Victoria no huyó por falta de amor, sino por instinto de supervivencia. Al descubrir que el hombre que amaba, Dante Moretti, era el heredero de un imperio manchado de sangre, decidió que sus hijos no nacerían en una jaula de oro rodeada de enemigos. Cinco años después, bajo una identidad falsa y en la humildad de un pueblo costero, Victoria cría a León y Cristo. Los gemelos son el vivo retrato de Dante: poseen su mirada gélida y un temperamento indomable que ella lucha por suavizar.
Dante, consumido por la amargura y la creencia de que Victoria lo abandonó por traición, ha pasado media década buscándola. Cuando una filtración de seguridad en su organización revela el paradero de su "única debilidad", Dante llega dispuesto a cobrar venganza. Sin embargo, el impacto de ver a dos pequeños guerreros con sus propios ojos cambia las reglas del juego. Ahora, Victoria debe volver al mundo que odia para proteger a sus hijos, mientras Dante descubre que el mayor peligro para su familia no está
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Capitulo 26
La Mansión Moretti estaba sumergida en una tormenta de verano, similar a la que azotaba el presente, pero en aquel entonces, los truenos se sentían como presagios y no como simples ruidos. Victoria, con apenas veintidós años y el vientre ligeramente abultado por un embarazo que apenas empezaba a notarse, caminaba por el pasillo del ala este. Buscaba a Dante; quería decirle que los bebés —porque ella ya sabía que eran dos— se movían por primera vez.
Se detuvo ante la pesada puerta de roble del estudio de Don Lorenzo, el padre de Dante. La puerta no estaba bien cerrada. Una franja de luz dorada cortaba la alfombra de pasillo, y con ella, se escapaba el humo denso de los habanos y un murmullo de voces que la hicieron congelarse.
—Dante tiene un corazón blando para esa mujer, Lorenzo —era la voz de un consejero de la familia, fría y calculadora—. Si ella tiene a esos niños, el linaje se contaminará con su moralismo. Ella no es una Moretti. Es una intrusa que le susurra debilidades al oído de tu heredero.
Victoria sintió un pinchazo de hielo en el vientre. Se pegó a la pared, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—Dante hará lo que se le ordene —la voz de Don Lorenzo resonó, profunda y carente de toda piedad—. Él cree que este matrimonio es un cuento de hadas. Pero la realidad es que necesitamos alianzas, no una esposa que llora cada vez que hay sangre en el jardín.
Hundida en las sombras, Victoria escuchó el sonido de un cristal chocando contra una mesa de mármol.
—¿Y qué haremos con la "situación"? —preguntó el consejero.
—Esperaremos a que nazcan —sentenció Lorenzo con una calma quirúrgica—. Una vez que los herederos estén aquí, Victoria deja de tener utilidad. Un accidente de parto, una depresión postoperatoria mal gestionada... hay mil formas de que desaparezca. Dante sufrirá un tiempo, pero luego se casará con la hija de los Baratti, como estaba planeado. Los niños serán criados por Alessandra. Serán soldados, no hijos de una mujer que sueña con la paz.
Victoria sintió que el pasillo empezaba a dar vueltas. No era solo su vida la que estaba en juego; era el alma de sus hijos. Don Lorenzo no veía nietos, veía armas de repuesto. No veía a una nuera, veía un estorbo biológico.
Corrió hacia su habitación, encerrándose con llave. Se derrumbó en el suelo, abrazando su vientre con una fuerza protectora. Minutos después, escuchó los pasos de Dante. Él entró tarareando una melodía, radiante, ajeno a que en la habitación de al lado su propio padre había firmado la sentencia de muerte de la mujer que amaba.
—¿Victoria? ¿Estás bien? —Dante se arrodilló a su lado, con el rostro lleno de una preocupación genuina—. Estás pálida, mi vida. ¿Es el embarazo?
Ella lo miró y, por un segundo, estuvo a punto de contárselo. Pero vio la devoción en sus ojos y recordó la lealtad inquebrantable que él le tenía a su padre. Dante adoraba a Lorenzo; lo veía como un guía infalible. Si ella hablaba, Dante se enfrentaría a su padre, y Lorenzo simplemente aceleraría el proceso. No podía salvar a Dante de su propia familia, pero podía salvar a sus hijos de ese destino.
—Solo estoy cansada, Dante —mintió ella, sintiendo que cada palabra era una puñalada—. Necesito dormir.
Esa misma noche, mientras Dante dormía profundamente a su lado, Victoria se levantó. No tomó joyas, no tomó vestidos caros. Solo tomó una pequeña bolsa con algo de efectivo que había ido ahorrando y una foto de ellos dos en su primer aniversario.
Salió de la mansión bajo la lluvia, usando las rutas que los jardineros utilizaban para los suministros. Cada sombra le parecía un asesino enviado por Lorenzo. Cada ruido de la naturaleza era el grito de Dante descubriendo su ausencia.
Llegó a la estación de autobuses de la ciudad, empapada y temblando. Se miró en el cristal sucio de la ventanilla. Ya no era la princesa de los Moretti. Era una mujer que acababa de elegir la pobreza y la huida sobre una tumba de seda.
—¿A dónde va, señorita? —preguntó el vendedor de boletos.
Victoria miró el mapa de las rutas rurales. Sus ojos se detuvieron en un punto pequeño, lejos de las autopistas principales, lejos de la influencia de la mafia.
—A San Vicente —respondió con voz firme—. Un boleto solo de ida, por favor.
De vuelta en la habitación de la mansión, en el presente, Victoria abrió los ojos. Estaba sentada en el borde de la cama, mirando a Dante, que dormía en el sillón frente a ella, exhausto tras el pánico de la tarde por la "desaparición" de Cristo.
Él no sabía nada. Dante todavía creía que ella huyó porque se cansó de su estilo de vida, o porque dejó de amarlo. Nunca supo que ella huyó para evitar que su propio padre la matara y convirtiera a sus hijos en máquinas de guerra.
Victoria se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia seguía cayendo, igual que aquella noche. Miró a sus hijos durmiendo en la habitación contigua. Había fallado. Después de cinco años de huida, habían regresado al punto de partida. Y lo peor era que Don Lorenzo ya no estaba, pero su legado vivía en Dante, en Alessandra y, más peligrosamente, en los ojos grises de León.
—Si supieras la verdad, Dante... —susurró ella hacia la oscuridad—. Si supieras que tu padre nos destruyó antes de que empezáramos.
Se dio cuenta de que su secreto era ahora su única arma, pero también su mayor carga. Si le decía la verdad a Dante, podría destruir el respeto que él aún sentía por la memoria de su padre, pero también podría desatar una tormenta que acabaría con lo poco que quedaba de la cordura de su marido.
Victoria volviendo a la cama, sintiendo el peso de los cinco años de mentiras. El pasado no era solo un recuerdo; era el plano de la celda en la que volvía a estar encerrada. Y mientras miraba a Dante dormir, se preguntó si alguna vez habría perdón para un hombre que, sin saberlo, era el heredero del verdugo de su propia esposa.
Marcos.
Rosa
le falta mucho a esta historia.
la escritora debe revisar y complementar está historia
no es Moretti?