelvas a recordármelo.
—No intento culparte.
—Pues se parece bastante.
—Intento asegurarme de que nunca vuelva a ocurrir.
—Es mi hermana.
—¡Lo sé!
Su voz golpea las paredes del despacho.
Los dos quedamos inmóviles.
Mattheo baja la mirada primero.
—Lo sé —repite con más calma—. Solo quiero que esté segura.
Algo en esas palabras me resulta extraño.
No es lo que dice. Es cómo lo dice.
Como si la seguridad de Cloe fuera una necesidad física. Como si no pudiera respirar mientras exista siquiera la posibilidad de que alguien vuelva a lastimarla.
Pero Mattheo siempre ha sido así con nosotros… Crecimos juntos.
Comía en nuestra mesa, dormía en la habitación de invitados y pasaba los veranos navegando con Cloe y conmigo.
Una vez rompió la nariz de un niño porque tiró del cabello de mi hermana… Teníamos nueve años.
A los quince, amenazó con lanzar desde un puente al primer hombre que la besara sin mi permiso.
A los diecisiete, fui yo quien tuvo que impedir que lo hiciera.
Mattheo es el hermano que Cloe y yo elegimos.
Es lógico que esté preocupado.
—Pondré a dos mujeres armadas al final del pasillo —cedo—. Lo bastante lejos para que no las vea, pero lo bastante cerca para que la escuchen.
Sus hombros bajan apenas.
—Bien.
—¿Algo más?
Me observa, como si evaluara seriamente la pregunta.
—La puerta.
—¿Qué pasa con ella?
—No la cierres con llave.
—Nunca cerramos las habitaciones con llave.
—Ella no lo sabe. Necesita saber que no está atrapada.
Entrelazo las manos sobre el escritorio.
Tiene razón otra vez y empieza a irritarme.
—Cuando despierte se lo explicaré.
—También dile dónde están las salidas.
—¿Las salidas?
—Sí. La escalera principal, la secundaria y el acceso al jardín.
—Esta es su casa, Mattheo. Conoce cada rincón.
—Pero necesita recordar que puede salir de la habitación cuando quiera.
La furia que siento se resquebraja, dejando entrar algo mucho peor.
Impotencia.
Cloe no necesitaba saber dónde estaban las salidas antes.
Nunca tuvo que calcular la distancia entre su cama y una puerta.
Nunca tuvo que preguntarse si alguien la cerraría desde afuera.
Ahora Mattheo piensa en esas cosas porque probablemente Cloe también lo hace.
Me dejo caer contra el respaldo.
—¿Cómo sabes qué necesita?
Mattheo no responde de inmediato.
Camina hasta el pequeño mueble donde guardo el whisky, pero no se sirve una copa. Apoya ambas manos sobre la madera y baja la cabeza.
—Porque vi su cara cuando cerraste la puerta del auto.
Recuerdo el momento.
Apenas el sonido atravesó el vehículo, Cloe se tensó entre mis brazos.
Yo pensé que era por el movimiento.
Mattheo, en cambio, debió comprenderlo.
—Y porque no ha dejado de mirar cada puerta desde que la recuperamos —continúa—. En el punto de intercambio miró el auto. Cuando llegamos miró la entrada. Mientras subíamos, miró cada habitación que dejamos atrás.
Vuelvo a observarlo.
—No has apartado los ojos de ella.
La espalda de Mattheo se pone rígida.
Por primera vez desde que entró parece no tener una respuesta preparada.
Después levanta un hombro.
—Quería asegurarme de que Lucio no nos hubiera entregado un cadáver.
La frase me golpea con tanta fuerza que dejo de respirar.
Mattheo se gira enseguida.
—Lo siento —se disculpa.
—No vuelvas a decir algo así.
—No lo haré.
Mattheo vuelve a mirar hacia la puerta.
No hacia la salida del despacho. Hacia el pasillo que conduce a la habitación de Cloe.
—Está viva —digo, aunque no sé si intento tranquilizarlo a él o a mí mismo.
Asiente despacio.
—Sí.
Pero no parece aliviado.
Sus manos continúan cerradas en puños y su cuerpo permanece tenso, como si todavía estuviera en aquel punto de intercambio, esperando que Lucio la empujara hacia nosotros.
Como si no hubiera entendido todavía que Cloe está en casa. Como si tenerla a unos metros no fuera suficiente.
—Deberías descansar —le digo.
Mattheo no aparta la vista de la puerta.
—Descansaré cuando ella despierte.
Algo extraño se remueve en mi pecho.
No por sus palabras.
Por la forma en que las dice.
Como una promesa. Como si la noche no pudiera llegar mientras Cloe no volviera a abrir los ojos.
Antes de que pueda preguntarle qué demonios le ocurre, un sonido rompe el silencio.
La manilla de la puerta comienza a bajar.