Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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26
Marcia regresó a la casa de sus suegros. Como siempre, el chofer la dejó a la entrada del pasaje y de ahí tomó un mototaxi hasta la puerta.
*Qué raro que ya esté aquí; normalmente se queda hasta la noche revolcándose con su zorra*, pensó al ver el auto de Rodrigo estacionado en el patio.
Entró en la casa y de inmediato la recibieron las miradas cargadas de odio de Rodrigo y de doña Carmen.
—¿Dónde te metiste, eh? ¡No viniste a dormir en toda la noche! —le gritó Rodrigo.
—No vine porque estuve trabajando hasta tarde y la jornada siguió hasta hoy. Que yo no haya venido a dormir no significa que ande por ahí con alguien, como haces tú, Rodrigo —respondió Marcia sin inmutarse.
—¡Cuida esa boca, Marcia! —volvió a bramar Rodrigo.
—¿Qué te molesta, Rodrigo? Si lo que dije es la pura verdad —le devolvió ella con la misma firmeza.
—¿Qué clase de trabajo puede hacer una mujer pobre y sin estudios como tú a esas horas de la noche? Lo único que puedes vender es tu cuerpo —se burló doña Carmen con una sonrisa despectiva.
—No me compare con su hijo, señora. Yo no tendría que trabajar hasta la madrugada si su hijo fuera capaz de darme una manutención digna —replicó Marcia de inmediato.
—Marcia, contéstame con la verdad: ¿qué hacías en la fiesta de compromiso de Valentina y Gabriel? ¿Y por qué llevabas un vestido igual al de la familia de Gabriel? —Rodrigo la encaró.
—Valentina encargó todos los pasteles para su fiesta de compromiso en nuestra pastelería, y a mí me tocó llevarlos. Cuando llegué, Valentina me pidió que me quedara a ayudar durante todo el evento. Y fue ella misma la que me dio un vestido igual al de su familia —Marcia inventó la historia con total naturalidad para que Rodrigo le creyera.
—¿Y por qué no volviste anoche? —insistió Rodrigo con tono inquisitivo.
—Valentina me pidió que me quedara hasta que terminara el evento. Cuando acabó, yo y las demás empleadas regresamos a la pastelería a recoger nuestras cosas. Pero resulta que la dueña recibió un pedido enorme de pasteles que tienen que estar listos mañana temprano para una boda, así que nos pidió a todas que nos quedáramos a hacer horas extra —Marcia añadió más detalles a su relato para hacerlo más creíble.
—Te estuve llamando sin parar y nunca contestaste. ¿Por qué? —presionó Rodrigo, sin bajar la guardia.
—Guardé el celular en mi bolso porque estaba ocupadísima con las horas extra. No me di cuenta de que se le había acabado la batería —agregó Marcia.
Rodrigo asintió con la cabeza. Le creyó, y Marcia sintió que le quitaban un peso de encima.
*Gracias a Dios, parece que Rodrigo se tragó la historia*, se dijo aliviada.
—Marcia, necesito que hagas algo por mí, y no puedes negarte —Rodrigo habló con una sonrisa calculadora.
—¿Qué cosa? —preguntó Marcia.
—Tienes que decirle a Valentina que ya nos diste permiso a Pamela y a mí para casarnos. Y tienes que firmar esta autorización —le extendió una carpeta con aquella misma sonrisa ladina.
Marcia tomó la carpeta, la abrió y leyó la hoja que Rodrigo había preparado.
—Lo siento, Rodrigo, pero no voy a firmar esto ni hoy ni nunca —cerró la carpeta y se la devolvió.
—No te pases de insolente, Marcia. Soy hombre y tengo derecho a tener más de una esposa —Rodrigo apretó los dientes al ver que ella se negaba.
—Antes de hablar, piensa un momento, Rodrigo: ¿acaso eres capaz de mantenerme a mí como se debe? Ni siquiera puedes darle una vida digna a una sola esposa y ahora quieres casarte otra vez. Estás completamente fuera de tus cabales —ahora fue Marcia la que se mofó de él.
—Escúchame bien, Marcia: me des permiso o no, voy a casarme con Pamela. Y a ti jamás te voy a soltar —sentenció Rodrigo con una mueca retorcida.
—Rodrigo tiene razón, Marcia. Solo Pamela merece ser mi nuera. Tú no eres más que una criada en esta casa —doña Carmen se sumó al ataque.
—Eres un egoísta, Rodrigo —le espetó Marcia, con la misma rabia.
—Di lo que quieras, pero Pamela y yo nos vamos a casar muy pronto, y tú vas a seguir siendo la sirvienta de esta casa —Rodrigo soltó una carcajada amarga frente a ella.
—Ya lo veremos, Rodrigo. Ya veremos si todos tus planes salen como quieres —respondió Marcia con una sonrisa serena.
—Eso es un hecho, Marcia. Una mujer pobre como tú no va a poder impedirlo —Rodrigo y doña Carmen rieron a carcajadas, burlándose de ella.
Pero a Marcia no le importó en lo más mínimo lo que dijeran. De hecho, esperaba con ansias que Rodrigo y Pamela concretaran esa boda. Después de eso, Marcia aparecería para darles una sorpresa que no olvidarían en toda su vida.
—Adelante, Rodrigo. No me importa. Y después de esto, te aseguro que lo vas a perder todo —murmuró Marcia una vez que entró a su cuarto.
Se dejó caer en la cama; no necesitaba asearse porque ya se había bañado antes de salir de la casa de sus padres.
*Así que también te da miedo perder tu puesto de gerente, Rodrigo. Para que lo sepas, conseguiste esa posición gracias a mí. Y ahora, también por mi causa, estás a punto de perderla*, reflexionó con una sonrisa de satisfacción.
Desde que Rodrigo trajo a Pamela a vivir a esa casa, Marcia había dejado de cocinar y de comer ahí. Prefería desayunar en la calle y, para la cena, pedía comida a domicilio.
Marcia quería demostrarle a Rodrigo y a su familia que ya no era la Marcia ingenua y sumisa, la que siempre humillaban y menospreciaban.
Tomó el celular y pidió comida por una aplicación de reparto. Quería dejarle claro a Rodrigo que podía darse un buen banquete sin necesidad de su dinero.
El celular de Marcia sonó: era una llamada del repartidor que traía su pedido. Salió aprisa a recibir la comida, pero en la puerta se encontró con una escena que no esperaba: doña Carmen estaba discutiendo con el repartidor.
que bueno que la protagonista logro resurgir del dolor y la traición
la hija una boba
esperemos que le pase pronto
a menos que el marido sea buenísima cama que aparentemente no lo es
es que no así se justifica que una mujer se rebaje y soporte abusos