Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.
Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.
Hasta que un día dejó de aguantar.
Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.
Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 28
Ya había pasado un mes desde que Valentina se fue de la casa. Pero para Andrés se sentía como si hubieran sido años.
Cada vez que volvía del trabajo, la casa le resultaba más ajena. No estaba la voz de Mateo corriendo a recibirlo entre risas. No estaba Santiago con sus historias de la escuela y sus amigos. No estaba Valentina mandándolo a bañarse antes de cenar.
Lo único que quedaba era una casa llena de gritos. Y Andrés empezaba a odiarla.
Ese domingo por la mañana volvió a sacar el auto sin rumbo fijo. Desde que salió de casa al amanecer llevaba casi dos horas dando vueltas. Las calles de la ciudad vecina empezaban a llenarse de gente que salía a hacer ejercicio, a desayunar o simplemente a pasear en familia.
Pero los ojos de Andrés no registraban nada de eso. Estaba demasiado ocupado buscando un solo rostro en cada esquina.
El auto avanzó despacio frente a una hilera de cafeterías llenas de gente joven. De vez en cuando Andrés frenaba al distinguir una mujer de pelo largo llevando de la mano a un niño. Pero cada vez que miraba bien, no era Valentina.
Siguió adelante. Entró al parque de la ciudad. El lugar estaba lleno de niños andando en bicicleta y jugando con globos. Los ojos de Andrés recorrieron el lugar de un lado a otro, buscando con desesperación a dos figuras pequeñas que le hacían falta como el aire: Santiago y Mateo.
Varias veces el corazón le brincó al ver algún niño de la edad de Mateo correteando entre risas. Pero otra vez no eran los suyos.
Andrés soltó un suspiro largo y apretó el volante con más fuerza. Llevaba un mes entero dando vueltas como un alma en pena. Había buscado en el boutique de Camila. En áreas de juegos infantiles. En centros comerciales. En los restaurantes favoritos de Valentina. Hasta en callejones se había metido, uno por uno, con la esperanza absurda de encontrar su auto estacionado ahí. Pero el resultado era siempre el mismo: nada. Valentina había desaparecido de su vida como si la tierra se la hubiera tragado.
El auto terminó detenido a un costado de la calle, junto a un parquecito. Andrés apagó el motor y reclinó la cabeza contra el asiento. Los ojos le ardían. Semanas de mal dormir le habían dejado la cara mucho más demacrada que de costumbre. Una barba rala y descuidada le empezaba a cubrir el mentón. Se restregó la cara con brusquedad y tomó el celular del tablero. La pantalla se encendió. Como un idiota que insiste en torturarse, abrió la galería de fotos.
Al instante el rostro de Valentina llenó la pantalla. Había una foto de ella riéndose en la cocina con una espátula en la mano. Ese día se había enojado porque él le había tomado una foto a escondidas con la cara salpicada de harina.
Andrés tragó saliva despacio. Pasó a la siguiente foto. Mateo dormido sobre el pecho de Valentina. Ella también se había quedado dormida, abrazando al bebé con cara de agotamiento después de una noche entera en vela.
Santiago abrazando a su mamá, mostrando un trofeo de un concurso de dibujo. La sonrisa del niño era enorme. Y Valentina le besaba la mejilla rebosante de orgullo.
El pecho de Andrés se contrajo con violencia. Bajó la cabeza conteniendo la respiración.
¿Por qué te fuiste tan lejos, mi amor?, susurró con la voz rota.
Siempre había pensado que todo tenía arreglo. Estaba convencido de que Valentina solo se había enojado un rato. Que nada más necesitaba tiempo para calmarse. Porque en cada pelea anterior, ella siempre cedía primero.
Esa mujer siempre volvía. Siempre aguantaba. Pero esta vez fue distinto. Valentina se marchó sin volver la vista atrás. Valentina tenía toda la intención de dejarlo.
La certeza lo aterró. Andrés comprendió que de verdad podía perder a su familia.
Valentina no se fue porque ya no lo amara. Se fue porque llevaba demasiado tiempo sufriendo sola.
Andrés nunca habría imaginado que Valentina estuviera viviendo en un fraccionamiento residencial de lujo. Un complejo enorme, con portones altos y seguridad estricta. Un lugar al que no entraba cualquiera. Por eso sus búsquedas no habían dado ningún resultado.
Andrés seguía buscando en los sitios de siempre. Sin sospechar que la mujer a la que buscaba estaba muy lejos de su alcance.
En la casa de Andrés, la vida se volvía más caótica con cada día que pasaba. La casa que antes era limpia, ordenada y acogedora ahora parecía un campo de batalla.
Esa mañana Andrés acababa de llegar con el desayuno comprado en la calle, porque en la casa no quedaba absolutamente nada de comer. Al abrir la puerta se frenó en seco en la sala.
Los juguetes de Sofía estaban desparramados por el piso. Envolturas de frituras y pañuelos usados asomaban debajo del sofá. En la mesa de centro seguía un tazón de sopa instantánea con el caldo ya reseco. Un vaso de leche abandonado despedía un olor agrio.
Andrés cerró los ojos un instante. El pecho se le oprimió. Antes, esa casa siempre estaba limpia, ordenada y olía bien. Valentina jamás dejaba un solo plato sucio de un día para otro. Pero ahora el lugar apestaba y estaba descuidado por completo.
Caminó rápido hacia la cocina. El panorama no era mejor. El fregadero desbordaba de platos sucios. La olla arrocera vacía. Ni un guisado, ni una comida caliente. Lo único que había eran envases de comida a domicilio esparcidos sobre la mesa.
Andrés se talló la cara. La cabeza le empezó a punzar de inmediato. Con la rabia acumulada desde la mañana, abrió de golpe la puerta del cuarto que ocupaban Luciana y Sofía.
—¡Luciana!
El grito hizo que Sofía, que miraba videos en una tableta, se sobresaltara. Luciana seguía tirada en la cama jugando con el celular, con el pelo revuelto y la cara sin lavar.
—¿Y ahora qué, Andrés? —ladró, irritada porque la habían interrumpido.
Andrés señaló hacia el pasillo con el rostro tenso.
—¿Ya viste cómo está la casa?
Luciana entrecerró los ojos y lanzó una mirada desganada hacia el comedor.
—¿Qué tiene?
—¡Está hecha un asco!
Luciana se encogió de hombros.
—¿Y?
Andrés se quedó boquiabierto unos segundos. No podía creer lo que acababa de oír.
—¿Cómo que "y"? —repitió, subiendo el tono.
—¡Pues sí! —Luciana le sostuvo la mirada, desafiante—. ¡Yo no fui la que dejó todo tirado!
Andrés soltó una risa corta, de pura frustración.
—¡Vives aquí! ¡Lo mínimo es que ayudes a recoger!
Luciana chasqueó la lengua, fastidiada.
—Estoy muerta del cansancio. No pude dormir en toda la noche. Sofía no paró de llorar.
Andrés se apretó la frente con los dedos. La cabeza le latía otra vez. Todavía no terminaba de amanecer y la casa ya estaba llena de gritos.
Empezaba a vivir en carne propia lo agotador que era compartir techo con su propia familia sin que Valentina estuviera ahí para sostener todo.
Pero no bien Andrés intentó calmarse, unos pasos rápidos se oyeron desde la entrada. Doña Carmen apareció con el ceño fruncido.
—¿Qué es ese escándalo tan temprano que se oye hasta afuera? —espetó, saliendo en defensa de su hija.
Andrés se giró de golpe.
—Mamá, mira cómo está la casa.
Señaló la sala con la mandíbula apretada.
—¡Todo sucio! ¡Todo tirado! ¡Nadie limpia nada! —El pecho le subía y bajaba de la impotencia.
Todos los días regresaba del trabajo a encontrarse ese desastre. Cuando antes todo estaba listo sin necesidad de pedirlo. Ropa limpia. Comida caliente. La casa impecable. Los niños atendidos. Valentina se encargaba de todo sola, sin quejarse nunca.
Andrés por fin estaba entendiendo que no cualquier mujer era capaz de hacer lo que Valentina hacía.
Pero doña Carmen chasqueó la lengua sin darle importancia.
—Pues contrata a alguien que limpie.
La frase dejó a Andrés mudo. Cerró los ojos varios segundos. Estaba harto, agotado hasta el alma.
—Para todo la solución es plata —masculló—. La voz le salió vencida.
Doña Carmen siguió como si nada.
—Para eso ganas bien, ¿no?
La frase le arrancó a Andrés una sonrisa amarga. Una sonrisa que dolía. Antes, comentarios como ese le pasaban de largo. Pero ahora le calaban distinto. Su familia solo veía los resultados: el buen sueldo, el auto, la casa. Pero nadie se había preguntado jamás lo que le costaba trabajar hasta la madrugada para conseguirlo.
¿Qué tengo que hacer para que cambien?, pensó Andrés.