Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 23: Sincronía letal
El polvo de piedra y el humo denso de la pólvora llenaban la biblioteca.
Sebastián no esperó a que el eco de la explosión se disipara. Se incorporó sobre la mesa de caoba, cubriendo a Luna con su cuerpo mientras los cristales de los ventanales terminaban de caer como una lluvia de esquirlas heladas.
Bajo su piel, la carne se retorció con chasquidos secos y violentos.
Su espalda se anudó en una masa de músculos hipertrofiados, sus uñas se alargaron en garras afiladas de un negro azabache y sus mandíbulas se dilataron, revelando una hilera de colmillos prominentes.
No era la transformación completa y ciega de la luna llena; era su faceta de combate táctico, el estado híbrido donde la razón del hombre y la fuerza letal de la bestia coexistían en un equilibrio sangriento.
El ojo gris de Sebastián ardía teñido por un anillo de oro puro, brillante e implacable.
—Quédate aquí —bramó él. Su voz era una detonación cavernosa que hizo temblar las vigas del techo.
Luna no respondió. Se deslizó fuera de la mesa, ajustándose el abrigo oscuro que yacía en el suelo sobre las prendas rasgadas. Sus ojos oscuros no mostraban un solo destello de pánico; estaban fríos, calculadores y concentrados.
Ignorando la orden, corrió hacia el panel oculto detrás de la estantería del fondo. Presionó la secuencia táctil de la pared de piedra. Una puerta blindada se deslizó con un siseo neumático, revelando el armero privado del ala oeste.
Luna no buscó refugio. Tomó dos pistolas automáticas SIG Sauer de nueve milímetros, comprobó el peso de los cargadores de tungsteno con un chasquido seco de la corredera y se giró hacia la puerta.
—Te dije que te quedaras adentro —repitión Sebastián, enseñando los colmillos mientras el fuego del patio iluminaba sus hombros desgarrados.
—No soy una espectadora en esta casa, Sebastián —dijo Luna, quitando el seguro de ambas armas con pulso de cirujano—. Tus espaldas están al descubierto.
Fuera, los gritos de la guardia privada se mezclaban con las ráfagas de fusil automático y los rugidos guturales de los mercenarios del clan Los Sombras.
Las siluetas encorvadas y feroces de los atacantes irrumpían por el gran ventanal destruido de la biblioteca, con los ojos amarillos brillando a través de la neblina de humo.
Sebastián no perdió un segundo más. Soltó un rugido primario que hizo cimbrar el salón y se lanzó hacia adelante a una velocidad sobrehumana.
La matanza comenzó en el acto.
Sebastián interceptó al primer atacante en el aire, atrapándolo por la garganta con sus garras y estrellándolo contra la chimenea de piedra con una fuerza que pulverizó el granito. Giró sobre su propio eje y le desgarró el tórax a un segundo mercenario con un zarpazo limpio.
Pero la marea de atacantes era incesante. Dos siluetas más se deslizaron por el flanco ciego de Sebastián, levantando garras de combate dirigidas a su nuca descubierta.
PUM. PUM.
Dos detonaciones secas y quirúrgicas resonaron en la estancia.
Los disparos atravesaron las sienes de los dos mercenarios con una precisión milimétrica, haciendo que sus cuerpos cayeran desplomados sobre la alfombra antes de tocar al alfa.
Sebastián giró la cabeza hacia atrás por una fracción de segundo.
Luna avanzaba a su lado, en una postura de tiro impecable. Usaba el abrigo oscuro como un escudo fluido, disparando ráfagas cortas de dos tiros con una frialdad matemática. No había vacilación en sus manos; cada proyectil impactaba en los puntos vulnerables de los atacantes que intentaban flanquear al lobo.
Formaban un binomio de pesadilla: la fuerza devastadora de la bestia abriendo brecha en la vanguardia y la precisión letal de la mujer cubriendo cada ángulo muerto.
Sincronía perfecta, pensó Luna mientras despiezaba a un tirador que apuntaba a la espalda de su esposo desde el pasillo. No necesita un escudo; necesita un segundo par de ojos que no tiemblen.
Sebastián usó el impulso para despejar el resto del vestíbulo. Sus movimientos eran fluidos, felinos y atroces. Atrapaba, desgarraba y lanzaba a los invasores contra las columnas de mármol, mientras los disparos de Luna marcaban el ritmo metronómico de la ejecución.
En menos de tres minutos, el vestíbulo principal quedó sumido en un silencio denso, interrumpido únicamente por el crepitar del fuego y el jadeo pesado de la respiración híbrida de Sebastián.
El suelo estaba cubierto de escombros, casquillos servidos y los cuerpos inmóviles de la fuerza de asalto de Los Sombras.
Al fondo del pasillo, junto al arco de entrada destruido, una figura intentaba arrastrarse entre los cascotes de piedra.
Era el cabecilla de los atacantes, un alfa secundario de Los Sombras, con el torso abierto por los zarpazos de Sebastián y la pierna destrozada por un proyectil de nueve milímetros. La sangre brotaba a borbotones de sus heridas, manchando la alfombra.
Sebastián avanzó hacia él con pasos pesados, con las garras goteando sangre oscura y el ojo dorado fijo en la presa.
—Espera —ordenó Luna con voz gélida.
Luna se le adelantó con paso firme. Apuntó con la pistola derecha directamente a la frente del mercenario moribundo, deteniendo el movimiento de Sebastián con una sola mirada.
—¿Quién los envió? —inquirió Luna en un murmullo helado—. ¿Fue el Consejo o Victoria del Sol?
El cabecilla levantó la cabeza con dificultad. Tosió una bocanada de sangre negra sobre el suelo y soltó una risa amarga, un sonido áspero y rasposo que le deformó los labios.
Miró a Luna con ojos inyectados en sangre, ignorando el cañón de la pistola que rozaba su frente, y luego desplazó la mirada hacia Sebastián, que permanecía rígido a espaldas de la mujer.
—Crees... crees que ganaste el imperio, ¿verdad... heredera? —susurró el hombre, con la voz ahogada por su propia sangre.
—Habla antes de que te abra el cráneo —advirtió Luna, apoyando el metal sobre su piel.
El mercenario amplió su mueca sangrienta, dejando ver colmillos partidos, y miró a Luna con un odio puro y una malicia final.
—Buscas enemigos afuera... cuando duermes con el verdugo de tu linaje —escupió el hombre, clavando sus ojos amarillos en Luna—. Pregúntale a tu querido esposo... dónde enterró el cuerpo de tu verdadera madre.
PUM.
El disparo de Luna silenció la última sílaba en el acto.
El cuerpo del cabecilla cayó inerte hacia adelante, con un agujero limpio en el centro del frente.
El casquillo dorado rebotó sobre el mármol con un chasquido metálico que pareció resonar en el vacío del vestíbulo durante una eternidad.
Luna no bajó el arma de inmediato. Se quedó inmóvil, observando el cadáver a sus pies mientras las palabras del mercenario flotaban en el aire de la estancia con la densidad del veneno.
Lentamente, con una frialdad mecánica que le heló la sangre en las venas, Luna giró la cabeza hacia atrás.
Sebastián permanecía de pie en medio del pasillo. La transformación híbrida comenzaba a replegarse en su cuerpo, pero su rostro, libre de la máscara que había caído durante el combate, estaba pálido como el mármol.
Su único ojo gris no reflejaba la ferocidad del combate; reflejaba la sombra de un secreto que acababa de ser desenterrado.