Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
NovelToon tiene autorización de Leni Anita para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
27
Esa noche la temperatura de Sofía se disparó de golpe. Tenía fiebre alta. Llevaba un buen rato llorando sin parar, inquieta, y Valeria no sabía qué hacer.
—Mamá, Sofía está ardiendo en fiebre —le avisó a doña Teresa.
Doña Teresa se acercó a su nieta y le puso el dorso de la mano en la frente. Efectivamente, la niña ardía.
—Tiene mucha fiebre. Hay que llevarla al hospital ya —dijo doña Teresa.
—Mamá, déjame llamar a Diego primero. Todavía no ha llegado —respondió Valeria.
—Sí, Valeria, avísale rápido a tu marido.
Valeria marcó al teléfono de Diego, pero no le contestó. Lo intentó varias veces y nada; Diego no respondía ninguna de sus llamadas.
Entonces le mandó un mensaje: «Diego, ven ya. Sofía tiene fiebre muy alta y tenemos que llevarla al hospital.»
—¿Qué pasó, Valeria? —preguntó doña Teresa.
—Diego no me contesta, mamá.
—Bueno, entonces le aviso a Adrián.
Doña Teresa tomó su teléfono y llamó a Adrián, que tampoco había llegado a la casa.
—¿Bueno, hijo?
—Bueno, mamá, ¿qué pasa? —respondió Adrián del otro lado.
—Adrián, ven rápido. Sofía tiene fiebre muy alta y hay que llevarla al doctor. Diego no aparece.
—Sí, mamá. Espérenme, ya voy para allá.
—Date prisa, hijo —doña Teresa colgó.
Al poco rato Adrián llegó. Fue directo a ver a Sofía, que seguía llorando sin consuelo.
—Vamos, apúrense. Hay que llevarla al hospital. Ya pedí un taxi —dijo Adrián.
El taxi no tardó en llegar. Los tres subieron con la niña y se fueron al hospital más cercano. Adrián quería mucho a su familia y era capaz de hacer cualquier cosa por ellos. Cualquier cosa menos tratar bien a Camila.
Cuando llegaron al hospital, Valeria bajó corriendo con Sofía en brazos.
—¡Enfermera, por favor, ayúdenme! ¡Mi hija está muy mal! —gritó Valeria.
Una enfermera acercó una camilla de inmediato. Valeria acostó a la niña y la enfermera se la llevó rápidamente a la sala de urgencias.
Mientras tanto, Diego estaba con Lucía, la mujer con la que se había casado en secreto. Escuchó que su teléfono sonaba y vio las llamadas perdidas de Valeria. Pero no contestó a propósito. Luego vio el mensaje que ella le había mandado.
«Diego, ven ya. Sofía tiene fiebre muy alta y tenemos que llevarla al hospital.»
Diego lo leyó por encima y no se molestó en contestar ni en volver a la casa. Siguió con lo que estaba haciendo, tranquilamente, junto a Lucía.
Diego era un hombre irresponsable con su hija y con su esposa. En todo el tiempo que llevaba casado con Valeria, jamás le había dado un peso. Todas las necesidades de Valeria y de Sofía las cubría Adrián; y encima, Diego le sacaba dinero a Valeria de su propio sueldo.
Doña Teresa, al ver a su nieta enferma, se llenó de rabia contra Camila. Le echó la culpa de lo que le pasaba a Sofía y la llamó por teléfono mientras la niña estaba siendo atendida por el doctor.
—¿Bueno? ¿Qué quiere, señora? —contestó Camila.
—Camila, tienes que hacerte responsable de lo que nos está pasando —le exigió doña Teresa.
—¿Y qué hice yo, señora?
—Tú vendiste nuestra casa y por tu culpa estamos viviendo en ese cuartucho. Sofía se enfermó por el calor que hace ahí. Devuélvenos la casa, muerta de hambre.
—¿Cuál casa, señora? Esa casa era un bien mío de antes del matrimonio con su hijo. Es mi propiedad y yo decido qué hacer con ella.
—Camila, tú estás casada. Los bienes de la esposa son los bienes del esposo. Todo lo tuyo es de Adrián, y como su familia, nosotros también tenemos derecho. Devuelve esa casa ahora mismo —insistió doña Teresa.
—Señora, su adorado hijo y yo nos vamos a separar muy pronto. Espere la demanda de divorcio, que le va a llegar —respondió Camila.
—Tú y Adrián no se van a separar hasta que nos devuelvas esa casa. Entrégala de vuelta. La que tiene que irse eres tú, no nosotros —doña Teresa estaba cada vez más furiosa.
—Escúcheme bien, señora: jamás van a poder quedarse con lo que es mío. Si quieren vivir en un lugar decente, pídale a su hijo que les compre una casa. Porque a mi casa no van a volver a poner un pie —le dijo Camila con voz firme.
—Camila, me las vas a pagar. Voy a destruirte por haberte atrevido a desafiar a mi familia. Y para que lo sepas, Sofía se enfermó por tu culpa. La niña no soporta vivir en esa pocilga. ¡Devuélvenos la casa! —volvió a gritar doña Teresa.
—Que Sofía esté enferma ya no es mi asunto. Valeria es su madre. Que se haga cargo ella —respondió Camila.
Doña Teresa iba a replicar, pero Camila ya había colgado. La rabia de doña Teresa se multiplicó.
—Pueblerina insolente. No tiene el menor respeto —escupió doña Teresa.
El odio de doña Teresa hacia Camila crecía con cada problema que caía sobre su familia. No podía creer que aquella mujer sumisa y obediente se hubiera atrevido a plantarle cara.
Antes, Camila no se habría atrevido siquiera a alzarle la voz, mucho menos a contradecirla. Por eso doña Teresa siempre la había visto como una mujer débil a la que podía manejar a su antojo.