La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
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Capítulo 8: El precio de la venganza
El hombre más grande dio un paso adelante, golpeando el bate contra su palma con lentitud amenazante. Su voz era áspera, cargada de malicia.
—No seas tonta, linda —soltó, sonriendo con dientes amarillentos—. No tienes por qué sufrir. Si te portas bien, quizás no te hagamos demasiado daño. Pero si te resistes… verás que el dolor que te espera no lo imaginas. Nadie viene a salvarte. Estás sola.
Me reí. Una risa fría, cortante, que heló la sangre de los tres hombres y acalló la oscuridad de la calle.
—¿Miedo? —dije, mirándolo a los ojos sin pestañear—. No le temo a nada. Aunque hay dos cosas que sí me aterran: ser pobre… y ser fea. Y ahora mismo, no soy ninguna de las dos. Así que tú y tus palos no me asustan lo más mínimo.
Los niños, escondidos detrás de mí, empezaron a llorar con suavidad. Me giré hacia ellos, con voz seca y firme, sin rastro de ternura, pero más suave que al hablar con los hombres.
—Escóndanse detrás de ese auto —les dije, sin gritar—. Cúbranse los oídos. No salgan hasta que yo los llame. ¿Entendido? No hagan ruido.
Se callaron de golpe y corrieron a esconderse. Me giré de nuevo hacia los matones, y en mis ojos ya no había rastro de la mujer elegante que cenaba en el restaurante. Allí estaba la niña de los barrios bajos, la que aprendió a pelear antes que a leer. Me lancé hacia ellos con agilidad, rápida como un felino, pero no fue fácil. El primero apenas pudo reaccionar cuando mi puño impactó contra su mandíbula, haciéndolo retroceder. El segundo alzó el bate y lo blandí con fuerza; lo esquivé por poco, y el borde del arma me rozó el antebrazo, rasgando la tela y la piel. Sentí el calor de la sangre resbalando, pero no me detuve. Le quité el arma de un tirón y, con el dolor pulsando en el brazo, lo golpeé con precisión hasta que cayó de rodillas. El tercero dudó, levantó las manos, y se quedó paralizado, sin saber qué hacer.
Me detuve, respirando con dificultad, el brazo ardiendo. Me lo sujeté con la mano, sin mirar la herida. Saqué del bolso un fajo grueso de billetes y lo sostuve en alto.
—Bárbara les pagó una miseria para asustarme —dije, con voz firme, aunque me costaba mantener la calma—. Yo les ofrezco el doble. El triple. Lo que sea. Pero a cambio… quiero que vayan a su casa. Que le digan de mi parte que la deuda se cobra con intereses. Que le cuenten a todos los vecinos quién es en realidad, cómo traicionó a su propia familia, qué planes tiene. Que la dejen sin reputación, sin aliados, sin cara para presentarse ante nadie. No la toquen. No le pongan una mano encima. Que sea su propio nombre, su estatus, lo que destruyan. Eso duele más que cualquier golpe. ¿Trato hecho?
Los hombres se miraron entre sí, y la codicia venció al miedo. El que aún estaba de pie tomó el dinero de mis manos.
—Trato hecho, señora —dijo, con una sonrisa torcida—. Por esa cantidad, hacemos lo que sea.
—Perfecto —respondí, secándome la sangre del brazo con la manga—. Recuerden: ni una mano encima. Si la lastiman físicamente, no cobran el resto. Si la dejan intacta pero arruinada, tienen el pago completo.
Me giré hacia el auto y llamé a los niños. Salieron despacio, mirándome el brazo manchado de rojo.
—Mamá… estás herida —susurró Bella, con los ojos llenos de lágrimas.
—No es nada —dije, y no la corregí ni la abracé, pero me arrodillé para quedar a su altura—. Solo un rasguño. Escuchen lo que voy a decirles: la gente nos quiere hacer daño porque nos teme. Pero no tienen poder si no les damos miedo nosotros. ¿Entienden? No lloren. No por esto.
Diego asintió, apretando los labios. —¿Esa señora Bárbara mandó a esos hombres? —preguntó, con voz temblorosa pero clara.
—Sí —respondí sin mentir—. Lo hizo. Y por eso va a pagar. Pero yo no les haría a ellos lo que quisieron hacerme a mí. Eso me haría igual que ella. Y yo no soy igual. Soy mejor. Más fuerte. Más lista.
Diego me miró, y por primera vez no bajó la mirada. —¿Podemos irnos ya? —pidió.
—Sí —dije, poniéndome de pie—. Vámonos.
Los tomé de la mano. No los abracé con efusión. No supe cómo. Pero los apreté con firmeza, lo suficiente para que sintieran que no los soltaría.
Varias horas después, Bárbara salió de su casa pensando que nadie la esperaba. Tres hombres la rodearon antes de que pudiera subir a su auto. Gritó, suplicó, lloró, creyendo que la iban a lastimar. Pero ellos cumplieron exactamente lo que pedí: no la tocaron. Solo se colocaron donde todos los vecinos pudieran escucharlos. Le dijeron, lo suficientemente alto para que las ventanas se abrieran y las cortinas se corrieran: quién era, qué había hecho, cómo había planeado deshacerse de la esposa legítima para ocupar su lugar, cómo había manipulado a la familia durante años. La dejaron ahí, rodeada de murmullos, de miradas que juzgaban. Se marchó corriendo, con la cabeza baja, sabiendo que su nombre ya no valía nada.
Yo dejé a Bella y Diego al cuidado de la niñera que acababa de contratar, me encerré en el baño y limpié la herida del brazo. Ardía. Me dolía cada movimiento. Pero no sentía culpa. Solo sentía justicia. Me vestí con un vestido elegante, ceñido, el cabello suelto.
Me dirigí al restaurante para verme con el señor Linares, un hombre mayor que poseía el 15 por ciento de las acciones de Kim Corporación y estaba dispuesto a vender… si el precio era el que él quería. Al entrar, él se quedó pasmado, mirándome de arriba abajo, con una sonrisa lasciva que me dio asco.
Morana:
—Señorita Morana… —susurró, acercándose—. Es usted muy hermosa. Qué lástima que esté casada con Ian. Un hombre tan insensible… Mi esposa no me entiende. Ya tengo dinero, estatus… pero me falta algo. Alguien como tú. Podemos pasar una maravillosa noche, cerca hay un hotel. Y te regalo las acciones.
Puso una mano sobre la mía. Yo la retiré con suavidad, pero con firmeza, y saqué mi teléfono, reproduciendo la grabación que acababa de hacer. Su voz, sus insinuaciones, sus palabras contra su esposa… todo quedó registrado.
—Cómo puedes ver —dije, con calma gélida—, tengo todo grabado. Véndeme las acciones a un precio justo y razonable… o haré que esta grabación llegue a oídos de tu esposa, de tus socios y de toda la sociedad. ¿Qué prefieres?
El rostro del hombre se tornó pálido. No gritó de inmediato; se quedó en silencio unos segundos, sopesando el costo.
—¡Víbora! ¡Me engañaste! —gritó, golpeando la mesa con rabia contenida—. No me diste opción.
—Te di una opción —respondí, sin inmutarme—. Puedes vender con dignidad y mantener tu reputación, o puedes perderlo todo. No te engañé: sabías quién era antes de hablar. Tu debilidad no es mi culpa.
—Te venderé las acciones —escupió, con la mandíbula tensa, firmando los papeles con mano que temblaba menos de lo que fingía—. Pero eres una mujer perversa. Usar métodos tan sucios… ¿no te da vergüenza?
—Cuando quiero algo, lo consigo —dije, acercándome a la mesa—. Yo no tengo límites, señor Linares. Por eso siempre triunfo. Este mundo no es para los débiles. Es para los que somos capaces de todo. Y tú lo sabes bien: llevas años buscando lo que no tienes. No me juzgues por reflejar lo que tú mismo sientes.
Se quedó callado, sin replicar. Sabía que tenía razón.
—Tu ambición no tiene límites —murmuró, terminando de firmar.
—Así es —sonreí, tomando los documentos—. Soy ambiciosa y no me conformo con poco. Fue un gusto negociar con usted. Y recuerde: el trato secreto muere conmigo, si usted cumple su parte.
Dalila llegó a su casa furiosa, buscando consuelo en su hija. Violeta corrió hacia ella, llorando.
—Mamá… esa señora me echó. Me dijo que no podía volver. Que yo no era nada.
—¿Cómo se atreve esa maldita? —gritó Dalila, apretando los puños—. Tranquila, hija. Toda la mansión Kim será nuestra, tarde o temprano. Acércate a Diego, sé su sombra, haz que vuelva a ser tu amigo. Recuerda lo que mamá te enseñó.
Pasaron cuatro días y Kim Ian no apareció por la casa. Yo me levanté al amanecer, vestí a los niños con ropa nueva y elegante, los llevé de la mano hasta la escuela, y por primera vez, entraron con la cabeza alta, sin esconderse. Mi brazo aún dolía, pero no se lo dije a nadie.
Esa mañana, la sala de juntas de Kim Corporación estaba llena de ejecutivos y accionistas. Ian presidía la reunión, serio, distante, exponiendo sus propuestas con voz firme.
—La nueva dirección de la empresa requiere… —empezó a decir.
—Un momento —dije, abriendo la puerta con calma y entrando—. Como accionista de esta compañía, tengo derecho a dar mi propuesta.
Todas las miradas se giraron hacia mí. Ian se quedó helado, mirándome de arriba abajo, deteniéndose un instante en la manga larga de mi blusa.
—¿Quién es usted, señora? —preguntó, con voz tensa—. ¿Y por qué interrumpe esta reunión?
Me acerqué a la mesa, sosteniendo su mirada con frialdad.
—Soy Morana Miller —respondí, y mi voz resonó en toda la sala—. Y poseo el treinta por ciento de las acciones. Vaya, Ian… qué rápido me olvidaste en estos cinco años.
El silencio se apoderó de la sala de juntas. Ian no apartó la vista de mí. No habló de inmediato.