Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
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Capítulo 26
El aroma del suavizante de ropa impregnaba la habitación de Azalea. Sobre la cama se extendían dos mukenas infantiles —velos de oración— de color blanco con encaje delicado en los bordes. Elora estaba frente al espejo abrazando la suya con fuerza.
—¡Mami, mi mukena ya huele bonito! —exclamó la niña, aspirando la tela con deleite.
Azalea sonrió mientras doblaba la alfombra de oración en miniatura. —Sí, cariño. Mami la lavó con el perfume que te gusta.
Elora giró sobre sí misma; la mukena se infló siguiendo el movimiento. —¿Ezta noche vamos a la mezquita pala el tarawih?
—Sí —contestó Azalea con dulzura—. Es nuestro primer tarawih del año. La oración nocturna del Ramadán. Hay que ir con muchas ganas.
En la sala, Erza se probaba su sarong nuevo. Plantado frente al espejo grande, enrollaba y anudaba la tela con gesto concentrado.
—Mami, ¿ya quedó bien? —preguntó Erza, dando pasos cautelosos para que el sarong no se le resbalara.
Azalea salió de la habitación y le acomodó los pliegues. —Perfecto. Mi hijo parece un pequeño predicador.
Erza sonrió, un poco avergonzado. Por fin podía ponerse el sarong solo.
En una esquina de la sala, Enzo estaba hundido en el sofá largo, la computadora portátil sobre las rodillas. El resplandor de la pantalla le iluminaba el semblante serio. Los dedos tecleaban rápido, respondiendo correos y revisando estados financieros que no dejaban de llegar, ni siquiera en Ramadán.
—Papi... —Elora se plantó delante de él, bloqueándole la vista de la pantalla—. ¿Hoy vienes a la mezquita a rezal?
Enzo se quedó quieto. Dejó de teclear.
Hacía una eternidad que no iba a la mezquita para el tarawih. Incluso para la oración de horario le costaba ser puntual. El mundo de los negocios le había ido acaparando la atención, alejándolo poco a poco de aquello que antes le parecía importante.
—¿Papi?— Elora ladeó la cabeza.
Erza también volteó. Azalea detuvo lo que hacía y observó a su esposo con una mirada suave, sin presión.
Enzo alzó la cara. Había una duda que no podía disimular.
—Papi, si no lezas ez pecado —añadió Elora con ingenuidad—. Vas a il al infielno. —El rostro de la niña reflejaba un miedo genuino.
Enzo soltó una risa corta, pero no fue de alivio. Más bien de incomodidad. —¿Quién te dijo eso?
—El imam de la tele. Y Mami también —respondió Elora con aplomo.
Azalea se acercó y se sentó junto a Enzo. Su voz era delicada, casi un susurro. —El Ramadán es un buen momento para empezar de nuevo, Enzo. Nunca es tarde para volver.
Las palabras no juzgaban. No acusaban. Solo recordaban. Enzo contempló a su esposa. Había sinceridad en esa mirada. Ningún ultimátum. Cerró la computadora despacio.
—Está bien —dijo Enzo al fin, en voz baja.
Elora dio un brinquito. —¡Yupiii! ¡Papi viene!
Erza se le iluminó la cara. —Entonces nos ponemos en la misma fila, ¿verdad, Papi?
Enzo le pasó la mano por la cabeza. —Sí. En la misma fila.
Por primera vez en mucho tiempo, aquella sala no era solo un lugar de reunión, sino un lugar de crecimiento.
El azán del Isha —la oración nocturna— se elevó, rasgando el cielo que empezaba a oscurecerse. El camino hacia la mezquita estaba concurrido. Los niños correteaban, las mujeres lucían mukenas de colores vivos, los hombres caminaban con la alfombra de oración bajo el brazo.
Azalea iba de la mano de Elora. Erza caminaba al lado de Enzo, con paso decidido.
Algunos fieles voltearon al ver a Enzo y a Azalea entrar con los niños. Les dedicaron sonrisas cordiales.
Enzo se colocó en la segunda fila, justo al lado de Erza. Le temblaban las manos ligeramente al alzar las palmas para el takbir, la proclamación de la grandeza de Dios.
—Allahu Akbar... —Hacía mucho que Enzo no pronunciaba esas palabras con verdadera convicción.
En la sección de mujeres, Azalea estaba junto a Elora. Echó un vistazo fugaz hacia Enzo a través de la mampara. El corazón le vibró.
Ciclo tras ciclo de oración, la recitación del imam resonó, alcanzando los rincones del corazón que habían permanecido vacíos demasiado tiempo.
En la última postración, Enzo retuvo el aliento, cargado. Había una opresión que arrastraba desde hacía años. Culpa ante Jazmín, ante sus hijos, ante sí mismo.
Ya Allah, suplicó en silencio, si todavía me queda una oportunidad... guíame.
A su lado, Erza volteó un segundo para comprobar que su padre seguía ahí.
De regreso en casa, se acomodaron de nuevo en la sala. El viento nocturno se colaba por la ventana entreabierta.
Elora se dejó caer con la cabeza en el regazo de Azalea. —Eztoy cansada, pelo contenta.
—Te portaste muy bien. Tu oración ya estuvo concentrada —la felicitó Azalea, refiriéndose a que la niña ya no se movía ni hablaba durante el rezo.
—Mami me enseñó que en la olación hay que eztarse quieta. Sin hablar —explicó Elora con su parloteo habitual.
Azalea sonrió y le acarició el pelo con suavidad.
Erza, sentado junto a Enzo, todavía con el sarong algo torcido, observó: —Papi, estuviste mucho rato en la postración.
Enzo se quedó callado un momento. —Sí.
—¿Qué hacías?
—Hablar con Dios —respondió Enzo en voz baja.
Erza asintió como si comprendiera. —¿Y qué le dijiste?
Enzo miró a su hijo. Luego desvió la vista un instante hacia Azalea y Elora. Un calor le recorrió el pecho.
—Darle las gracias —contestó apenas—. Porque todavía me da oportunidades.
Azalea agachó la cabeza. Los ojos se le humedecieron.
Oportunidades para Enzo. Oportunidad de ser un padre mejor. Oportunidad de ser un esposo más presente. Oportunidad de enmendarse sin necesidad de perder más.
—¿Mañana vamos otra vez al tarawih? —preguntó Erza, esperanzado.
—Sí —respondió Enzo con firmeza—. Mañana vamos juntos otra vez.
Elora, ya medio dormida, farfulló: —Papi ahola tiene que rezal siemple, pala que pueda entlal al cielo con nosotlos, ¿sí?
Enzo rio por lo bajo; la voz le salió ronca. —Amín.
Azalea presenció aquel momento con el corazón henchido de gratitud. Sabía que el cambio no ocurre de la noche a la mañana. Pero esa noche, hubo un paso pequeño que significó enormemente.
No solo los niños estaban aprendiendo sobre el Ramadán. También un padre que poco a poco volvía. Una familia que se tomaba de las manos, no para juzgarse, sino para fortalecerse. Y entre las plegarias de aquel primer tarawih, la armonía de todos ellos germinó despacio, tibia, colmada de esperanza.
La noche avanzó. Uno a uno se fueron levantando de la sala. Erza tomó de la mano a su padre y lo condujo al cuarto. Quería que le leyera un cuento.
Azalea cargó a Elora rumbo a su propia habitación.
Antes de entrar al cuarto, Enzo se detuvo y miró hacia Azalea. Sus ojos se encontraron un breve instante. No hubo palabras, pero sí un entendimiento. Un cuidarse mutuamente.
Ya dentro, Enzo se sentó al borde de la cama. Erza ya se había acostado.
—Papi —lo llamó bajito.
—¿Sí?
—Me gustó que vinieras al tarawih.
Enzo le acarició la cabeza. —A mí también me gustó que me invitaras.
En el cuarto de adelante, Azalea arropó a Elora, que estaba a punto de dormirse después de que le leyera la historia del Profeta Muhammad.
—Mami —balbuceó la niña, ya medio inconsciente—. No te vayas lejos de mí, ¿zí?
Azalea sonrió y se tendió a su lado. —Mami no se va a ningún lado.