Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.
En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.
Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.
Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.
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PRÓLOGO - Olvera, 1957
Yo no me llamaba Ana Vidal. Ese nombre me lo prestó Sor Inés la tarde que llegué a la puerta del convento con las rodillas sangrando y un pañuelo apretado en la mano.
Me llamaba Zeynep.
En Olvera de la Frontera nadie preguntaba demasiado en 1957. Era un pueblo blanco de Andalucía, de cal y misa de seis, donde las mujeres aprendíamos a rezar bajito para que Dios nos escuchara solo a nosotras y no el marido, ni el padre, ni el juez. Bajo Franco, el pueblo entero era un confesionario. Si una mujer se iba, era puta. Si volvía, era arrepentida. Yo no era ninguna de las dos. Solo estaba huyendo.
La noche anterior, Tomás me había vuelto a pegar. No era la primera vez. Era la cuarta ese mes. Me había acorralado contra el brasero de la cocina. Yo vi una piedra. No era grande, era de esas que se usan para sujetar la puerta. No pensé en matarlo. Pensé en que si no me defendía, no iba a salir de esa cocina. La agarré y le pegué. No miré dónde. Escuché un golpe seco y después silencio. No me quedé a ver si respiraba. Agarré lo que pude, mi carnet, un poco de dinero y corrí.
Corrí toda la noche. Un camión que llevaba aceitunas me dejó en la carretera de Olvera al amanecer. Yo nunca había estado allí. Olía a limoneros y a jabón de lejía. Las campanas de Santa Clara tocaban a misa y las mujeres caminaban con velo negro, todas iguales, todas vigiladas.
Toqué la puerta del Convento de Santa Clara de la Cruz pidiendo trabajo, no caridad. Sor Inés me abrió. Tenía sesenta años y unos ojos que no juzgaban. Le dije que me llamaba Ana Vidal, que mi familia había muerto en un accidente y que no tenía a dónde ir. No me creyó. Pero me dejó entrar a la cocina. Me dio un hábito viejo, unas tijeras para cortarme el pelo y un sitio en la bodega donde dormían las patatas. "Aquí dentro eres Ana", me dijo. "Fuera de aquí, no existes".
Durante dos meses fui Ana. Lavaba ollas más grandes que yo, rezaba sin saber las oraciones y aprendía a bajar la cabeza cuando entraba el Padre Fermín. Creí que estaba a salvo. Hasta que mi cuerpo me delató. Primero fueron las náuseas. Después el retraso. Una mañana, mientras fregaba el suelo, me desmayé. Sor Inés me llevó a la enfermería y me puso la mano en el vientre. No hizo falta que me preguntara de quién era.
Estaba embarazada de Tomás. Del hombre del que había huido.
Pensé que me echaría a la calle. En 1957 una mujer soltera y embarazada en un convento de Franco era el peor pecado. Pero Sor Inés hizo algo que nadie había hecho por mí: me protegió. Me dijo que diríamos que la niña era de una sobrina suya muerta en el parto. Que yo solo la cuidaba. Que no me tocara nadie el vientre hasta que naciera.
Yo acepté. Y empecé a hablarle a esa niña por las noches, bajito, como se rezaba en Olvera. Le prometí que nunca tendría que aguantar lo que yo aguanté.
No sabía que tres semanas después llegaría ella.
Zoe Araya. Diecinueve años. Hija del juez de Olvera. La trajeron sus padres porque se había negado a casarse con el hijo del alcalde y porque la habían visto en la plaza agarrada de la mano de una amiga. "Para que aprenda a ser mujer", dijo su madre. Tenía las manos suaves, no sabía pelar patatas y se reía cuando Sor Inés la regañaba. Era todo lo que yo no era.
La primera vez que me habló fue en el huerto trasero, donde nadie iba porque decían que había culebras. Me preguntó por qué siempre miraba hacia la carretera.
Yo no sabía que esa pregunta iba a cambiarlo todo. Que esa niña de ciudad, con padres estrictos que nunca le permitirían amar a una mujer, iba a enseñarme que había otra forma de rezar. No pidiendo perdón, sino dando gracias.
Esta no es una historia de santas. Es la historia de dos mujeres que se encontraron en un lugar donde estaba prohibido encontrarse.