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Ámame, Esposo Mío

Ámame, Esposo Mío

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Reencuentro / Completas
Popularitas:85
Nilai: 5
nombre de autor: ErKa

Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.

Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.

Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.

Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.

¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?

NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 14 - No necesito que te preocupes por mí

—Se ve que no quieres hablar de eso. Perdóname por lo que hicimos Aurelia y yo hace rato. Lo hice porque te tenía un poco de envidia. Seguro tienes tu propia historia y no quieres contársela a nadie. Olvida lo que te pregunté. Vamos a seguir trabajando.

Tere volvió a guiar a Camila por los pasillos de la casa grande, enseñándole cada habitación y diciéndole a quién pertenecía.

—Normalmente, como a las nueve, todos los señores ya se fueron de la casa. Cada uno tiene sus cosas. Los jóvenes señores se van a la empresa, la señora casi siempre se va a su tanda con sus amigas, y las jóvenes señoras se reúnen con sus amistades de la alta sociedad. Esa es nuestra oportunidad para limpiar sus cuartos y recoger la ropa sucia. Nunca, por ningún motivo, entres a sus habitaciones cuando estén en casa. ¿Entendiste?

—Sí, entendí.

—Parece que estás muy acostumbrada al trabajo pesado. ¿A qué te dedicabas antes?

—Trabajaba en limpieza…

—¡¿El tercer joven señor embarazó a una muchacha de limpieza?! —exclamó Tere, tan sorprendida que las palabras se le escaparon sin pensar. Camila se quedó callada y bajó la cabeza.

—Ay… Perdón, no quise menospreciarte. Es que en los cinco años que llevo trabajando en esta casa, el tercer joven señor siempre ha sido el más difícil de tratar, mucho más que sus hermanos. Nada más no me imaginaba que fuera capaz de algo así. ¿Le hiciste alguna trampa?

Camila negó con la cabeza una y otra vez. Las lágrimas empezaron a asomarse en su lindo rostro, y Tere se sintió culpable por lo que acababa de decir.

—Ay… Perdóname. Otra vez hablé sin pensar. Por favor, olvida lo que dije.

Tere le tomó la mano, tratando de disculparse. Camila apenas pudo responder con una sonrisa débil, cuando de repente otra oleada de náuseas la golpeó. Confundida y asustada, se tapó la boca. Tere se dio cuenta de que estaba a punto de vomitar, abrió la habitación más cercana —que resultó ser la de Max— y la llevó al baño.

¡Bleeegh! ¡Bleeegh!

Camila vomitó todo lo que tenía en el estómago. Tere trató de ayudarla dándole palmaditas en la espalda. Sin saber por qué, todo el rechazo y la envidia que al principio había sentido se le convirtieron en lástima. Estaba segura de que esa muchacha tan inocente no tenía la culpa. El culpable tenía que ser él.

Después de casi diez minutos de arcadas, Camila por fin recargó el cuerpo contra la pared del baño. Estaba pálida como un papel y tenía la cara empapada de sudor frío. Tere, compadecida, le secó la frente con suavidad con una toalla que había ahí.

—¿Te pasa esto todos los días?

—A-apenas desde hace unos días…

—Pobrecita. En un momento así deberías tener a un marido a tu lado. No termines como yo…

—¿Q-qué quiere decir?

—Nada, nada. Algún día, cuando nos conozcamos mejor y estemos más tranquilas, te cuento mi vida. Ahora vamos abajo. Te llevo a tu cuarto. Con lo mal que te sientes, no vas a poder con el quehacer.

—P-pero si no lo hago, la señora se va a enojar…

—No se va a enojar tanto. Llevas a su nieto en la panza.

—P-pero ella no me quiere…

—A lo mejor no te quiere. Pero no puede ignorar a su propio nieto. Vamos abajo; mejor descansa un rato.

Tere la llevó hasta su cuarto. En realidad, Camila no estaba nada conforme. Tenía muy claro cuál era su lugar en esa casa: no era más que una mujer despreciable cuya presencia nadie quería. Ese hombre la había traído aquí no porque la quisiera a ella, sino porque quería al hijo que llevaba en el vientre. Por eso tenía que hacerse útil, y la única forma que conocía era con el quehacer de la casa; era lo único que sabía hacer.

Ya en su cuarto, trató de recostarse. Apenas había cerrado los ojos cuando el celular sonó con un mensaje nuevo. Le entró la curiosidad. ¿Quién le escribiría? ¿Algún compañero del trabajo? ¿Alguien de su pueblo? Tomó enseguida el teléfono que había dejado en el buró junto a la cama. Era un número desconocido, aunque le resultaba un poco familiar.

No olvides ir a revisión del embarazo cada dos semanas. Pídele a Catalina que te acompañe. Cuídate mucho, a ti y al bebé. No hagas trabajos que te cansen. Si se te antoja algo de comer, pídele a doña Lupe que te lo prepare. Si se te antoja algo que no haya en la casa, mándame un mensaje y le digo a Gerardo que te lo lleve. Si necesitas cualquier cosa, búscame.

Camila leyó el mensaje una y otra vez. Si no viniera de ese hombre tan malo, quizá le habría dado gusto recibirlo. Hacía mucho que nadie, aparte de su madre, se preocupaba así por ella. Hasta el más mínimo detalle bastaba para alegrarla. Pero, por desgracia, aquel mensaje venía de la persona a la que menos quería ver.

Decidió ignorarlo y volvió a cerrar los ojos. Tal vez todo sería distinto si estuviera esperando un hijo del hombre al que amaba. Lo amaría a él y amaría a su hijo. Todas esas atenciones la harían feliz. Ni siquiera sentiría lo pesado del embarazo. Esperaría con gusto el nacimiento de su bebé junto al hombre que amaba.

Pero ahora llevaba dentro un hijo que no había deseado. En realidad, no tenía motivos para odiar a esa criatura; pero como su padre era el hombre que más odiaba en el mundo, en mayor o menor medida no podía darle su amor. Le tenía lástima a su bebé. Ojalá que, cuando llegara el momento de dejarlo, no le quedara ningún arrepentimiento en el corazón. Ojalá que su padre le diera mucho cariño. Se sentía de verdad culpable por no poder darle ese amor.

Las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas. Seguramente ese bebé sería el primero y el último que traería al mundo. Había decidido no casarse nunca ni tener hijos jamás. Con esa idea en la cabeza, se fue quedando dormida.

La despertaron unos golpes fuertes en la puerta, y luego la hoja que empezaba a abrirse.

—¡¿Quién le dio permiso de andar de floja?! ¡Te dije, Lupe, que la trataras igual que a las demás! ¡¿Por qué la dejas aquí echada muy a gusto mientras las otras siguen trabajando?! —La señora Montenegro entró hecha una furia. Camila, que estaba acostada, se incorporó de golpe.

—No es eso, señora. Me dio lástima, señora. Hace rato estuvo vomitando y tenía la cara muy pálida. Por eso le dije que descansara un ratito antes de ponerse a trabajar como las demás…

—¡No le des trato especial! ¡No es nadie! ¡Es igual que ustedes! ¡Es más, está por debajo de ustedes! ¡Que no se te olvide!

Luego se volvió hacia Camila.

—¡Oye, tú! ¡Levántate de esa cama y ponte a trabajar! ¡No creas que aquí te damos de comer y un techo gratis!

—S-sí, señora. A-ahorita mismo voy… —Camila se levantó de la cama y se fue a la cocina a buscar algo en qué ayudar.

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